Nos gusta pensar que desarrollamos nuestras opiniones de manera razonable y objetiva. Sin embargo, la realidad es que nuestra mente está llena de sesgos cognitivos que afectan a cómo percibimos e interpretamos el mundo. Esta tendencia natural también afecta al comportamiento político.
Las afiliaciones partidistas y la polarización influyen notablemente en la formación de nuestras creencias sin que nos demos cuenta, por ejemplo,
tomando la postura de nuestro partido sobre algún asunto en concreto pero creyendo que lo hacemos según un juicio propio. Estos sesgos y distorsiones de la realidad se pueden ver exacerbados por ciertos contextos y prácticas que limitan nuestra capacidad de pensamiento crítico. Por lo tanto,
es esencial que en una democracia existan herramientas e instituciones que fomenten que los individuos desarrollen opiniones informadas por sí mismos para mantener su capacidad de reflexión y diálogo.
"Muchas de las personas que están a favor de reconocer el Estado de Palestina se oponen si la iniciativa proviene de Pedro Sánchez, debido a sus afiliaciones partidistas"
Un ejemplo anecdótico de cómo las afiliaciones partidistas influyen en la formación de opiniones puede verse en las
encuestas sobre el papel de España en la invasión de Israel a Gaza. Según
una encuesta del Instituto Elcano, un 78% de los encuestados cree que “los Estados europeos deberían reconocer ya el Estado de Palestina”, incluyendo un 54% de personas autoidentificadas como ‘de derechas’. En contraste,
esta encuesta de Agenda Pública muestra que solo un 41% de los encuestados “apoya el papel de Pedro Sánchez en la crisis de Oriente Medio y el reconocimiento de Palestina”, entre ellos apenas un 20% de votantes del PP y un 3% de Vox. Si bien es cierto la segunda pregunta tiene un enfoque más amplio, el ejemplo es indicativo de que
muchas de las personas que están a favor de reconocer el Estado de Palestina se oponen si la iniciativa proviene de Pedro Sánchez, debido a sus afiliaciones partidistas. Estudios de sociología política muestran que esto ocurre con otras ideologías y temas, y seguro que todos podemos pensar en otros ejemplos cotidianos.
Sesgos cognitivos en opiniones políticas
Desde la psicología se han conceptualizado numerosos tipos de ‘sesgos cognitivos’, distorsiones en nuestra percepción, interpretación, recuerdos y expectativas sobre el mundo. Uno de los más comunes es el
sesgo de confirmación, que
nos lleva a buscar, interpretar y recordar información que confirme nuestras creencias preexistentes, ignorando o minimizando la que las contradice. Por otra parte,
el sesgo de atribución nos hace creer que nuestros éxitos son mérito propio, mientras que nuestros fracasos se deben a factores externos como la mala suerte. Como seres sociales con instintos grupales, también tendemos a sentir una fuerte pertenencia a un grupo social, con el cual nos identificamos. Esto transmite los sesgos cognitivos a escala grupal, haciendo que prioricemos o distorsionemos la información para justificar la postura de ‘nuestro grupo’ en contra de un ‘grupo contrario’.
"Las señales partidistas sobre la Unión Europea tienen una mayor influencia en los votantes que reconocen tener menos conocimiento sobre este tema"
Desvelar estos sesgos nos hace alejarnos de una concepción antropológica del votante como un individuo racional que actúa según sus puras creencias y razonamientos. En ciencia política se conoce como señales partidistas (‘party cues’ en inglés) a los mensajes emitidos por los partidos políticos para guiar la posición de los votantes sobre ciertos temas. Hasta cierto punto,
es comprensible que nos influya la posición de un partido con el cual compartimos principios ideológicos o nos sentimos representados en nuestros intereses como clase o grupo. Esto
es más aún así en torno a cuestiones complejas, que no tenemos tiempo para estudiar, o que no suscitan nuestro interés. Por ejemplo,
un estudio de Roberto Pannico revela que las señales partidistas sobre la Unión Europea tienen una mayor influencia en los votantes que reconocen tener menos conocimiento sobre este tema.
Dejarse llevar de manera acrítica y excesiva por lo que argumentan los partidos políticos puede volverse problemático, facilitando la manipulación y la fragmentación social. Al fin y al cabo, las señales partidistas se basan en nuestra inclinación natural a sentirnos parte de un grupo y en el deseo de creer que ese grupo tiene la razón, pasiones que sabemos por la historia que pueden volverse incontrolables. Como ejemplo más reciente y acotado,
Slothuus y Bisgaard investigaron un
experimento natural en Dinamarca en el que el partido liberal cambió de opinión sobre un subsidio de jubilación anticipada. Inmediatamente, los votantes de ese partido cambiaron su opinión para alinearla con la de su partido, incluso contradiciendo sus creencias previas. Por otra parte,
un experimento de laboratorio llevado a cabo por Eric Guntermann en Cataluña y Galicia indica que las posiciones de los partidos también influyen en cómo personas que no se alinean con ningún partido se definen en temas muy personales. En este caso, incluso encuestados que no se identificaban con ningún partido cambiaron sus definiciones en torno a la identidad nacional en función de los mensajes partidistas.
