La Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC 2026), uno de los principales foros internacionales sobre geopolítica y seguridad global, es el encuentro que cada año congrega a jefes de Estado y de Gobierno, ministros de Exteriores y Defensa, responsables de seguridad y de servicios de inteligencia, líderes empresariales y expertos internacionales.
La cobertura de Agenda Pública comienza hoy con una pieza de análisis dedicada específicamente al Munich Security Report 2026, el informe anual que tradicionalmente marca el tono intelectual y político de la conferencia. El Munich Security Report 2026 es
un ejercicio de honestidad intelectual poco habitual en los grandes foros de política internacional. Bajo el título
Under Destruction, el informe va de frente y señala que el orden internacional liberal posterior a 1945 ha pasado de tambalearse a ser desmantelado. Y
la palanca la empuja el propio arquitecto histórico del sistema: Estados Unidos.
La elección del marco conceptual —wrecking-ball politics, literalmente, política de demolición— es una idea recurrente que sintetiza con precisión el escenario del presente. El informe sostiene que
hemos entrado en una fase en la que la destrucción desplaza a la reforma como método político legítimo, tanto dentro de los Estados como en el sistema internacional. La ambición ya no pasa por ajustar instituciones percibidas como ineficientes: el impulso dominante es tirarlas abajo, con la convicción de que cualquier cosa que aparezca después será preferible al
statu quo.
¿Cuál es la demolición de la que habla el Munich Security Report?
Una de las mayores virtudes del informe es que no caricaturiza este impulso destructivo. Al contrario, lo toma en serio. La "lujuria por la destrucción" (Zerstörungslust) descrita en el texto se apoya en un diagnóstico empírico sólido: a
mplias mayorías en las democracias avanzadas no creen que sus gobiernos estén mejorando el futuro, ni confían en que las instituciones existentes puedan reformarse para hacerlo.
"Más que anomalías, Trump, Milei o Musk aparecen como síntomas extremos de una lógica compartida: rapidez frente a deliberación, decisión frente a procedimiento, espectáculo frente a institucionalidad"
Aquí el análisis acierta al identificar el verdadero combustible del fenómeno: pesa menos la radicalización ideológica que el derrumbe de la credibilidad reformista. Cuando la política incremental deja de producir resultados visibles, la demolición se vuelve emocionalmente racional. La bola de demolición no promete eficiencia: promete ruptura. Más que anomalías, Trump, Milei o Musk aparecen como síntomas extremos de una lógica compartida: rapidez frente a deliberación, decisión frente a procedimiento, espectáculo frente a institucionalidad. El informe sugiere —con cierta melancolía liberal— que las democracias no han sabido defender el valor de la lentitud cuando esta era necesaria.
Estados Unidos: del garante al demoledor
El núcleo más inquietante del informe es su análisis del giro estadounidense. El cambio no consiste solo en que Washington se haya vuelto más unilateral o más transaccional —eso ya ocurrió antes—. Lo decisivo es que ha dejado atrás los tres pilares normativos del orden que creó: multilateralismo, apertura económica y promoción democrática.
El retrato de la segunda presidencia de Trump es el de un régimen personalista con capacidad sistémica, donde los impulsos del líder se convierten directamente en política exterior. La retirada de instituciones multilaterales, el desprecio abierto por el derecho internacional y la normalización de amenazas territoriales (Groenlandia, Panamá, Canadá) no encajan en el cajón de los errores tácticos: funcionan como señales de una nueva concepción del poder.
El informe es especialmente contundente al señalar el riesgo central: el problema deja de ser un mundo de doble rasero para convertirse en un mundo sin rasero alguno. Cuando el principal garante de las normas deja de fingir que las respeta, lo que queda es un vacío: la hipocresía deja de servir de máscara.
Europa: entre la autonomía y la negación
Europa aparece en el informe como el actor más incómodo del nuevo escenario: demasiado dependiente para ser soberana, demasiado rica para ser irrelevante, demasiado dividida para liderar.
"La amenaza va más allá de lo militar —Rusia— y alcanza lo conceptual: una relación transatlántica que ya no se apoya en valores compartidos"
El documento describe con precisión la esquizofrenia estratégica europea: por un lado, se acelera el gasto en defensa y se habla de "autonomía estratégica"; por otro, se sigue actuando como si el paréntesis trumpista fuera reversible. La amenaza va más allá de lo militar —Rusia— y alcanza lo conceptual: una relación transatlántica que ya no se apoya en valores compartidos, sino en cálculos condicionales.
Quizá la frase más devastadora venga de Berlín y no de Washington: el "Occidente" como mero concepto geográfico sin vínculo normativo. Cuando eso ocurre, Europa pierde su principal activo histórico: la idea de que el poder puede estar encuadrado por reglas.
¿Destrucción creativa o creatividad destructiva?
El informe se concede un momento de duda honesta: ¿y si la sacudida de Trump estuviera desbloqueando reformas largamente postergadas? El aumento del gasto en defensa de la OTAN o algunos avances diplomáticos parecen sugerirlo.
Pero la respuesta final es escéptica —y con razón—. La destrucción ha generado movimiento, pero no brújula. Los conflictos no se resuelven, se congelan. Las normas no se reemplazan, se dejan caer. Y los beneficiarios rara vez son las clases medias desencantadas que votaron contra el sistema: quienes mejor capitalizan el vacío son los actores con mayor capacidad de coerción económica, militar o tecnológica.
El informe es particularmente sombrío al conectar este proceso con tendencias estructurales de desigualdad global. De este modo, se da a entender que, en un mundo sin reglas, el poder no se redistribuye sino que se concentra.
Un orden después del orden
Donde el Munich Security Report es más sugerente —y más inquietante— es en
su descripción del orden emergente. No se casa con una sola etiqueta, pero perfila un híbrido peligroso:
esferas de influencia, acuerdos ad hoc y redes de intereses privados. Un mundo más feudal que westfaliano; más personalista que institucional.
"Los defensores del orden basado en reglas deben invertir más, coordinarse mejor y, sobre todo, demostrar que la reforma aún es posible"
Ucrania y Venezuela aparecen como laboratorios tempranos de esta lógica: soberanía negociable, recursos como moneda de cambio, legalidad sustituida por trato directo entre líderes. La paz deja de ser un producto del derecho y pasa a ser un subproducto del poder.
La pregunta que define el momento geopolítico
El informe termina con una advertencia implícita más que con una solución: contener la destrucción requiere poder, no solo principios. Los defensores del orden basado en reglas deben invertir más, coordinarse mejor y, sobre todo, demostrar que la reforma aún es posible.
La pregunta que sobrevuela todo el documento es brutalmente simple: ¿pueden las democracias volver a convencer a sus ciudadanos de que arreglar la casa es mejor que incendiarla?
El Munich Security Report 2026 no ofrece una respuesta tranquilizadora. No obstante, sí algo cada vez más escaso: claridad. Y en un mundo que se acostumbra a la demolición, eso ya es una forma de resistencia.