
En primer lugar, el gráfico 1 muestra para ambos géneros el riesgo de automatización. Concretamente, es del 48% para las mujeres, ligeramente superior (dos puntos) al de los hombres, una diferencia que, en todo caso, resulta inapreciable y no significativa. Estos resultados encajan con los encontrados para los Estados Unidos por Frey y Osborne (2017) para el conjunto de los trabajadores y, por género, es muy similar al encontrado por Aina Gallego en un post publicado precisamente en este medio (aquí).
Para comprobar si existen diferencias importantes que vengan enmascaradas por unas simples medias, en la tabla 1 se muestran las 10 ocupaciones con mayor riesgo de automatización, así como la presencia femenina en las mismas. Lo que podemos observar es que, en primer lugar, las tres ocupaciones con un mayor riesgo de automatización poseen una mayoría femenina entre sus ocupados, en especial oficinistas y ayudantes de preparación de alimentos. Sin embargo, esta mayoría no vuelve a repetirse en las siguientes siete ocupaciones, lo que matiza mucho una posible relación entre automatización y feminización ocupacional.
Respecto a los sectores productivos, en la tabla 2 se muestran por orden de mayor riesgo a menor y, de nuevo, la presencia femenina en cada uno de ellos. Destaca que, de nuevo, en los dos sectores con mayor riesgo de automatización (actividades financieras e inmobiliarias), la presencia de mujeres es, por muy poco, mayoritaria. Por el contrario, en los dos con menor riesgo, como son educación y sanidad, son los más "feminizados", si exceptuamos las actividades relacionadas con los hogares. Entre ambos sectores ocupan al 35% de las trabajadoras. No parece tampoco, pues, que a nivel sectorial haya un especial sesgo femenino en el riesgo de automatización.
Por último, a pesar de la relativa falta de sesgo de género negativo en el cambio tecnológico, debemos estar alerta respecto a otras posibles cuestiones no menos relevantes. Por ejemplo, como señala un trabajo de la OCDE, no debemos olvidar, desde otra perspectiva, que el futuro cambio tecnológico muy probablemente elevará las ofertas laborales, incrementado la tasa de participación femenina en el mercado de trabajo aunque (y ésta es la nota negativa) aumentando a su vez la amenaza de una precariedad secular en los nuevos empleos. Así, por ejemplo, el empleo en plataformas de servicios (gig economy) transformará las relaciones laborales fomentando empleos precarios en el corto plazo, lo que pudiera afectar más negativamente a las mujeres por ser estos empleos más habituales en este género. La flexibilización del mercado de trabajo puede tener el efecto beneficioso de facilitar a la mujer una incorporación más intensa al mercado de trabajo, aunque esta misma flexibilización puede elevar la precariedad del empleo, lo que puede terminar por afectar negativamente a la mujer.

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