Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

La redefinición pendiente de la izquierda en la nueva era

A través de un enfoque historicista, el analista político Andrés Ortega examina los retos decisivos de la nueva era —la ultraderecha, la revolución tecnológica, la inmigración y la batalla cultural— y subraya la necesidad de que el centroizquierda los afronte con respuestas propias para renovar y fortalecer la democracia.

Andrés Ortega Andrés Ortega 30 de enero de 2025
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Andrés Ortega parte de la tesis de los historiadores William Strauss y Neil Howe de su libro 'El cuarto giro'. | Unsplash / Andrew Neel
Andrés Ortega parte de la tesis de los historiadores William Strauss y Neil Howe de su libro 'El cuarto giro'. | Unsplash / Andrew Neel
"El que ve desde lo alto, ve bien; el que ve desde lejos, ve justo", escribió el gran Victor Hugo. Si no la persona, el fenómeno Trump fue predicho con bastante antelación. Los historiadores William Strauss y Neil Howe, basándonos en una metodología de ciclos largos y generaciones, consideraron a finales del siglo pasado que a principios de los 2000 los EE. UU., y otras sociedades iban a entrar en un peligroso Cuarto Giro. Un período de crisis existencial donde las instituciones serían destruidas y reconstruidas, a menudo acompañado de guerras, colapsos económicos u otros tumultos importantes, terminando, unos veinte años después, con la creación de un nuevo orden social e internacional. El arco de centro a izquierda, que está perdiendo grandes batallas, tiene una especial responsabilidad en lo que ha ocurrido, y en lo que puede ocurrir.

"Según la tesis de 'El cuarto giro', estaríamos en un período de crisis existencial donde las instituciones serían destruidas y reconstruidas, que terminará con la creación de un nuevo orden social e internacional"
En El cuarto giro, de 1997, publicado en castellano en 2023 con un prólogo que me pidió la editorial Valor, los autores consideran que la historia avanza en ciclos recurrentes de aproximadamente ochenta a cien años, divididos en cuatro giros (turnings): auge, período de recuperación posterior a una crisis; despertar, tiempo de agitación y cuestionamiento de las normas establecidas, donde el individualismo florece y las personas desafían la conformidad social; desmoronamiento, con una creciente desconfianza en las instituciones y una intensa polarización política y social. Estamos, o estaríamos, según esta tesis en este cuarto giro de destrucción y reconstrucción de las instituciones. Si es así, ¿cómo saldremos de él?

Strauss y Howe, claro, no predijeron explícitamente a Donald Trump. Su modelo anticipaba el tipo de agitación que podría dar lugar a una figura populista como él, y otros en otras sociedades. Son figuras no convencionales que prometen acciones audaces y cambios drástico, cuando el público tiende a gravitar hacia líderes que representan un rechazo al orden establecido y prometen cambio. No es un mero voto de protesta, sino un clamor de cambio, cuando se desencadenan grandes transformaciones sociales. El libro es mucho más complejo, claro. Pero es de 1997, antes del verdadero boom de internet, de los teléfonos inteligentes, de las redes sociales, y de la IA.

El ascenso de Trump puede interpretarse como parte de esta dinámica. Trump encarna la energía de la disrupción, que a menudo es necesaria durante un Cuarto giro para allanar el camino hacia la eventual reconstrucción de las instituciones y la creación de un nuevo orden social. Este no es algo completamente predecible en sus detalles, ya que depende de cómo las generaciones vivas enfrenten la crisis y qué decisiones colectivas se tomen. Sin embargo, Strauss y Howe sugieren algunos posibles patrones: una renovación de las instituciones, a favor del bien común; una mayor cohesión social; un liderazgo fuerte y orientado al largo plazo, con un cambio generacional, (las naciones son algo que se construye mirando al futuro, no sobre el pasado, según Ortega y Gasset cuya teoría de las generaciones, desarrollada después por Julián Marías, está muy presente en esta obra); un nuevo contrato social, e innovación tecnológica y cultural. Si la crisis tiene un alcance internacional (como guerras globales o colapsos económicos), el nuevo orden social puede incluir alianzas internacionales renovadas, nuevas organizaciones globales y una redistribución del poder entre los Estados.

