Martes, 28 de julio de 2026

La tierra transformada (II)

Juan González-Barba Pera Juan González-Barba Pera 19 de mayo de 2024
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El lector del libro de Peter Frankopan amplía su visión de la historia del hombre y de nuestro planeta gracias a la incorporación del factor ecológico. Este representa, en símil afortunado del autor, el escenario en que se desarrolla el drama humano, que lo condiciona y a su vez es condicionado por él. El azar, tan turbador para el hombre desde que empezó a tener conciencia de su vida y su entorno, ha ido acotándose a lo largo de la historia. Gracias al pensamiento científico, gran parte del azar de origen natural, antes atribuido a la voluntad de los dioses, ha sido domeñado en gran medida mediante leyes, que lo explican y predicen, y la técnica, que permite controlar y manipular fenómenos caprichosos. Queda fuera de este proceso –al menos con el conocimiento científico y técnico actual- el azar telúrico y azar cósmico, a los que me referí en un artículo anterior.

Pero también escapa el azar humano, que es una de las manifestaciones del drama humano, esto es de la actividad de los hombres en sociedad y en relación con su entorno: ¿por qué actuaron así y no de otra manera? El intento de comprender la historia humana nos ayuda a entender el presente en que vivimos y nos es de gran utilidad para proyectarnos hacia el futuro. Asimismo, la historia humana, desde el Antropoceno, es capaz, no ya de alterar el escenario –el ecosistema-, sino de destruirlo –en el sentido de hacer imposible la existencia humana- en una hipotética megaconflagración nuclear. ¿Podemos predecir y controlar las pulsiones más negativas del hombre en sociedad? ¿Es posible transformar la lógica del conflicto en una lógica cooperativa?

Lo primero que es necesario afirmar en una historia ecológica de la Humanidad es que el entorno –el azar natural, telúrico y cósmico- condiciona la actividad humana, pero no la determina. Este es un punto que repite una y otra vez el autor al analizar el impacto de fenómenos naturales extraordinarios sobre sociedades y civilizaciones. Por ejemplo, la crisis de la Antigüedad tardía, provocada por la combinación de catástrofes vinculadas entre sí -un agudo cambio climático y una devastadora epidemia (la plaga de Justiniano)-, provocó el colapso de regímenes en distintas sociedades, pero no el del Imperio romano de Oriente, que sobrevivió. Las consecuencias dependerán también de las estructuras y leyes internas de cada sociedad, que les hará reaccionar, colapsando o adaptándose de distinta manera. Por citar otro ejemplo, la Peste Negra provocó una revolución social en Europa, al haber quedado el campesinado en mejor posición para negociar su estatuto al desmantelarse instituciones y estructuras existentes, mientras que las élites mamelucas de Egipto pudieron defender sus intereses con más éxito (lo que, paradójicamente, tendría consecuencias negativas a largo plazo para Egipto).

Para evitar caer en la tentación determinista, es importante, como previene el autor en la introducción, distinguir entre causalidad y correlación. No estoy seguro si se ha conseguido del todo en los capítulos 15 y 16, dedicados al inicio de la colonización occidental en América y al tráfico de esclavos desde África al nuevo continente. El juicio del autor sobre este periodo es extremadamente crítico, lo que casa bien con su pretensión de adoptar una perspectiva policéntrica, y que, además de la europea, refleje también la indígena americana y la local africana. Las dudas que me ha suscitado su lectura son de una triple naturaleza. En primer lugar, quizá sea un tratamiento desproporcionado en un libro de 24 capítulos que aborda resumidamente la historia planetaria y, tras la aparición del hombre, la historia de todas las regiones, épocas y civilizaciones (en estrecha relación con el entorno natural). En segundo lugar, porque el fenómeno de expansión imperial y esclavitud es algo que ha sucedido en todos los tiempos y las épocas, y quizá sea excesiva esta fijación en una civilización y una época; de hecho, en todo el capítulo dedicado al tráfico de esclavos de origen africano, solo dedica unas líneas para recordar que de los siete millones de personas que se calcula fueron esclavizadas o vendidas por los otomanos, dos fueron de origen subsahariano. En tercer lugar, porque la causalidad en cascada, que es justificable en el caso de los fenómenos físicos, no lo es en el ámbito de la moralidad. Una persona o sociedad solo puede ser interpelada por aquello que consciente o directamente provocó o, como mucho, por una negligencia culpable. En concreto, sabido es que los mayores estragos en vidas humanas por la colonización americana se produjeron por los patógenos desconocidos que portaron los colonizadores. Escribir que “no fue solo la enfermedad la que fue devastadora, sin embargo, sino una serie de factores en cascada estrechamente ligados, como el trabajo forzado, la esclavitud, el reasentamiento o la malnutrición, que se combinaron para disminuir las resistencias e incrementar la vulnerabilidad a la enfermedad y al sufrimiento”, puede dar pie a responsabilizar a los conquistadores de millones de muertes, más allá de la responsabilidad que tuvieron por conductas reprensibles.

