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SR. GARCÍA

Propaganda, inefabilidad, discrepancia

Beatriz Gallardo Paúls

8 mins - 25 de Enero de 2024, 07:00

La guerra de Ucrania estalló a las puertas de Europa el 24 de febrero de 2022. Hace, pues, dos años que la distopía irrumpió en los telediarios y comprobamos hasta qué punto las palabras usadas para el conflicto podían ser importantes. Mientras Putin penalizaba a los medios rusos que hablaran de “guerra” —era una “operación militar especial”—, los líderes europeos unían sus voces, superaban por una vez el “deeply concerned” habitual, y hablaban en sus declaraciones tanto de “guerra” como de “invasión”. Dos mil ciento cincuenta kilómetros hacia el sur y quinientos noventa días más tarde, el 7 de octubre de 2023, el ataque terrorista de Hamás supuso el comienzo de una segunda guerra, la de Israel contra Gaza, pero los efectos de la misma en el discurso público no han sido los mismos. Y si hablo de “primera” y “segunda” guerras es porque, tal y como indicaba Pascal Boniface, y me señaló el profesor Juan Romero, llevamos más de medio siglo llamando “posguerra” a un tiempo en el que la guerra jamás se marchó del todo. 

The number of Palestinians killed is truly unbearable”. Estas fueron las palabras de Pedro Sánchez en su reunión con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu del 23 de noviembre de 2023, acompañado por su homólogo belga, Alexandre de Croo, ambos como presidente y vicepresidente del Consejo de la Unión Europea. La traducción mayoritaria en la prensa española de ese fragmento fue “El número de palestinos muertos es insoportable”; pero “killed” apuntaba más al asesinato que a la simple muerte. La vehemente reacción israelí tras esa visita puso de manifiesto, como en el caso ruso, la importancia de la elección de las palabras, pero instauró también notables diferencias.

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En los días inmediatos al terrible atentado de Hamás observamos que los múltiples comentarios y testimonios sobre la guerra reflejaban una enorme brecha entre dos polos comunicativos, el de la propaganda (mensajes tajantes, decididos, rígidos) y el de la inefabilidad (mensajes atemperados, voces dubitativas sobre la verdad de los hechos difundidos, a veces incapaces de expresar la dimensión del drama). Evidentemente, no fue algo novedoso; había ocurrido también (sigue ocurriendo) con la guerra de Ucrania y ocurre casi ante cada hecho presuntamente noticiable. Así y todo, la respuesta de Israel al atentado terrorista tuvo efectos discursivos que destacan por su nitidez, algo que tal vez se relaciona con que es un conflicto de larguísimo historial en la esfera pública, con opiniones previas muy asentadas y casi rutinizadas. 

Este primer contraste —un discurso que se expresa contundentemente y otro que apenas logra verbalizar el estupor— habla, sobre todo, del funcionamiento de nuestro ecosistema comunicativo. Los discursos rotundos, cuyo exponente máximo es la propaganda de cualquier signo, responden parcialmente a una de sus imposiciones, la de tomar partido, una exigencia reforzada por la digitalización y por el contexto polarizado. El ágora digital configuró una opinión pública que premia las hipermilitancias y desprecia los equilibrios argumentativos, hasta el punto de que la calificación de “equidistante” se ha cargado de connotaciones moralistas y se ha convertido en insulto frecuente cuando se pretende desautorizar a alguien. “Condenar una tragedia no nos debería impedir condenar otra”, afirmaba el miércoles 18 de octubre el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell. Que afirmaciones tan indudables como esta, tan arraigadas en la ética más elemental, se conviertan en noticia de impacto (sin duda influyó el contraste con declaraciones previas de Ursula Von der Leyen y Roberta Metsola), subraya la irracionalidad de la voz pública predominante en nuestro acceso a la actualidad.

En su manifestación extrema, estas posiciones discursivas no atienden tanto a la complejidad de los asuntos o a la veracidad de los mensajes como a sus protagonistas; más exactamente, a los prejuicios sobre ellos. Básicamente expresan filias y fobias hacia los implicados, ya se esté hablando de los propios contendientes o acusando de supuestas afiliaciones a otros actores políticos. Son discursos que responden sobre todo a actitudes psicológicas y que pueden ser indiferentes a la objetivación y la verdad. La situación va más allá del axioma repetido según el cual la primera víctima de las guerras es la verdad. Si en algún momento pensamos que la noria desquiciada de la posverdad había alcanzado algún tipo de récord con la presidencia de Trump, observamos ahora que la maquinaria de la desinformación se ha perfeccionado notablemente.