"La polarización en las élites políticas provoca que las personas sean menos capaces de reaccionar frente a información exterior, siguiendo las indicaciones de su partido"
La influencia de las señales partidistas se intensifica en contextos de alta polarización política.
En una sociedad dividida en grupos cada vez más alejados y enfrentados, las personas tienden a dejarse llevar más por las directrices del partido al que votan y a rechazar automáticamente las del partido opuesto. Un famoso estudio de
Drukman y colegas muestra cómo la polarización en las élites políticas provoca que las personas sean menos capaces de reaccionar frente a información exterior, siguiendo las indicaciones de su partido, y que además se sientan más seguros de que tienen razón. Esto no solo aplica a seguir al partido favorito, sino también a rechazar al contrario. En este sentido,
Nicholson muestra cómo las declaraciones de Obama y Bush a favor de un tema repercutieron más en que los votantes del partido contrario se opongan que en causar que sus propios votantes lo apoyen.
Sesgos, democracia y medios
¿Qué consecuencia tienen estos sesgos para la democracia? La democracia representativa era concebida por algunos pensadores de la ilustración como un sistema que debería posibilitar el diálogo objetivo y racional entre individuos. Habermas continuó defendiendo el establecimiento de una ‘esfera pública’ que hiciera florecer la deliberación ciudadana. Sin embargo,
repensar el sujeto político democrático como un humano atrapado en una racionalidad limitada hace que se torne difícil posibilitar el pensamiento crítico y el diálogo real. Debemos pararnos a pensar en las condiciones que permiten a la sociedad minimizar estos sesgos para que las elecciones sean el fruto de los intereses e ideas reales de la población.
"Si bien el conflicto en política puede ser necesario, es crucial establecer condiciones institucionales para evitar que este se transforme en una pelea sorda entre grupos enfrentados"
Esto tiene, en primer lugar,
consecuencias para el debate sobre el rol político del conflicto. Mientras
Marga León abogaba en el ‘Arte de Pactar’ por retomar los acuerdos entre bloques para expandir el estado de bienestar,
Toni Rodón acaba de romper una lanza a favor del conflicto político en ‘Qui no Vulgui Pols’, argumentando que un cierto nivel de polarización es necesario para el progreso y la solución de problemas sociales. Este es un debate complejo que debe mantenerse lejos del maniqueísmo entre consenso y conflicto. Sin embargo, los estudios acerca del impacto negativo de la polarización sobre capacidad de juicio independiente citados arriba desvelan el potencial riesgo que la polarización representa para la democracia representativa. Si bien el conflicto en política puede ser necesario, es crucial establecer condiciones institucionales para evitar que este se transforme en una pelea sorda entre grupos enfrentados.
En este sentido,
los medios de comunicación juegan un papel fundamental en fomentar la formación de opinión de la manera más realista, objetiva y crítica posible. Las escandalosas grabaciones de policías, miembros del gobierno y periodistas planificando la creación y difusión de mentiras con fines políticos ha hecho evidente que existe un problema en nuestro país a este respecto. Esto no es solo un problema por el hecho de que sea tremendamente injusto y contrario a los principios democráticos, sino porque nuestra racionalidad limitada nos hace víctimas particularmente débiles frente a la falta de pluralidad, de transparencia en la financiación y de persecución legal de las noticias falsas. Por tanto, es urgente introducir herramientas institucionales y robustas para fomentar una opinión pública enraizada en la realidad, como cambios legislativos que responsabilicen y obliguen a los medios a reparar el daño causado por la difusión de información falsa. Esto no solo es así por una garantía de derecho a la información, sino también para que nuestra mente poblada de sesgos y prejuicios pueda interpretar el mundo tal y como es.
En conclusión,
nuestras opiniones y actos son menos racionales y objetivos de lo que pensamos. Esto va mucho más allá de ser una curiosidad psicológica: tiene una gran importancia política. En un momento en el que los discursos de odio crecen al amparo de las noticias falsas y la polarización, es cada vez más necesario crear un contexto institucional y un entorno de medios de comunicación en el que podamos realmente considerar los argumentos de nuestro oponente político y formar nuestras opiniones al amparo de la manipulación.