Martes, 18 de agosto de 2026
ANÁLISIS

El éxito de la ultraderecha el 9J pone a la UE contra las cuerdas

La Unión Europea, a diferencia de EE. UU., Brasil o Filipinas, no puede sobrevivir a un dominio ultranacionalista porque carece de los cimientos de un Estado.

Bernardo de Miguel Bernardo de Miguel 10 de junio de 2024
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Marine Le Pen junto al candidato a las europeas de Agrupación Nacional, Jordan Bardella. | Vincent Isore / Zuma Press / ContactoPhoto
Marine Le Pen junto al candidato a las europeas de Agrupación Nacional, Jordan Bardella. | Vincent Isore / Zuma Press / ContactoPhoto
Los partidos ultranacionalistas, euroescépticos o abiertamente eurófobos han logrado este domingo poner una pica en Bruselas que puede abrir el camino para un asalto a los valores y objetivos de la Unión Europea desde su propio interior. Con más de 150 escaños en total entre todos los grupos de extrema derecha, la presencia de una fuerza tan potente en contra de la Unión pone el proceso de integración europea contra las cuerdas. Y a diferencia de países como Estados Unidos, Brasil o Filipinas, donde la estructura estatal ha resistido el paso de fuerzas políticas extremas, la Unión Europea difícilmente podría sobrevivir al dominio ultranacionalista porque no dispone de los cimientos y los resortes administrativos de un Estado. La Unión es un ejercicio diario de funambulismo político, basado en la negociación y la voluntad de compromiso. Y se puede venir abajo tan pronto como flaquee el apoyo de la opinión pública, un riesgo que este 9 de junio ha empezado a materializarse.

El éxito de los partidos ultranacionalistas en las elecciones al Parlamento Europeo en países cruciales como Francia e Italia, donde son primera fuerza, o su segunda posición en Alemania, Polonia o Países Bajos, convierte a esas fuerzas en una presencia inexorable y llamada a provocar movimientos en otros grupos políticos, bien tentados a entenderse con ellos, como los populares, o a tratar de aislarlos, como plantean los socialistas, con un cordón sanitario que se revela cada vez más quebradizo e insostenible.

Al Partido Popular Europeo, que ha ganado las elecciones por sexta vez desde 1999, le corresponderá articular una mayoría lo más holgada posible para mantener la agilidad legislativa. No lo tendrá fácil. Hasta las elecciones de 2019, los populares y los socialdemócratas sumaban más del 50% de los escaños y se bastaban casi por sí mismos para gestionar la Unión. Hace cinco años perdieron esa mayoría y se vieron forzados a incorporar a los liberales a su gran coalición.

Tras los comicios de este 9 de junio, ni siquiera ese tripartito, que sumaría poco más del 55% del hemiciclo, garantiza una legislatura fructífera porque el voto de los grupos en el Parlamento Europeo es mucho menos homogéneo que en los parlamentos nacionales y se necesitan mayorías más holgadas para garantizar que las normas salen adelante. La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, comprobó hace cinco años el riesgo de una deserción de votos. En su investidura contaba con el apoyo teórico de 444 escaños, pero solo logro 383 y se salvó por 9 votos.

Las fuerzas europeístas —como populares, socialistas, liberales o verdes— respiran en cierto modo aliviadas porque el ascenso ultra no ha sido un tsunami devastador que arrase de una vez con todo lo construido por la Unión Europea en 70 años. Pero se antoja demasiado inocente minusvalorar el alcance de una corriente que en el conjunto de la UE capta ya la quinta parte de los votos y que en países muy significativos logran porcentajes que les permitan acceder al poder sí no lo han hecho ya. Solo en los seis países más poblados de la Unión (Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos), las formaciones ultras suman un centenar de escaños, más que todos los liberales juntos y casi el doble que todos los verdes.

Tampoco sirve de consuelo pensar que Europa simplemente se ha contagiado de un virus ultraconservador y ultranacionalista por el que ya han pasado países como Estados Unidos, Brasil o Filipinas o ahora Argentina. En principio, ninguno de esos países tiene amenazada su supervivencia siempre y cuando los partidos de extrema derecha respeten el resultado de las elecciones y no intenten algún tipo de insurrección como hizo Trump en Estados Unidos y amagó Bolsonaro en Brasil.

Pero la UE no es un estado y difícilmente puede resistir el triunfo generalizado de fuerzas centrífugas. Simplemente porque esas fuerzas, según sus programas electorales, no tienen voluntad de mantener el proceso de integración europea. En muchos casos, plantean incluso dar marcha atrás, como la recuperación de las monedas nacionales, la reintroducción de controles fronterizos, la cancelación de fondos estructurales y agrícolas o la disolución del propio Parlamento Europeo donde ahora ocuparán una quinta parte de los escaños.

"La primera prueba de fuego de la nueva legislatura llegará con el nombramiento de la presidencia de la Comisión Europea"


La primera prueba de fuego de la nueva legislatura llegará con el nombramiento de la presidencia de la Comisión Europea, prevista para el próximo 18 de julio. Si Von der Leyen logra ser designada de nuevo por el Consejo Europeo, deberá lograr después el apoyo como mínimo de 361 eurodiputados. En principio, podría repetir con el apoyo de populares, socialistas y liberales, que sumarán alrededor de 400 escaños. Pero tras su experiencia de hace cinco años, la alemana podría buscar más apoyos para evitarse un susto, sobre todo, teniendo en cuenta que no hay una segunda oportunidad. Si no logra la mayoría a la primera, el Consejo designaría otra candidata o candidato.

Von der Leyen ha amagado con atraer a partidos de ultraderecha, como el de la italiana Georgia Meloni, al tiempo que no descuida a los verdes. Combinar ambos parece imposible. Será el primer dilema de una legislatura que inevitablemente estará marcada por la presencia de más de un 20% de eurodiputados dispuestos a cambiar el rumbo de la UE. Algunos, incluso, a estrellarla.
Bernardo de Miguel
Bernardo de Miguel
Corresponsal para asuntos europeos
Es conocido por su labor en distintos países, como México, Tailandia o Reino Unido, y, sobre todo, por la corresponsalía que ejercía en Bruselas para el diario económico Cinco Días y para El País.
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