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LUIS MAGÁN

El 11M: La mentira que triunfó

Beatriz Gallardo Paúls

9 mins - 14 de Marzo de 2024, 07:00

El aniversario del 11M ha propiciado múltiples análisis que se suman a una larga trayectoria de textos académicos y periodísticos sobre el atentado yihadista de 2004. La versión corta refiere cómo los líderes del Partido Popular, con la ayuda de medios conservadores, quisieron engañar a la ciudadanía y convencerla de que era un atentado etarra, pero no lo consiguieron y perdieron las elecciones del 14 de marzo. Sería, básicamente, un fracaso de la mentira y un triunfo de la verdad. 

En este texto no compartimos esa mirada. Creemos que el bulo tuvo éxito. Un éxito parcial, porque efectivamente Aznar perdió las elecciones, pero un éxito prolongado, porque veinte años después el 11M en España sigue siendo un tema opinable, con versiones diferentes e incompatibles. Con esa idea, destacamos brevemente dos efectos del 11M: la implantación de un discurso gubernamental de naturaleza propagandística y la creación de una alianza sistémica de apoyo mutuo entre el Partido Popular y ciertos medios de comunicación, que se activa con especial empeño cada vez que España alcanza democráticamente gobiernos progresistas.

El bulo propagandístico
El mensaje elaborado desde el gobierno cumplía con varias de las reglas de la propaganda identificadas por Jean-Marie Domenach en La propagande politique (1950), pero no con todas. Cumplía, en primer lugar, la regla de la transferencia; es decir, el mensaje propagandístico se apoyaba en un sustrato previo de naturaleza emocional. El bulo proponía una idea que encajaba perfectamente con las expectativas generales, pues desde 1975 la opinión pública española estaba habituada a ese tipo de noticias y todavía en mayo de 2003 ETA había asesinado a dos policías. La historia de la España democrática, jalonada por los sangrientos atentados de la banda terrorista, creaba el clima favorable para esta interpretación. El contexto histórico funcionaba, así, como activador de lo que Anthony Pratkanis y Elliot Aronson llaman “pre-persuasión”, es decir, el tipo de ideas o argumentos que se dan por supuestos, que encajan con el saber previo.

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Sin embargo, ya desde las primeras horas de la tarde del 11M, el desarrollo de la investigación permitió considerar la autoría islamista. Es en este momento cuando la situación comunicativa cambia y el discurso se bifurca para dar entrada a lo que Steve Tesich, en un texto de 1992 sobre la primera Guerra del Golfo, había llamado “un mundo de posverdad”. La posverdad, es necesario matizarlo, no apunta exactamente a las mentiras, sino al hecho de que la ciudadanía las asume con complacencia:

“Nos estamos convirtiendo rápidamente en el prototipo de un pueblo por el que los monstruos totalitarios solo podían babear en sueños. Hasta ahora, todos los dictadores tenían que trabajar duro para suprimir la verdad. Nosotros, con nuestras acciones, decimos que ya no es necesario, (…) que queremos vivir en un mundo de posverdad.” — Steve Tesich, "A Government of Lies"
La hipótesis “posveritativa” construida desde el gobierno popular (por ejemplo, en el telegrama enviado a media tarde por la ministra Palacio a todos los embajadores) pretendía mantener la transferencia emocional propia de los atentados etarras para, sobre todo, evitar la transferencia que podía activarse entre un atentado yihadista y la política belicista de Aznar, cuya “foto de las Azores” cumplía un año ese mismo 16 de marzo. 

Además, el mensaje seguía la regla de amplificación y desfiguración, presentando los hechos de manera que cualquier dato intrascendente podía ser interpretado como amenaza grave; y, sobre todo, cumplía la regla de orquestación, es decir, la repetición incansable de los temas principales a lo largo del tiempo, introduciendo mínimas variaciones formales para despertar un interés renovado. Todas las presuntas novedades que los medios, con El Mundo a la cabeza, han ido “descubriendo” durante años dibujan un itinerario cognitivo que consiste simplemente en agitar la sospecha. La propia FAES se ha sumado a esta orquestación con su reciente comunicado, en un insólito alarde de empecinamiento que define especialmente ciertas posiciones políticas ajenas a lo ideológico; “sostenella y no enmendalla” es, claramente, un rasgo propio de las actuales retóricas ultras.

