He tenido la oportunidad de asistir este fin de semana a la Conferencia de Seguridad de Múnich. Uno de los eventos anuales que marcan la agenda y toma la temperatura del momento geopolítico. Y creo que puedo decir que habrá un antes y un después de la conferencia de este año. Hemos dicho en Agenda Pública que la conferencia se había convertido en el templo de lo que podríamos llamar la "hipocresía constructiva". Los líderes mundiales acudían al hotel Bayerischer Hof para rendir pleitesía a un orden basado en reglas que, aunque no siempre cumplían, al menos decían respetar. Hoy esa máscara se ha roto.
De hecho, el Munich Security Report, ya se plantea que
vivimos en un momento de "política de la demolición" asumiendo el giro que están dando las relaciones entre Estados Unidos y Europa.
"¿Cuál es el punto débil de la Unión Europea y que Trump y Putin han identificado muy bien?"
¿Y cuál es el punto débil de la Unión Europea y que Trump y Putin han identificado muy bien? El politólogo Peter Trubowitz, junto al economista Brian Burgoon, en
Geopolitics and Democracy, sostienen que
las democracias occidentales atraviesan una "brecha de solvencia": prometen más de lo que pueden políticamente sostener en casa.
Durante décadas, el orden liberal logró equilibrar ambición exterior y cohesión interna. Hoy, ese equilibrio se ha roto. En su lugar emerge otra promesa, más sencilla y emocionalmente potente: eficacia sin fricción, orden sin ruido, decisión sin demora.
El auge de la "eficacia" sobre la democracia no deberíamos verlo solo como un simple desliz autoritario. Se trata de un concepto más complejo. Podemos verlo como una oferta política coherente con el tiempo que vivimos. En sociedades digitalizadas, saturadas de información y ansiedad, el desorden se percibe amplificado. Las redes sociales convierten cada incidente en una crisis permanente. Y la política deliberativa —lenta, negociada, plagada de compromisos— parece inadecuada frente a una sensación constante de urgencia. En ese contexto, el líder que promete "hacer que las cosas funcionen" encuentra terreno fértil.
La ecuación es tentadora: menos trabas, más resultados. Menos derechos procesales, más seguridad. Menos debate, más acción. No se trata de abolir la democracia de manera frontal, sino de reconfigurarla: concentrar poder en el ejecutivo, reducir contrapesos, gobernar por decreto, apelar directamente a "la voluntad del pueblo" sin intermediarios institucionales. El discurso no niega la legitimidad democrática; la redefine como eficiencia.
Hay precedentes históricos. Durante la Guerra Fría, el orden liberal se sostuvo en una narrativa existencial: frente al totalitarismo, la democracia ofrecía libertad y prosperidad. Pero también orden. El Estado de bienestar amortiguaba los choques del mercado; el crecimiento económico financiaba consensos amplios. Cuando ese pacto se erosionó —por la globalización, la desindustrialización, la desigualdad creciente— la promesa de prosperidad compartida perdió credibilidad. La política exterior siguió aspirando a moldear el mundo; la política doméstica dejó de moldear la inseguridad social.
"La política exterior siguió aspirando a moldear el mundo; la política doméstica dejó de moldear la inseguridad social"
La crisis financiera de 2008 fue un punto de inflexión. La pandemia consolidó la sensación de vulnerabilidad. La guerra en Europa devolvió el lenguaje de la amenaza. Cada episodio reforzó la idea de que el mundo es menos estable y más peligroso. Y cuando el entorno se percibe hostil, la tolerancia al pluralismo disminuye. La diversidad de opiniones se interpreta como división; la deliberación, como debilidad.
Y con la invasión rusa de Ucrania, una parte creciente de la ciudadanía europea percibe una disonancia inquietante: mientras los gobiernos multiplican compromisos exteriores —ayuda militar, sanciones, aumentos del gasto en defensa—, muchos hogares siguen atrapados en la inflación, la precariedad o el deterioro de los servicios públicos. No se trata necesariamente de una incompatibilidad presupuestaria real, sino de una brecha de prioridades percibidas. Cuando las élites justifican sus decisiones en nombre del orden internacional o la defensa de valores universales, pero el votante evalúa la política desde su poder adquisitivo y su seguridad cotidiana, emerge una sensación de desatención que alimenta el discurso de quienes prometen "primero los nuestros". En ese desfase entre la lógica estratégica y la experiencia doméstica se está jugando buena parte de la estabilidad política europea.
