
Aunque las implicaciones del referéndum británico favorable al Brexit aún tardarán en conocerse, podemos señalar cinco aspectos de interés en relación a la derecha populista.
Su principal bandera ideológica es la oposición a la UE (de modo significativo, su símbolo es el de la libra), en torno a la cúal articula el resto de su discurso, notablemente su oposición a la inmigración.
Por otra parte, Cameron actuó presionado también por la división de su propio partido, al existir una notable fractura interna en las filas tories entre partidarios de la permanencia en la UE y adversarios declarados, liderando estos últimos el exlacalde londinense Boris Johnson.
Así pues, Cameron al convocar el plebiscito no actuó movido por intereses nacionales sino partidistas. Al hacerlo posiblemente no contempló el triunfo del Brexit. ¿La razón? Había negociado antes de la consulta un estatus "a la carta" para la continuidad de Gran Bretaña en la UE que -entre otros aspectos- contemplaba limitar los derechos sociales de los inmigrantes durante los cuatro primeros años de estancia en el país, lo que suponía acercarse a los temas de la derecha populista.
En este aspecto, un artículo de La Vanguardia, "Gran Bretaña se parte en dos" (25/VI/2016), de Rafael Ramos, analizaba el resultado del voto (el mapa reproducido procede del artículo). Su contenido mostraba que nos hallamos ante un voto de protesta generacional y que, en buena medida, confronta a perdedores y ganadores de la globalización.
Pero la radiografía del voto, sobre todo, refleja en buena medida el impacto de cinco grandes fracturas creadas por la globalización y que, según el politólogo Pascal Perrineau (La France au Front. Essai sur lavenir du Front National, 2014), nutren el voto de la derecha populista. La económica, que opone a beneficiarios y perdedores de la mundialización. La nacionalista, que opone a quienes desean ampliar la obertura internacional de la sociedad con sus detractores. La cultural, que confronta a partidarios de valores antiautoritarios y defensores de los tradicionales. La geográfica, que configura zonas desindustrializadas y marginadas de las insertas en una economía dinámica y global. Y la política, que opone a defensores de culturas de gobierno y a los desencantados con la política tradicional que apuestan por culturas antisistema.
En este aspecto, Ramos traza el siguiente retrato en su citado artículo sobre el voto favorable o contrario a la UE:
Los británicos se han rebelado precisamente contra el orden establecido, contra un mundo de deslocalizaciones, contratos basura, salario mínimo, flexibilidad laboral mal entendida y mileurismo, contra el poder de las grandes corporaciones, el paro crónico de los mayores de cincuenta años, el desaprovechamiento de los jóvenes, la falta de oportunidades, la imposibilidad de comprar un piso, el castigo a unos clases medias que han tenido que pagar el rescate de los bancos, la destrucción del Estado de bienestar.
No todos los británicos han votado así, en un país que ha quedado partido por la mitad, tanto a nivel geográfico como generacional y de clases. El Brexit ha sido el triunfo de una coalición de nacionalistas, de nostálgicos del imperio y un pasado que siempre fue mejor, de abuelas bucólicas que se resisten a usar internet, vicarios y coroneles retirados del campo, del inglés emprenyat [cabreado] y de las clases obreras de la Inglaterra post industrial, de ciudades como Peterborough, Wigan o Hartlepool con un paisaje apocalíptico como al estilo Blade Runner, con comercios y pubs cerrados a cal y canto, gente ociosa en las calles, grafitis en las paredes y colas ante las oficinas del paro. Son la Inglaterra (y el País de Gales) que se han caído del tren de la globalización, y votaron la ruptura de la UE por márgenes enormes, con una participación de más del 70 por ciento.
Frente a ese mundo, separadas por una enorme grieta, se encuentran las grandes metrópolis como Manchester, Newcastle, Leeds, Leicester, Bristol o Liverpool, y las ciudades universitarias como Oxford y Cambridge, con poblaciones más jóvenes y de mayor nivel educativo que saben navegar por las aguas de la modernidad. También Londres, por supuesto, como gran capital universal del multiculturalismo y capital de las finanzas. Y Escocia, con su propia agenda nacionalista, que votó por Europa pero sin una gran movilización, dividida entre el deseo de permanecer en la UE y el de castigar a Cameron y abrir las puertas a un nuevo referéndum de independencia.
Cartel del Frente Nacional exigiendo un refrendo sobre la UE en Francia.
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