
Las situaciones de limitación o dependencia personal, incluso cuando son leves, también influyen de manera decisiva en los problemas de soledad. Alrededor de la mitad de las personas solas tienen limitaciones relacionadas con la salud. La soledad también tiene una incidencia muy superior entre personas extranjeras, aunque esta problemática tiende a reducirse claramente, al menos en Euskadi.
Resulta también destacada la vinculación de la soledad con las dificultades económicas. Su impacto aumenta de manera sustancial conforme se deteriora la situación económica del hogar y la persona se aleja del mundo del empleo.
La soledad puede sin duda ser abordada desde la política y los procesos de intervención social. Así ocurre de hecho, aunque no siempre se sea consciente de ello, cuando se actúa para atender a las personas. Se hace política de prevención de la soledad cuando se atiende correctamente a la población en los servicios públicos o se apuesta por prevenir la pobreza con políticas de garantía de ingresos. También cuando se ofrecen recursos suficientes a las personas mayores o se promueven acciones de tiempo libre para personas con discapacidad.
Los datos del estudio dirigido por Juan Nicolás hablan de un 7,9% de personas que se sienten realmente aisladas en España, una situación que tiene elementos en común con la idea de problemas graves de soledad/tristeza que se maneja en la Encuesta de Necesidades Sociales del País Vasco. Desde 2006, esta encuesta recoge cifras bastante estables, en torno al 1,8-1,9%, de personas con esta problemática. Una hipótesis es que esta tasa claramente inferior pueda reflejar, al menos en parte, la mayor apuesta de Euskadi por el desarrollo de las políticas sociales.
Son numerosos los estudios que señalan la importancia que, para la estabilidad psíquica y la salud física, tiene la experiencia de situaciones que acentúan el estrés soportado por la población, tales como la pobreza, el desempleo o la enfermedad. Pero sabemos también que la presencia de la soledad acentúa las consecuencias de estos problemas. Es una puerta abierta a la depresión y a otros procesos de deterioro psicosocial en las personas.
La soledad tiene mucho que ver con la necesidad de ser escuchado en aquellas circunstancias que el vocabulario francés recoge con el término de détresse, unas circunstancias en las que se mezcla la angustia, el sufrimiento y la necesidad de atención o socorro. El término desamparo se acerca un poco a esa sensación pero no consigue reflejarla del todo.
En el pasado que yo recuerdo, era un teléfono el que se encargaba de escuchar a las personas solas, el Teléfono de la Esperanza, La Mano Tendida, etc. En la tesis de Luis Cibanal sobre estos recursos de ayuda, el Director de uno de los centros de acogida telefónica comentaba la cuestión clave que es preciso abordar ante la soledad y sus crisis. No se trata de ofrecer consejos morales o una asistencia psicológica especializada. Al principio, al menos, la persona que sufre sólo necesita a alguien que escuche: "A menudo basta con media hora de conversación para que se manifieste una situación más relajada. Se ha producido un contacto, la persona ya no se siente tan sola y agradece a la que la ha escuchado", decía.
No es casual, creo, que la sensación que deja normalmente la soledad, esa détresse de la que hablan los francófonos, no tenga una traducción fácil y directa en un país cuya verdadera marca, la apreciada por quienes lo conocen, es la alegría y voluntad de vivir. Un rasgo que, durante los años 60 o 70, los emigrantes españoles podían ver en franca decadencia en muchos lugares de Europa en los que la televisión había sustituido ya casi por completo a las charlas de vecindad. Eran países, o al menos espacios en esos países, en los que incluso podía parecer normal que algunos vecinos no se saludaran en la escalera o en el ascensor. Con esa realidad tenía que ver la pregunta que, a primeros de los años 80, se planteaba Cibanal al observar que algunas personas necesitaban llamar a un teléfono para poder hablar con otras. ¿Por qué las personas no se comunicaban entre ellas?, se preguntaba.
Y es que el avance o retroceso de la soledad tiene mucho que ver con la actitud de la sociedad. La primera vez en la que pensé que todo había empezado a cambiar en nuestro país es cuando una persona joven se sentó a mi lado en el tren y no me saludó. Es un comportamiento cada día más habitual pero que aún sorprende a quienes vivimos aquellos largos trayectos en los que los pasajeros no podían dejar de ofrecerse unos a otros parte de sus bocadillos o galletas. Un rasgo de incivilidad y atraso, dirán algunos.
Pero la modernidad no siempre trae el progreso. A veces viene de la mano de otros acompañantes, entre ellos la soledad. En ocasiones deseada, y orgullosamente reivindicada. Pero en otras no.
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