En paralelo, la tecnología ha transformado la relación entre gobernantes y gobernados. La política digital recompensa la claridad y la contundencia, no la ambigüedad propia del compromiso democrático. Un algoritmo no premia la negociación; premia la indignación. La viralidad favorece el mensaje simple: "Yo puedo arreglarlo". Frente a la complejidad de los problemas —cadenas de suministro, cambio climático, migraciones, inteligencia artificial—, la oferta de eficacia resulta psicológicamente reconfortante.
Pero la eficacia es un concepto resbaladizo. ¿Eficacia para qué y para quién? La concentración de poder puede acelerar decisiones, pero también reduce la capacidad de corregir errores. Los contrapesos institucionales —tribunales independientes, prensa libre, parlamentos activos— no son obstáculos caprichosos; son mecanismos de aprendizaje colectivo. Eliminarlos puede producir rapidez, pero no necesariamente mejores resultados.
La paradoja es que el intercambio de derechos por orden suele erosionar ambos. Sin transparencia ni rendición de cuentas, la corrupción encuentra terreno fértil. Sin libertad de expresión, los fallos se ocultan hasta que se vuelven sistémicos. Sin alternancia real, la política se convierte en administración cerrada de intereses. La promesa inicial de eficacia puede degenerar en arbitrariedad.
Aun así, sería un error desestimar la demanda que alimenta este giro. Muchos votantes no anhelan autoritarismo; anhelan previsibilidad. No buscan suprimir libertades; buscan seguridad económica, control migratorio, servicios públicos que funcionen. Cuando las democracias liberales no entregan resultados tangibles, el discurso de la eficacia gana credibilidad.
"Cuando las democracias liberales no entregan resultados tangibles, el discurso de la eficacia gana credibilidad"
La cuestión, por tanto, no es si la democracia debe ser eficaz. Debe serlo. La cuestión es cómo. El análisis de Trubowitz y Burgoon sugiere que el problema reside en la arquitectura del pacto social. Si amplios sectores sienten que el sistema no les protege frente a los riesgos de la globalización y la disrupción tecnológica, estarán más dispuestos a aceptar soluciones que concentren poder.
La competencia geopolítica añade otra capa. Frente a potencias que reivindican modelos de gobernanza más centralizados, las democracias sienten la presión de demostrar que pueden actuar con rapidez. El riesgo es adoptar, en nombre de la competencia, rasgos que socavan su ventaja comparativa: la capacidad de innovar, corregirse y generar legitimidad a través del consentimiento.
El dilema contemporáneo no es democracia o eficacia, sino qué tipo de eficacia es sostenible. La eficacia autoritaria puede ofrecer resultados inmediatos; la eficacia democrática requiere inversión paciente en instituciones. Supone reforzar la administración pública, modernizar servicios, proteger a los perdedores de la transformación económica y explicar con honestidad los límites de la acción gubernamental.
También implica aceptar que la democracia es ruidosa. El desacuerdo no es un fallo del sistema; es su esencia. En una era de hiperconectividad, ese ruido se amplifica, pero no desaparece suprimiéndolo. Se canaliza creando espacios donde el conflicto pueda resolverse sin violencia y con reglas claras.
El atractivo de "orden a cambio de derechos" se intensifica cuando los derechos se perciben como abstractos y el desorden como tangible. La tarea de los defensores de la democracia no es moralizar, sino demostrar que las libertades individuales y los contrapesos institucionales no son lujos de tiempos tranquilos, sino condiciones para una prosperidad duradera.
"El auge de la eficacia sobre la democracia es un síntoma, no la enfermedad"
En última instancia, el auge de la eficacia sobre la democracia es un síntoma, no la enfermedad. Señala una brecha entre expectativas ciudadanas y rendimiento institucional. Cerrarla exige algo más difícil que concentrar poder: reconstruir confianza. Y la confianza no se decreta. Se gana con resultados, sí, pero también con reglas que limiten a quienes gobiernan.
La historia ofrece una advertencia. Cuando las democracias sacrifican gradualmente sus garantías en nombre de la eficiencia, el retorno a la normalidad institucional es costoso. Las salvaguardias, una vez erosionadas, no se restauran con facilidad. El orden impuesto puede parecer estable; la legitimidad perdida es más difícil de recuperar.
La pregunta ahora no es si la eficacia importa. Importa profundamente. La pregunta es si estamos dispuestos a redefinirla de manera que fortalezca —y no sustituya— a la democracia. En un electorado digitalizado y temeroso, la tentación del intercambio es real. Pero la verdadera prueba de madurez política consiste en resistir la ilusión de soluciones simples para problemas complejos.