Miércoles, 29 de julio de 2026

Macron quiere escucharnos: ¿qué hemos aprendido de experiencias anteriores?

Joan Font Fàbregas Joan Font Fàbregas 19 de febrero de 2018
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Que alguien diga que nos va a escuchar nos gusta. Si lo hace usando palabras bonitas y en un marco con tanta carga simbólica para la democracia como es Atenas, esas palabras pueden sonarnos aún mejor.  Si esas palabras llegan en un contexto de escasez de nuevas ideas y de proyectos para dar voz a la gente en Europa, aún más fácil que las recibamos como agua de mayo.

Por ello, cuando el Presidente Macron lanzó hace poco la idea de realizar "convenciones democráticas" en los países de la UE para que la ciudadanía intervenga en la redefinición del proyecto europeo, a muchos les sonó bien la idea.  Algunos gobiernos, como el nuestro, no tardaron en aplaudir la iniciativa, a pesar de que no siempre se hayan mostrado entusiastas cuando escuchan la palabra participación. ¿Qué podemos decir sobre esta propuesta a partir de lo que hemos aprendido en procesos similares? En este artículo voy a defender dos tesis principales. La primera, que la idea es algo menos novedosa de lo que parece a primera vista. Segunda, que tenemos experiencia previa en procesos similares, que nos pueden ayudar a prever algunos de los probables logros y dificultades a las que se enfrentarían estas iniciativas.

La principal novedad de esta propuesta es la boca de la que sale: un Jefe de Estado de uno de los principales países europeos que, en general, siempre se habían mostrado poco entusiastas a que nadie que no fuera ellos mismos tuviera mucho que decir en el proceso de construcción  europea. No lo es tanto ni la idea ni la motivación. De hecho una de las frases que usaba Macron para explicar el contenido de la idea ("Tomorrow’s Europe") fue ya el nombre que tomó hace unos años una de las principales iniciativas participativas más ambiciosas desarrolladas nunca (una encuesta deliberativa a nivel europeo). La idea de promover grandes debates ciudadanos sobre el tema con diferentes formatos (aquí ) ya la había impulsado la Comisión Europea y exactamente por las mismas razones de fondo que ahora, la sensación que la ciudadanía estaba completamente desconectada de y poco presente en el debate sobre Europa.

Pero precisamente porque formatos similares al propuesto ya han sido utilizados es posible aventurar algunas ideas sobre hasta donde es posible llegar o sobre cuáles van a ser algunas de las dificultades probables.  Porque, efectivamente, si estos formatos habían sido más habituales en el nivel local pero más raros en territorios más amplios, los últimos años se ha producido un claro enriquecimiento del abanico de lo ensayado, con el desarrollo de Asambleas Ciudadanas, muy especialmente en los países anglo-sajones (aquí y aquí).

¿Qué hemos aprendido de todo ello? En primer lugar, que estos procesos son capaces de generar debates de enorme calidad entre la ciudadanía, congregando a un abanico amplio y diverso de personas y dando lugar a propuestas constructivas y sugerentes. Dicho de otro modo, con suficientes recursos y autonomía en manos de unos organizadores independientes y creíbles( y estas son condiciones imprescindibles para su buen funcionamiento), son herramientas que pueden funcionar. Muchos de los problemas habituales de la participación  (siempre participan los mismos, la gente no sabe lo que quiere y manifiesta preferencias absurdas o contradictorias), pueden superarse cuando se ponen encima de la mesa los recursos necesarios para poder dar voz a sectores poco habituales y para que los debates cuenten con la información y el tiempo necesarios para asimilarla.

Por el contrario, las mayores dificultades han tenido que ver con el marco temático que el grupo de participantes asume y con cómo asegurar que los resultados de estos espacios puedan llegar a incorporarse a la elaboración real de políticas. A la hora de definir los contenidos sobre los que van a debatir los participantes lo más importante es ser realista. Es decir, no podemos pedirles que entren en detalles, si la definición del problema es demasiado amplia. Ha habido procesos con resultados interesantes, cuando había un debate técnico complejo si los participantes han tenido mucho tiempo para trabajar y debatir. Como en las asambleas ciudadanas canadienses donde se trataba de proponer un nuevo sistema electoral o como cuando en un pequeño municipio catalán tuvieron que preparar los criterios con los que debería trabajar el equipo de urbanistas que redactaría el nuevo Plan General de Ordenación Urbanística. Sin embargo, los resultados fueron más frustrantes cuando no se supo acotar tema y se pidió a los participantes que en dos días debatieran sobre pensiones, competitividad, ampliación de la Unión Europea y el papel de la UE en el mundo.

Pero la dificultad mayor que han encontrado estos procesos ha sido la de terminar siendo influyentes. Y aquí aún no tenemos una respuesta clara a por qué esto es así. Es decir, a por qué unos pocos sí lo han logrado y la gran mayoría, no. Pero sí hay algo que parece claro: cuando tratamos de ser puristas y de dar exactamente la misma voz a todo el mundo en ese espacio ideal, cuando el poder está en la realidad terriblemente mal distribuido, la posibilidad de que el resultado sea un brindis al sol, precisamente porque no refleje suficientemente la voz de los más poderosos, es un escenario probable. Tratando de ser escrupulosamente democráticos nos olvidamos del poder de veto que tienen esos actores clave, en un caso los partidos políticos, en otro la principal asociación vecinal o las grandes corporaciones económicas. Cuando estos actores no tengan voz suficiente en el proceso, harán todo lo posible para que voces de los participantes no lleguen más allá de la conferencia de prensa con que se cierre el proceso. Una voz que la experiencia demuestra que se olvida con facilidad.

Joan Font Fàbregas
Joan Font Fàbregas
Investigador del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (CSIC)
Es doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universitat Autònoma de Barcelona (1993, Premio Extraordinario de Doctorado) y Master en Ciencia Política por la University of Michigan. Ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UAB, donde ejerció como vicedecano, director del programa de doctorado y como coordinador del área de participación ciudadana del IGOP. También ha sido director de investigación del CIS, investigador del IPP (CSIC) y ha dirigido proyectos de investigación aplicados sobre participación ciudadana en la toma de decisiones para diferentes Ayuntamientos y administraciones públicas, así como proyectos europeos del V y VI Programa Marco y del Plan Nacional. Es miembro de los Consejos Editoriales de las revistas Revista Española de Investigaciones Sociológicas y Revista de Metodología de Encuestas. Sus áreas de investigación se centran en la intervención de la ciudadanía en la política y las políticas públicas. Ha trabajado sobre distintos mecanismos de participación ciudadana organizada, como los referendos, elecciones, jurados ciudadanos y encuestas deliberativas. También ha realizado investigaciones sobre encuestas, opinión pública, asociaciones, capital social y participación política. Su interés principal en la actualidad se centra en cómo incorporar las preferencias de la ciudadanía en el proceso de toma de decisiones colectivas y las ventajas y problemas de cada uno de los procedimientos para hacerlo.
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