La historia no se repite, pero eso no nos impide aprender de los errores del pasado. Sobre todo cuando nos los recuerda una persona que fue testigo de ellos, como Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en el momento de la invasión de Irak en 2003. Durante una entrevista con Apolline de Malherbe, presentadora de un programa de televisión, el político francés declaró:
"Hamás nos ha tendido una trampa, y esta trampa es de un horror extremo, de una crueldad extrema. Y por eso existe el riesgo de una escalada militar, de una nueva intervención armada, como si con ejércitos pudiéramos resolver un problema tan grave como la cuestión palestina. Hay también una segunda gran trampa, que es la del occidentalismo. Nos encontramos atrapados, junto con Israel, en este bloque occidental que ahora está siendo cuestionado por la mayor parte de la comunidad internacional". Empujado por la presentadora, de Villepin dejó claro que la condena del ataque de Hamás a Israel está fuera de toda duda, pero este juicio no implica necesariamente la adhesión a la tesis de que la única respuesta posible a lo ocurrido son las armas. Israel tiene derecho a defenderse, pero sus aliados occidentales deben ser conscientes de que una respuesta militar indiscriminada, dirigida contra la población civil de Gaza, corre el riesgo de agravar el clima de recelo y desconfianza hacia Estados Unidos y Europa. La acusación de aplicar un "doble rasero" -y, por tanto, de mala fe- que muchos lanzan estos días a los países occidentales, a la luz de la diferente postura que han adoptado ante las violaciones del derecho internacional por parte de Rusia e Israel, sería, según de Villepin, un favor hecho a Hamás, y debilitaría la posición de Estados Unidos y Europa frente a sus interlocutores internacionales.
[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram] En la entrevista, de Villepin explicó que por "occidentalismo" entiende "la idea de que Occidente, que durante cinco siglos ha gestionado los asuntos del mundo, puede seguir haciéndolo en silencio". El uso de la expresión "Occidentalismo" en el transcurso de la entrevista para describir la actitud de las potencias occidentales ante el actual conflicto de Gaza me trae a la memoria el título de un ensayo de Ian Buruma y Avishai Margalit, publicado poco después de la invasión de Irak:
Occidentalism. The West in the Eyes of Its Enemies (Penguin Londres 2004). Según Buruma y Margalit, el Occidentalismo sería una visión "deshumanizadora" de Occidente, difundida por aquellos críticos de la modernidad que la identifican con una concepción de la sociedad que ha abdicado por completo de los valores espirituales -que aún estarían presentes en las civilizaciones no occidentales de Oriente- para abrazar una cosmovisión dominada por el materialismo.
En el libro de Buruma y Margalit, el Occidentalismo es una reacción a la supremacía occidental por parte de intelectuales de diversos países asiáticos que, sin embargo, se nutre de fuentes europeas: desde la antiilustración de De Maistre hasta la crítica de Heidegger al dominio de la tecnología. Ya desde la elección del término, está claro que el blanco de la polémica era la categoría de orientalismo introducida en el debate académico por el crítico literario Edward W. Said en su ensayo
Orientalism publicado en 1978. De hecho, Said se ocupaba esencialmente de la representación literaria de Oriente, pero en las reediciones de su libro, la última de las cuales se publicó en 2003, reconoció que su polémica contra la "deshumanización" de Oriente se había inspirado en parte en el conflicto entre Israel y los palestinos. Sin embargo, Said no defendía la tesis de un conflicto necesario entre Occidente y Oriente.
Por el contrario, sostenía que esta idea "artificial" debía rechazarse en favor de un "lento trabajo conjunto de culturas que se solapan, toman prestado las unas de las otras y conviven de maneras mucho más interesantes de lo que puede permitir un modo de comprensión esquemático e inauténtico". La denuncia del orientalismo era, pues, para Said una forma de reivindicar una visión humanista como respuesta al conflicto.
Más cercana a la perspectiva de de Villepin es quizá la tesis de Pankaj Mishra, quien en su
From the Ruins of Empire. The Revolt Against the West and the Remaking of Asia (Penguin, Londres 2012) reconstruye de forma más convincente que Buruma y Margalit la hostilidad de diversos intelectuales asiáticos hacia Occidente, remontándola a la humillación sufrida por los orientales desde la conquista de Egipto por Napoleón.
En la obra de Mishra, dos figuras menos conocidas en Occidente, como Liang Qichao y Jamal al-Din al Afghani, fueron identificadas como precursoras de una visión antioccidental que se radicalizó progresivamente como reacción a la experiencia del colonialismo y al fracaso de las élites nacionales que en varios países gestionaron la primera fase de la descolonización. Al Afghani es especialmente interesante desde este punto de vista porque tanto los teóricos del fundamentalismo islámico en Irán como los de los países de mayoría suní (entre los que cabe mencionar a Sayyid Qutb por su influencia en Al Qaeda) se refieren a él de diversas maneras. En la misma dirección que Mishra se mueve también el Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk cuando escribe, tras el 11 de septiembre de 2001, que
"lo que lleva a un viejo pobre de Estambul a aprobar el terrorismo en Nueva York en un momento de rabia o a un joven palestino harto de la opresión israelí a admirar a los talibanes arrojando ácido nítrico a la cara de las mujeres, no es el Islam, ni la idiotez descrita como el enfrentamiento entre Oriente y Occidente, ni la pobreza en sí misma, sino el sentimiento de impotencia resultante de la degradación y la incapacidad de ser escuchado y comprendido". La humillación sería, pues, la clave para entender la revuelta contra Occidente, y esto es lo que habría que trabajar para desactivarla. Desde este punto de vista, un Occidente que haga suya la tesis del choque de civilizaciones no puede sino empeorar las cosas, y quienes soportarían las consecuencias, como afirmó de Villepin, serían en primer lugar los propios israelíes y palestinos, víctimas de una espiral de odio destinada a alimentarse aún más.