Sin embargo, los mensajes propuestos se alejaban radicalmente de las otras dos reglas propagandísticas. En primer lugar, la regla de simplificación y del enemigo único. En todo el argumentario construido para defender la implicación de ETA, desde el 11M hasta hoy, llama enormemente la atención su complejidad, el grado de truculencia con el que se pretendía retorcer los indicios para convertirlos en supuestas evidencias. Las falsas noticias que se fueron proponiendo, sobre todo desde las páginas de El Mundo o los micrófonos de la COPE, dibujaban un relato enrevesado y en constante readaptación, como ocurre en las malas telenovelas que se prolongan año tras año, sin más cohesión entre capítulos que el esqueleto argumentativo que define buenos y malos. La confusión y el cambio de rumbo narrativo eran constantes, así como el reparto de responsabilidades; las acusaciones pergeñadas entre 2004 y 2014 apuntaban a veces a la policía (que habría mentido y falsificado pruebas), a veces a los propios yihadistas (a los que se atribuía todo tipo de posibles relaciones con ETA y con Euskadi), o incluso al partido socialista. En definitiva, la revisión y ampliación dilatada de la mentira fabricada durante años contradecía algunas exigencias mínimas del discurso propagandístico, cuyos mensajes deben ser simples y reiterativos y apuntar a un único enemigo.



Por último, el mensaje fabricado fracasó respecto a la regla de la unanimidad y del contagio, pues la ciudadanía respaldó mayoritariamente la versión que ratificaban los datos de la investigación, difundida por medios como la SER, El País o ABC. Aunque uno de los elementos que suelen destacarse a propósito del 11M es el uso de los mensajes de texto breve para la convocatoria de manifestaciones (algo que había comenzado en 2002, en las manifestaciones contra la guerra de Irak), es importante tener en cuenta que el 11M no se desarrolla en un contexto digital. Pese a la urgencia que transmitía el famoso “¡pásalo!”, lo cierto es que ni el tiempo ni los ritmos informativos de 2004 eran aún tan vertiginosos como ahora. Apenas hacía un mes que un grupo de estudiantes de Harvard había lanzado su versión digital del anuario universitario, Facebook, y las sociedades occidentales se hallaban instaladas en un clima de tecnolatría y fascinación por lo digital que aún seguiría incrementándose con la aparición de los teléfonos inteligentes en 2007 (iPhone) y 2008 (Android) y la eclosión de las redes sociales. Por este motivo, la difusión del bulo necesitaba apoyarse en medios de comunicación.
 

La difusión del bulo
Los emisores del bulo fueron, en primer lugar, el presidente Aznar y sus ministros; todos ellos contaban con dos ventajas discursivas: hablaban desde una posición de gobierno (algo que en 2004 todavía podía considerarse vinculado a cierta expectativa de veracidad), y tenían experiencia. Tanto el hundimiento del petrolero Prestige, en 2002, como la huelga general convocada por los sindicatos el mismo año habían evidenciado ya un comportamiento del Partido Popular favorable a la desinformación, y las famosas “armas de destrucción masiva” que llevaron a Aznar a implicarnos en la segunda guerra del Golfo, en contra de la posición de la ONU, eran sin duda un antecedente elocuente en el uso de la mentira.

Para difundir su mensaje, estos emisores primarios encontraron dos aliados fundamentales, entre los medios de comunicación y entre la ciudadanía. El Mundo, Libertad Digital, la cadena COPE y otros medios participaron activamente, durante años, en la construcción de la mentira, tal y como nos recuerdan múltiples reportajes estos días. Junto a esos medios, ecoicos de la postura del gobierno, surgieron además grupos ciudadanos de apoyo que responden al concepto de “franja lunática”, es decir, grupos de personas dispuestas a creer cualquier teoría extemporánea, ya sea que el hombre nunca ha pisado la luna o que Elvis Presley sigue vivo. En el caso del 11M esta franja lunática fueron los llamados «Peones Negros», un grupo de personas que siguió agitando la teoría de la conspiración hasta 2014, de un modo que preconizaba el estilo y el discurso de los grupos que, años más tarde, azuzaron el ascenso de los populismos.

Esta suerte de “colaboracionismo discursivo” entre políticos, medios y grupos activistas se ha mantenido desde entonces. En este sentido, resulta indudable que el impacto postelectoral del 11M se relaciona con la escasa credibilidad de los medios de comunicación en España, pues ni el mundo periodístico ni los ciudadanos han penalizado a los responsables de esta enorme falta de profesionalidad, muchos de los cuales se pasean aún por las tertulias editorializando la actualidad política; por eso tampoco sorprende que, veinte años después, gran parte de la ciudadanía piense que si los medios de comunicación son privados no tienen compromiso de veracidad, y que esto solo puede exigirse a los medios públicos. 

Este es, en resumen, el doble legado exitoso del 11M. Por un lado, naturalizó la mentira y la propaganda como discurso gubernamental; por otro, normalizó que una parte importante del periodismo de referencia pueda consistir en la simple amplificación ecoica de ese discurso.
 
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