
Fuente: Elaboración propia.
Los contactos no se distribuyen de forma homogénea entre la población. Vemos por ejemplo como la situación laboral de los contactos determina su capacidad para ser de ayuda: así un 51% de los contactos que trabajan ayudaron en algún momento, mientras que sólo un 39% de los que estaban en situación de desempleo lo hizo. Además, mientras los ejecutivos, propietarios y profesionales ayudaron en más de un 60% de los casos, estos números bajaron a menos del 40% en el caso de los trabajadores sin o con baja cualificación o los inactivos.
¿Quiere decir eso que unos son más generosos que los otros? Naturalmente, la explicación más consolidada no se basa en esquemas simplistas psicologizantes, sino en factores sociales muy claros. Los resultados cuadran con la idea, respaldada por sociólogos clásicos y contemporáneos, de que los contactos constituyen un bien preciado, un capital social por el que también se compite en el mercado de trabajo. ¿Y de donde proviene esta mercancía llamada capital social? Pues de la agregación de las redes personales de estos jóvenes, sus amigos, familiares, compañeros que comparten su trayectoria vital. En un contexto en el que más del 50% de los menores de 25 años no tienen trabajo, nos encontramos con otro eje de desigualdad, el del capital social. Además, un joven desempleado tiene muchas más probabilidades de contar con desempleados entre su familia, amigos y compañeros.
Un joven desempleado, al estar fuera del mercado de trabajo, pierde la posibilidad de movilizar unos contactos, los del entorno laboral, que como hemos visto constituyen un soporte valioso de los jóvenes españoles. Así, estos jóvenes se encuentran con la dificultad añadida de contar con una red empobrecida de contactos, y por lo tanto, con menos posibilidades de encontrar trabajo e insertarse en el mercado laboral. Dicho de otro modo, quién tienes en tu red importa, y mucho.
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