En el gran juego de ajedrez del poder global, los EE. UU. parece dispuesto a asestar un golpe al tablero sin precedentes en muchas décadas.
Su maniobra—nunca proclamada, pero sí insinuada—consistiría en aprovechar la supuesta debilidad de Rusia para atraerla a su órbita y, con ello, liberar recursos militares comprometidos en Europa y redirigirlos a la contención de China.
"La Casa Blanca confía en que, con Rusia de su lado, podrá concentrar toda su energía en la que considera su verdadera batalla estratégica: frenar la escalada de China"
La Casa Blanca confía en que, con Rusia de su lado, podrá concentrar toda su energía en la que considera su verdadera batalla estratégica: frenar la escalada de China. Sin embargo, las grandes estrategias que reposan en la aparente debilidad del adversario suelen acabar en un error de cálculo. Suponer que Rusia, pese a su desgaste, se alineará de modo prolongado con otro polo de poder es, cuando menos, aventurado. Si la jugada fracasa —si Moscú rehúsa entenderse con los EE. UU. y mantiene su agenda antagónica contra Occidente—, Washington habrá sacrificado su credibilidad en Europa por un acuerdo efímero. En su empeño de rediseñar el orden mundial, la administración Trump estaría menospreciando las pulsiones del Kremlin y enajenando a sus socios europeos, reacios a secundar los valores conservadores de
Make America Great Again y cualquier maniobra que rehabilite la esfera de influencia rusa, heredera del pasado soviético, sobre Europa occidental.
Pese a que el Kremlin niegue sus flancos de vulnerabilidad, los datos económicos y la fatiga militar tras su larga campaña en Ucrania sugieren que Moscú pasa por uno de sus momentos más frágiles en décadas. Aquella imagen de potencia militar implacable ha quedado muy dañada, y la economía rusa se ve asfixiada por un firme entramado de sanciones. Tras tres años de conflicto, el Kremlin afronta una realidad incómoda:
no puede lograr la victoria absoluta que proclamaba, ni evitar la humillación de una derrota sin paliativos. Así, Rusia está lejos de ser el imperio redivivo que Putin pretendía y se asemeja más a un Estado que brega por su propia estabilidad interna.
Para la administración Trump, esta debilidad representa una ocasión dorada. Si Rusia no puede sostener sus viejas ambiciones, tal vez sea empujada —o persuadida— a ocupar un nuevo lugar en el mapa: dejar de ser rival de Occidente e incorporarse a un eje liderado por unos EE. UU. más indulgentes con los regímenes autoritarios. Washington, obsesionada con frenar el ascenso chino, aprovecharía así la coyuntura para reforzar su posición global. Ante la disyuntiva entre China y los EE. UU. —razonarían en la Casa Blanca— Moscú podría verse tentada a aceptar la mano tendida del trumpismo y su promesa de rehabilitación geopolítica.
La mera expectativa de que Rusia se reinserte en la arquitectura internacional genera regocijo en el Kremlin: no solo evitaría una humillación militar o económica, sino que reforzaría la idea —defendida por Putin— de que la disolución de la Unión Soviética fue un cataclismo geopolítico. Para la élite rusa, el país debe sentarse a la mesa de los grandes, no figurar en el menú. De ahí que las conversaciones clave se trasladen de Bruselas o Ginebra a Riad, en lugar de a alguna sede europea neutral.
Al descartar los canales diplomáticos europeos y negociar directamente con Moscú y con actores de Oriente Medio, los EE. UU. subrayan que Europa deja de ser sujeto principal del orden internacional y se convierte en objeto de las negociaciones.
En algunos círculos académicos y de relaciones internacionales, se ha planteado la posibilidad de que los EE. UU. repliquen el acercamiento que Nixon y Kissinger emprendieron con la China de Mao, esta vez con Rusia como contraparte. La guerra en Ucrania y las sanciones parecían impedir esa idea. Sin embargo, el retorno de Trump a la Casa Blanca y la urgencia de contener a Pekín han dado aire a esta arriesgada maniobra, que muchos creen ya en marcha.
"El llamado 'Kissinger inverso' evoca la jugada con la que los EE. UU. se acercaron a la China de Mao a principios de los años setenta"
El llamado "Kissinger inverso" evoca la jugada con la que los EE. UU. se acercaron a la China de Mao a principios de los años setenta. Entonces, el propósito no era solo contrarrestar a la URSS, sino propiciar la paulatina apertura de la empobrecida China al mercado global, un proceso que cristalizó con el aperturismo de Deng Xiaoping. Hoy, sin embargo, los defensores de atraer a Rusia a la esfera occidental ignoran un matiz decisivo: el éxito de aquella estrategia exigió que China quisiera transformarse internamente, algo menos plausible en el Kremlin actual.
Además, el plan de Nixon y Kissinger se llevó a cabo sin desgastar los principios de cooperación y seguridad que los EE. UU. compartían con sus aliados europeos. Ahora, en cambio, la idea de alinear a Rusia contra China —percibida en Europa como una traición— se basa en un ideario nacionalista, cercano al MAGA, que choca con la visión liberal de la Unión Europea y ahonda la brecha transatlántica.