Esta voz dominante de la propaganda ofrece narraciones lineales —los “relatos”— que simplifican las realidades y las reducen a una única línea discursiva. Tales relatos suelen proponer marcos anclados en reduccionismos y metonimias, la más evidente e interesada de las cuales es la que equipara Palestina y Hamás. En ocasiones, se alejan de los temas más habituales y focalizan aspectos que pueden parecer anecdóticos, incluso absurdos, pero que contribuyen a la construcción del relato global: “Ellos podrían haber convertido Gaza en Dubai, y lo convirtieron en el Líbano (…) ¡Les dimos el territorio más bonito de Israel, tienen las mejores playas de toda la región!”, afirmaba el 17 de octubre en La Noche en 24 h. la vicealcaldesa de Jerusalén.

Frente a la defensa de este discurso nítido y desinhibido, y mucho antes de que la magnitud del horror superara cualquier posible defensa, el discurso público sobre la guerra concedió notable visibilidad a otras voces que revelaban fundamentalmente incertidumbre y desconcierto, que esquivaban la exigencia de posicionarse. La idea fundamental que servía de anclaje a estos discursos es la complejidad, histórica y conceptual. La misma complejidad que forzaba a unos emisores a manifestar opiniones implacables, casi atolondradas, conducía a estos a la indecisión y la desconfianza en lo que se narra, a cierta prudencia valorativa. Estas voces no privilegiaban el protagonismo narrativo de los implicados, sino una mirada centrada en los hechos, que da cabida a argumentos y refutaciones e intenta integrar varias líneas discursivas simultáneas y coexistentes. Se trata de posiciones muy importantes porque desafían la exigencia populista de militancia e inmediatez, y porque ofrecen contrapunto a los discursos lineales o pasionales que han copado la esfera pública de los últimos años. La manifestación más radical de esta postura discursiva es el silencio, que se rinde ante lo inefable; un silencio, sin embargo, inasumible en general para los líderes políticos, debido al horror vacui de la esfera comunicativa.

En definitiva, la guerra ofreció como primera evidencia dos discursos fundamentales que se han consolidado: uno que operaba en términos tajantes de defensa y ataque, y otro, relativamente novedoso por su frecuencia, que renunciaba a posicionarse inequívocamente. Lo importante es que este contexto dual nos ofreció, además, una tercera opción que merece también ser destacada en el ámbito global del discurso público. Los dos polos comunicativos descritos, perfectamente diferenciables, abrieron espacio, sobre todo los primeros días, a una posibilidad diferente, que se configura entre ambos y que aporta más novedades a la esfera pública polarizante de los populismos. Son las voces de la discrepancia argumentada. Voces que sí tomaban la palabra con claridad, pero que, al hacerlo, sorprendentemente, rompían las expectativas sobre su posición; son voces que discrepan con los mismos con quienes, a priori, se les identificaría. 

Probablemente uno de los ejemplos más claros de estas posiciones lo constituye, desde el primer día, el periódico israelí Haaretz, cuya insistencia en defender los derechos de los palestinos y pedir la dimisión de Netanyahu suponen un refrescante ejercicio de independencia y responsabilidad. No es, ni mucho menos, el único caso. Esta aparición clara y afirmativa de la discrepancia en el seno del propio grupo es un indicio de racionalidad que, junto a otros hechos (por ejemplo, el resultado de las elecciones polacas), podría estar señalando un leve desvío del itinerario discursivo populista.  

Cabría pensar, en suma, que el discurso público sobre la guerra de Gaza confirma algunas tendencias interesantes. Junto al discurso monológico y excluyente, de pretensión absolutista, que ha sido hegemónico en la última década, cobran presencia dos opciones: por un lado, más voces ajenas que explicitan la duda e incorporan opiniones encontradas y, por otro, voces propias que afirman la discrepancia dentro del grupo. En términos de opinión pública esta pluralidad constituye un buen síntoma de futuro, pese a que los motivos para el optimismo sean mínimos mientras, por ejemplo, el sistema de votaciones de la ONU —aquel que se implantó para gestionar “la posguerra”—, se mantenga, no ya impermeable, sino ferozmente contrario a esta pluralidad de discursos.

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