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SR. GARCÍA

La desinhibición reaccionaria

Beatriz Gallardo Paúls

7 mins - 21 de Marzo de 2024, 07:00

Los populismos reaccionarios del siglo XXI exhiben, cada vez con más insistencia, una expresividad retadora y perdonavidas que no duda en recurrir en el uso público a expresiones marcadas negativamente, más propias de registros privados. El fenómeno se aprecia en todas las esferas de la realidad política, pero alcanza cotas máximas cuando el discurso se vuelve autorreferencial y habla de los propios actores políticos: la actividad parlamentaria se llena de feminazis, terroristas, ecolojetas o separatistas; los pactos realizados en el marco de la Constitución y las leyes se describen como humillaciones, fraudes o traiciones; y la conducta ajena se adjetiva con un desprecio deslegitimador, enfatizado por una prosodia despectiva y una comunicación no verbal desdeñosa. 

Este desafío camorrista, mostrado por líderes políticos pero también mediáticos, apunta a los consensos políticos y morales, a la cortesía y a los valores ilustrados, aunque normalmente finge —es pura ficción— estar desafiando una impostura sesgada que identifica con el “lenguaje políticamente correcto”. Tramposamente, rebaja el respeto, el civismo o la educación a una timorata “corrección política”, y pretende que la única franqueza posible es la descarnada y grosera, visceral. Tales opciones expresivas se defienden además como una supuesta valentía, un atrevimiento que parece mirar de frente y ser capaz de llamar a las cosas por su nombre, “sin pelos en la lengua”, algo que no deja de resultar curioso sabiendo que el mayor representante de este estilo de habla, Donald Trump, mereció una web específica para contar las mentiras de su discurso como presidente.

La desinhibición lingüística fue alentada explícitamente por Steve Bannon, el director de campaña de Trump, en su gira europea de 2018, cuando intentaba apuntalar en Europa su movimiento integrador de la ultraderecha. “Dejad que os llamen racistas…, usadlo como una insignia honorífica”, decía en marzo de 2018 en una concentración invitado por Marine Le Pen. Palabras muy parecidas se han escuchado en los mítines de la ultraderecha española, aunque la coletilla que resume esta postura discursiva desinhibida en nuestro país es el eslogan “sin complejos”, un lema que los representantes del Partido Popular no han dudado en asumir como propio. Así se llamaba, de hecho, un libro firmado por una de sus dirigentes en 2021: Sin complejos. Solo una derecha unida y orgullosa de su historia puede volver a gobernar España

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En estas retóricas desinhibidas, presuntamente desacomplejadas, el disfemismo (es decir, la expresión malsonante) aparece como el término preferible para nombrar las cosas, y los insultos asoman como una mercancía política cotidiana, ya naturalizada. Esto supone que las realidades se designan sistemáticamente con términos marcados (“pactos encapuchados”, “golpe de Estado”, “dictadura”), de tal manera que se instaura en el discurso una doble acepción de las palabras, puesto que lo dicho y lo realmente nombrado no son lo mismo. Tal dualidad activa un juego perverso con la verdad, porque la interpretación indirecta exculpatoria (hiperbólica, irónica, metafórica, metonímica) y la interpretación literal se manejan simultáneamente. Por ejemplo, ¿cómo descifra un estadounidense votante de Trump su afirmación de que si gana en 2024 será un dictador? ¿Como promesa, como advertencia, o simplemente como broma exagerada propia de un provocador? Y en el caso de que realmente el expresidente volviera a la Casa Blanca y asumiera esa actitud dictatorial el primer día de mandato, como aseguró, ¿no podría él escudarse, ante cualquier acusación, en que ya lo había advertido? Las retóricas desinhibidas son, sobre todo, discursos de ocultación, pero su naturaleza disruptiva encubre también esa misma ocultación, al volver el foco sobre el propio lenguaje. “No voté esto”, repiten en las redes sociales y en entrevistas muchos votantes de Javier Milei; quizás la metáfora de la motosierra les resultó tan elocuente que no creyeron necesario saber nada más.

Otro de los elementos que llama especialmente la atención en esta retórica insultante asumida por cada vez más líderes conservadores (pues la polarización del discurso es un fenómeno marcadamente asimétrico) es la persistencia en el error. La jactancia termina por reducir el discurso político —recordemos, ese supuestamente preocupado por el bien común— al insulto. Y una vez pronunciado y difundido el exabrupto, sus protagonistas no se disculpan, sino que se reafirman en él. Mientras, los correligionarios minimizan la gravedad de lo dicho, reducen las injurias a simples chascarrillos, o acusan a los demás de hacer lo mismo. El efecto se extiende y empapa el ambiente político reduciéndolo a una pelea degradante. Lo vimos con “que te vote Txapote” y con “me gusta la fruta”: el insulto chulesco y amargado — especialmente el que se dirige contra quienes han sido elegidos democráticamente en las urnas— parece el argumento más recurrente.

Esta actitud enlaza con uno de los rasgos que Jason Stanley asocia a los nuevos fascismos, que no tienen problema en versionar la Historia y negar hechos probados con tal de proteger la propia imagen, para mostrarse orgullosos de sí mismos y su pasado. La jactancia es definida por la RAE como «alabarse excesiva y presuntuosamente, con fundamento o sin él y aun de acciones criminales o vergonzosas», lo que nos permite relacionar estas retóricas con el fenómeno de la desconexión moral. Al teorizar sobre las estrategias que permiten a un individuo reconciliarse con acciones propias que sabe inadecuadas (inmorales), el psicólogo Albert Bandura proponía diversos recursos lingüístico-cognitivos que la actualidad política nos ofrece a diario. Por ejemplo, la justificación moral vincula los actos censurables con objetivos socialmente dignos, propios de causas positivas; la comparación ventajosa introduce el contraste con quien lo hizo aún peor; el desplazamiento de responsabilidad, al igual que la deshumanización o la inculpación de las propias víctimas, autoexonera al sujeto de culpa, como también quitar gravedad al efecto de las propias acciones. Todos estos elementos sazonan el discurso político actual nacional e internacional (los leemos a diario sobre la guerra en Gaza) y suponen que el discurso se convierte, básicamente, en un acto encubridor. La irrealidad —o, a veces, la nada — suplanta los hechos e inunda la esfera comunicativa.

La cuestión más difícil es cómo reaccionar ante esta retórica: ¿ignorarla?, ¿denunciarla?, ¿contestar en el mismo plano desinhibido, frívolo y retador? Puesto que es un discurso que siempre grita más y capta más la atención de los medios, y que además ataca personalizando, resulta complicado ignorarlo, tal vez sea imposible no reaccionar. Pero contestar en su mismo plano e imitar sus transgresiones es altamente arriesgado; supone sumarse a su juego y concederle lo que busca, es decir, transformar la política en un espectáculo chusco, boicotear la vida pública y erosionar las instituciones democráticas. Aceptar, en suma, su concepto de la política.

Por ello, cualquier respuesta debería tener presente que la función de toda esta pirotecnia discursiva es enmascaradora, que su finalidad básica es hurtar el debate y eludir la conversación verdaderamente política, y que su evolución inmediata, agotado ya el poder de la palabra, es la agresión física, de la que ya hemos visto ejemplos. Ambos niveles, el discurso desinhibido y el acto agresivo, se retroalimentan y colaboran, junto a los medios (ellos también enormemente asimétricos), para escamotear el debate político a los demás partidos y a toda la ciudadanía. El fenómeno, además, es global, constituye una amenaza seria e integral. Tal vez por eso la respuesta también debería serlo. 

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