"El Paraguay es una herida abierta". Con esas palabras, el escritor Rafael Barrett describió en
El dolor paraguayo al país hace más de un siglo. No hablaba de debilidad, sino de
una herida causada por el abuso de poder, la corrupción y la distancia entre el Estado y su pueblo.
Más de cien años después, Paraguay sigue enfrentando una pregunta que Barrett entendería perfectamente:
¿seguirá siendo un país de enorme potencial limitado por la debilidad de sus instituciones o consolidará finalmente una democracia plenamente funcional?
La Constitución Nacional de 1992 establece un principio fundamental: "
La República del Paraguay es para siempre libre e independiente". Esa independencia se refiere al ámbito territorial, como no puede ser de otra manera, pero también abarca el plano institucional. Es decir, supone la capacidad del Estado de actuar en función del interés público y no de intereses particulares.
Paraguay ha demostrado en distintos momentos que tiene la capacidad de avanzar en esa dirección. Personalmente, he tenido el privilegio de trabajar junto a paraguayos comprometidos con ese futuro. Como director adjunto de USAID Paraguay, dirigí la Iniciativa Zona Norte, en coordinación con el Ministerio del Interior, el Ministerio de Agricultura, el Ministerio de Salud y la Presidencia de la República, para fortalecer la presencia del Estado en regiones históricamente abandonadas.
También integré el consejo del Fondo de Conservación de la Selva Tropical, apoyando
la protección del Bosque Atlántico del Alto Paraná, uno de los ecosistemas más importantes de Sudamérica. Y colaboré con la Fundación Paraguaya en el desarrollo del Semáforo de Eliminación de la Pobreza, una innovación paraguaya que transformó la manera en que miles de familias entienden y enfrentan la pobreza.
Esas experiencias dejaron algo claro: Paraguay
no carece de talento, recursos ni patriotismo. El desafío ha sido
construir instituciones suficientemente sólidas, previsibles y confiables para sostener el desarrollo democrático y económico a largo plazo.
El escritor Augusto Roa Bastos advirtió alguna vez sobre los peligros de
una sociedad que termina normalizando formas de dominación y dependencia política. Hoy día, su advertencia sigue vigente.
La corrupción tiene una dimensión moral y
consecuencias concretas sobre la inversión, la confianza pública, la calidad de los servicios y la legitimidad democrática. También ayuda a explicar por qué Paraguay, pese a décadas de relativa estabilidad macroeconómica, no ha alcanzado todavía niveles más profundos de confianza institucional.
No es que el país esté condenado a repetir ese patrón.
La transición democrática de 1989 demostró que Paraguay es capaz de transformaciones históricas importantes. Al mismo tiempo, la Constitución de 1992 representó otro momento decisivo: un intento de construir reglas más fuertes que las personas y las coyunturas políticas.
"Paraguay, pese a décadas de relativa estabilidad macroeconómica, no ha alcanzado todavía niveles más profundos de confianza institucional"
Hoy Paraguay afronta
un punto de inflexión que marcará una tendencia en las próximas décadas. Este reto va más allá del crecimiento económico o la estabilidad política. Hablamos de consolidar plenamente el Estado de derecho,
fortalecer la independencia institucional y garantizar que la ley se aplique con la misma fuerza para todos.
Las democracias se fortalecen a través de elecciones y también mediante
instituciones capaces de generar confianza, limitar abusos de poder y sostener reglas claras en el tiempo. Paraguay tiene hoy una oportunidad importante. Cuenta con recursos, estabilidad relativa y una sociedad civil mucho más activa y consciente que en décadas anteriores.
¿Podrá traducir ese potencial en
instituciones suficientemente fuertes como para consolidar una democracia más transparente, moderna y plenamente confiable? Esa decisión, como siempre, pertenece a los propios paraguayos.