El viraje hacia Moscú conlleva no solo un coste geopolítico, sino también de legitimidad. Para atraer a Rusia, los EE. UU. acabarían malbaratando concesiones en Ucrania, comprometiendo la soberanía de Moldavia o incluso afectando la autonomía de las repúblicas bálticas, lo que desataría un escándalo sin precedentes en Europa. Además, lanzarse a un pacto con Moscú podría desgastar a Washington de forma análoga a cómo la campaña en Ucrania ha mermado a la propia Rusia.
Igualmente, esta maniobra se asienta en la creencia de formar un "frente de civilización occidental": la administración Trump, con su visión conservadora, entiende que la identidad cultural de Rusia podría alinearse con Occidente para frenar el empuje de China. Para ellos, Moscú formaría parte de esa civilización europea y cristiana que convendría reagruparse ante la amenaza asiática. Sin embargo, muchos aliados europeos recelan de esa lectura, pues legitimar la "identidad occidental" de Rusia pasa por alto la deriva autoritaria del Kremlin y su expansionismo.
"Legitimar la 'identidad occidental' de Rusia pasa por alto la deriva autoritaria del Kremlin y su expansionismo"
Pactar con un régimen autoritario y expansionista implica menospreciar la doctrina que durante décadas llevó a los EE. UU. a respaldar la democracia europea y contener al Kremlin. A ojos de la administración Trump, Europa ha demostrado demasiada tibieza en Ucrania y carece de la firmeza necesaria para ser un socio robusto. Cualquier queja europea—por principios o pragmatismo—sería un daño colateral admisible.
El mayor problema de esta apuesta es asumir que Rusia aceptará dicha alineación y la sostendrá en el tiempo. Se da por hecho que Moscú carece de alternativas mejores y seguirá la pauta de Washington mientras los EE. UU. puedan desviar sus fuerzas a Asia. Sin embargo, el proyecto podría naufragar si el Kremlin decide no perpetuar esa convergencia.
Rusia, incluso herida, nunca se ha mostrado dócil ante poderes foráneos. Su trayectoria evidencia una asombrosa capacidad para maniobrar entre fuerzas rivales y salvaguardar su autonomía. Además, la interminable frontera con China impide enemistarse con Pekín sin consecuencias graves: el gigante asiático es el principal socio comercial de Moscú y su tabla de salvación ante las sanciones occidentales. Por tentadora que sea la oferta de Washington,
el Kremlin podría optar por jugar a dos bandas, sosteniendo su política expansionista y, a la vez, respaldando el desafío de China en Asia —incluida una hipotética anexión de Taiwán— si con ello logra debilitar a los EE. UU.
Tampoco parece viable recuperar su papel de gran proveedor energético de Europa. El continente se ha sacudido la dependencia del gas ruso y avanza hacia su soberanía estratégica. Ante un mercado europeo cada vez más cerrado, Moscú intensifica sus lazos con consumidores asiáticos.
Por último,
la propia inestabilidad interna de Rusia añade otra capa de incertidumbre. Para afianzar la estrategia de Washington, haría falta un Kremlin estable y alineado con los EE. UU. durante décadas. ¿Es factible que el régimen de Putin perdure sin vaivenes en un país con una historia plagada de rupturas?
Aunque proyecte firmeza, el poder del Kremlin se concentra en la figura de Putin y en un reducido círculo de leales. La historia rusa está salpicada de quiebras súbitas: el Imperio zarista colapsó en 1917 y la Unión Soviética, aparentemente monolítica, cayó en 1991 con un efecto dominó imprevisto.
La falta de instituciones sólidas que gestionen un relevo pacífico puede desbaratar, de golpe, cualquier acuerdo exterior. Confiar en Rusia como contrapeso fiable frente a China implica esperar que el putinismo sobreviva a Putin y a las sacudidas inherentes a la política rusa.
Un giro brusco en el liderazgo bastaría para desmontar el nuevo armazón geopolítico.
Si esta maniobra se hace realidad, los EE. UU. estarían dando un giro drástico para reorganizar el equilibrio mundial de cara a China. Sin embargo, el plan acarrea dos amenazas principales: la posibilidad de que el Kremlin no quiera o no pueda sostener a largo plazo esa convergencia con Washington y la fragilidad de un régimen personalista que podría desmoronarse.
"Confiar en Rusia como contrapeso fiable frente a China implica esperar que el putinismo sobreviva a Putin y a las sacudidas inherentes a la política rusa"
Asimismo, basar esta estrategia en la idea de un "frente de civilización occidental" no solo ignora el recelo europeo a rehabilitar las ambiciones rusas, sino que suscita un choque con los valores liberales que vertebran la cooperación transatlántica. Desvincularse de Europa —socia que podría resultar clave en el futuro para contener a China— parece una decisión tomada a la ligera. Las recientes
declaraciones del ministro de exteriores José Manuel Albares apuntalan la convicción de que Europa debe desmarcarse de los EE. UU. con un acercamiento selectivo a China.
La historia está llena de planes impecables sobre el papel que fracasan ante la imprevisible conducta de sus actores. La administración Trump —o quien retome su estela— puede creer que posee la fórmula para reordenar el mundo. Pero si el cálculo se tuerce, lejos de reforzar su hegemonía, los EE. UU. podrían ver mermado su poder y sufrir la desconfianza de las capitales europeas en el nuevo tablero internacional.