¿Demasiado optimista? ¿Demasiado psicohistoria como en Fundación de Asimov? ¿No se trata de algo mecanicistanteligencia artificial? En todo caso, entramos en la gran edad de la prospectiva, de tendencias, claro, no de casos individuales.

"En demasiados países (EE. UU., Francia, Alemania e Italia, en parte también en España), el centroizquierda ha abandonado sus bases tradicionales, desclasadas y desposeídas por la globalización y la revolución tecnológica, e ignoradas en los costes sociales de la lucha medioambiental y la creciente desigualdad"
Según este análisis, Trump, o mejor dicho, el o los trumpismos, serían un final, no un punto de partida, como creen el presidente en su segundo advenimiento, y su red de apoyo nacional e internacional. No depende solo de él. Si no de otros actores, y muy especialmente de algunas izquierdas y centros. En demasiados países (EE. UU., Francia, Alemania e Italia, en parte también en España), el centroizquierda ha abandonado sus bases tradicionales, desclasadas y desposeídas por la globalización y la revolución tecnológica, e ignoradas en los costes sociales de la lucha medioambiental y la creciente desigualdad. Hay que empezar por preguntarse por qué, después de un presidente tan popular como Barack Obama —aunque poco hizo, salvo en materia de cobertura sanitaria y recuperación de la crisis, que no es poco— ganó Donald Trump. Lyndon B. Jonhson fue el último presidente demócrata que siguió en la línea del New Deal. Tras él, barrió el neoliberalismo que se apropió cultural y políticamente de buena parte de la socialdemocracia. Los tiempos de la denigrada Tercera vía. El caso es que de un modo u otro hay que conciliar Estado y mercado, incluso en China. Quizás Biden haya sido un paréntesis y la excepción. Sea lo que sea, el efecto de sus políticas no ha calado a tiempo para cambiar las percepciones, pese a la subida del empleo y los salarios y a que EE. UU. empezara con Biden una recuperación. ¿Será Trump II otro paréntesis? Ya ha ocurrido muchas otras veces en la historia de ese país. 

Ante el fin del Cuarto giro, o de lo que venga, el centroizquierda, y especialmente la socialdemocracia, o el liberalismo entendido en su sentido estadounidense, tiene que renovarse, generar un discurso y unas propuestas de política de las que carece, frente a esa ultraderecha que crece. Ese discurso debe abordar cuatro temas que se interrelacionan: la tecnología, la inmigración, la desigualdad y la vivienda, y la batalla cultural.

"Estas izquierdas y centros carecen de un análisis propio, no digamos ya una línea de políticas, sobre las transformaciones tecnológicas, la cuarta revolución industrial en curso"
Estas izquierdas y centros carecen de un análisis propio, no digamos ya una línea de políticas, sobre las transformaciones tecnológicas, la cuarta revolución industrial en curso, más allá de la cuestión del soberanismo industrial y la necesaria competitividad. Y, sin embargo, casi subrepticiamente, esta revolución, con los robots, la automatización y la IA, ha venido vaciando las clases medias, y las clases obreras más pudientes. El aumento del empleo no invalida este hecho, pues hay mucha gente perdiendo su trabajo en aras de la automatización, teniendo que satisfacerse con puestos peor remunerados. Es necesario enmarcar esto en Europa, para defender autonomía y derechos, pues ningún Estado de la UE puede por sí solo. Aunque la reacción, en estos momentos, tiende a ser soberanista, como subyace tras el informe supuestamente muy europeísta de Draghi. Este arco político necesita esa reflexión sobre el control y efectos sociales de la tecnología. En sí y frente a la potencia desreguladora de EE. UU. y las crecientes capacidades chinas.

Tampoco tiene una reflexión suficiente sobre la inmigración. No solo ahora, sino desde hace tiempo. Cuando la inmigración empezaba en España en los noventa, algunos estudios demoscópicos señalaban que había un rechazo en un 10% de la población, actitud que cortaba a través de todos los partidos. Ha empeorado. En los últimos tres años ha habido un aumento notable de la inmigración en muchos países occidentales, aunque se ha reducido en 2024. En EE. UU. el aumento de la inmigración en los años de Biden ha sido el mayor de su historia, superior a los tiempos de entrada a través de Ellis Island, aunque en 2024 bajó.  En la UE hubo un aumento considerable de entradas de irregulares en 2023, aunque cayó en 2024. En dos países clave, Francia y Alemania, la crecida de la inmigración de 2022, derivada de la guerra de Ucrania y otros factores, se ha reducido, aunque ha quedado la sensación —que es lo que cuenta— de flujos masivos e incontrolados. Lo que empuja a soluciones inmorales e ilegales tipo las que Meloni quiere imponer a Europa y que reciben no pocas simpatías. Junto a las de Trump. Al centro e izquierda se les piden otra cosa, pero en primer lugar que controlen la situación. En Alemania, la izquierda antiinmigración de la BSW de Sahra Wagenknecht lo ha entendido.