Es posible que estos juicios severos se expliquen por una razón mucho más relevante cuando se trata de escribir una historia global. Es entonces más tentador –y relativamente fácil- encontrar un principio rector que explique por qué los hombres y sociedades han tendido a actuar de una manera y no de otra, que cuando se escriben historias parciales, acotadas temporal y/o geográficamente. En la medida que se pueda extraer una pauta, una ley, será más factible predecir y controlar el azar humano. De modo recurrente, se observa cómo las sociedades –y desde luego sus élites rectoras-, se han movido por el afán de adquirir, y mantener, el poder en cualquiera de sus manifestaciones. En este sentido, la colonización europea fue un caso paradigmático. Como afirma Frankopan al final del capítulo 14, “lo que condujo el siguiente ciclo de la historia global (los descubrimientos y la colonización) fue la búsqueda del beneficio. Reformuló el poder político, transformó las ecologías y, finalmente, cambió el propio clima”.


El imperialismo europeo estuvo, no obstante, lleno de claroscuros. Otro historiador británico, Tom Holland, resume insuperablemente la “paradoja profunda” de la expansión occidental fuera de Europa: “El cristianismo dio confianza a los europeos de sentirse superiores a los que desplazaban. A la vez, fue el que dio voz a los colonizados y esclavizados”.  Es más, el cristianismo tiende, por la propia circunstancia de su fundador, a entronizar a la víctima, a cualquier víctima, lo que condiciona la mirada occidental hacia los aspectos más controvertidos de su pasado, esto es, aquellos en que la víctima quedó inerme ante el opresor. No solo el cristianismo, sino todas las grandes religiones introdujeron cortapisas morales al ejercicio del poder, limitando y modificando la propensión humana hacia el poder ilimitado. Frankopan dedica el capítulo 7 de su libro a la aparición de la divinidad, con una mención específica de la que Karl Jaspers llamó la “edad axial”, entre los siglos VIII y III a.C, en que nacieron los grandes sistemas religiosos y éticos que iban a definir la historia de la Humanidad. En el fondo, si la lógica de cooperación puede confrontar a la del conflicto, es gracias al legado que nos dejaron los fundadores de dichos sistemas. Otra cosa es que, una y otra vez, el poder humano haya querido asociar dichos sistemas religiosos y éticos a los intentos de derribar los límites que sus principios religiosos y éticos le impusieron. Por eso, el drama humano que se desarrolla sobre el escenario del factor ecológico no es entendible si no se presta la misma atención a ambos tipos de principios rectores de su actuación.

Queda una pregunta que no contesta satisfactoriamente La tierra transformada, que, por lo demás, contribuye a la toma de conciencia histórica del factor ecológico, hasta llegar a la amenaza existencial del presente. ¿Por qué se cree en la ciencia para, sobre los datos y predicciones que aporta, actuar en consecuencia? Esta es una cuestión esencial en nuestras sociedades, y el autor la aborda en el último capítulo del libro y las conclusiones. Cita un estudio sobre los artículos científicos sobre clima de la última década en que el consenso científico sobre la responsabilidad humana en el cambio climático es abrumador, en torno al 99%. Y, sin embargo, constata que al menos un cuarto de los miembros del Congreso norteamericano y algunos presidentes de países muy relevantes dudan o directamente no creen en esas conclusiones. Aduce algunas explicaciones, como el lobby de la industria energética, y la capacidad de las redes sociales de diseminar mentiras. Pero hay una cuestión previa: ¿qué motivo hubo para que en el siglo XIX el pensamiento científico adquiriera mayor prestigio entre la opinión pública que el tradicional, mayormente influido por cosmovisiones religiosas, primero en Occidente, y luego en otras regiones del mundo? Y, a continuación, ¿qué resortes profundos del alma humana se están activando para que esta fe y confianza en la ciencia estén retrocediendo? Se trata de una cuestión tan difícil de responder como importante para que la Humanidad asuma los sacrificios que, de manera desigual, habrán de adoptar nuestras sociedades para afrontar el mayor reto existencial desde la aparición del hombre en la Tierra.
Juan González-Barba Pera
Juan González-Barba Pera
Embajador de España en Croacia y ex secretario de Estado para la Unión Europea
Licenciado en Derecho. Ingresó en la Carrera Diplomática en 1991. Ha estado destinado en las embajadas en Sudáfrica, Grecia e Israel, donde fue la segunda jefatura, y en la Representación Permanente ante la UE en Bruselas. Fue embajador en Sudán, Sudán del Sur y Eritrea, con sede en Jartum, y en la República de Turquía hasta el 4 de febrero de 2020. También ha desempeñado diferentes cargos en la sede central del Ministerio de Asuntos Exteriores.
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