Esta cuestión se ve atizada, más en Europa que en EE. UU., por la del poder adquisitivo y de la desigualdad, agravada por el reciente auge de la inflación. Lo que ha de llevar a una reflexión sobre la globalización, que una vez pareció inevitable, ineludible y positiva. Como la fuerza de la gravedad, dijeron algunos. Trump cabalga contra ella. La desigualdad tiene un impacto en los precios de la vivienda, también debido a una inmigración de ricos, pobres y el auge del turismo —de nuevo, menos que en EE. UU.— y el florecimiento de algunos nodos tecnológicos sobre otros desfasados. Son necesarias más políticas para transformar los avances macro en micro. Y a preguntarnos si el poder político se recuperará desde el centro o desde los extremos.

"Ahora son las ultraderechas y los hombres fuertes (no mujeres), contra la democracia y el liberalismo político y cultural. Veremos si las instituciones estadounidenses y europeas aguantan"
Todo se interrelaciona, y por encima está la batalla cultural. Las ultraderechas, que son varias, se han abierto un espacio —no dominante, pero ya no vergonzante—. El saludo nazi de Elon Musk, que bebe del apartheid de su país de origen, es un ejemplo. Este auge de esas nuevas derechas descansa ante todo sobre la oposición a la inmigración, y en EE. UU. la resistencia de buen número de hombres blancos, pero también no blancos que han votado por Trump, más socialmente conservadores, y reaccionarios ante el auge, la igualdad jurídica y profesional, de la mujer, y ante el impulso a los derechos LGTBI. No ha habido una labor educativa desde los centros e izquierdas que acompañara a los nuevos derechos de género. Pero esta batalla va más allá. Antes de la generativa, en 2018, Henry Kissinger advirtió contra el fin de la Ilustración con la IA (y otros factores), pues nuestras sociedades no están adaptadas para su auge. Hoy vemos que detrás están también los nuevos señores del aire, incluidos los chinos. Interrelaciones.

Finalmente, está la defensa de la democracia, que no puede abordarse desde posiciones meramente preservadoras que se convierten en conservadoras. Las fórmulas tecnocráticas han fallado, la función de mediación entre conflictos no basta. Numerosas encuestas fiables reflejan que en Occidente la mitad o más de los ciudadanos no están satisfechos con el funcionamiento de sus democracias ni confían en sus gobiernos. Quieren resultados. Los populistas están llenando ese vacío. El segundo advenimiento de Trump, y lo que conlleva, señala que la anterior visión dominante, a pesar de falsa, de un mundo de democracias contra autocracias, ha quedado obsoleta, si es que tenía algún sentido. Ahora son las ultraderechas y los hombres fuertes (no mujeres), contra la democracia y el liberalismo político y cultural. Veremos si las instituciones estadounidenses y europeas aguantan. 

En todo caso, habrá que inventar y saber aprovechar las ventajas que trae para ello la tecnología y controlar sus desventajas y peligros. El politólogo Jan Zielonka apunta que "las empresas se han adaptado a la era digital, al igual que la delincuencia organizada; sin embargo, la democracia sigue anclada en un marco más propio de la época de Alexis de Tocqueville". Si no se logra, lo que venga después del supuesto Cuarto giro resultará tenebroso.
Andrés Ortega
Andrés Ortega
Analista, escritor y periodista
Escritor galardonado con el Premio Jovellanos de Ensayo (2025) por 'Soledad sin solitud', y autor de la novela de anticipación 'Sé agua' (2025). Es experto en diversos campos y cuenta con experiencias como corresponsal internacional, editorialista y columnista, asesor gubernamental e investigador del Real Instituto Elcano.
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