Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

Tras la victoria de Trump: ¿por qué han perdido los demócratas?

El Partido Demócrata se ve sumido en una profunda confusión tras la aplastante victoria de Donald Trump, quien, finalmente, ha ganado todos los 'swing states' y ha conquistado el voto popular; dejando a los demócratas sin nadie a quien culpar salvo a sí mismos. Pedro Soriano, achaca los resultados a cuatro factores: la impopularidad de Biden, la economía, la inmigración y el escoramiento del partido hacia la izquierda identitaria.

Pedro Soriano Mendiara Pedro Soriano Mendiara 11 de noviembre de 2024
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Kamala Harris durante el último acto de campaña previo a las elecciones del pasado 5 de noviembre. | Brent Gudenschwager / Zuma Press / ContactoPhoto
Kamala Harris durante el último acto de campaña previo a las elecciones del pasado 5 de noviembre. | Brent Gudenschwager / Zuma Press / ContactoPhoto
La respuesta a la pregunta que abre este artículo es peligrosamente sencilla: ¿por qué el presidente saliente era impopular? El único axioma que permanece incólume tras estas elecciones, más allá de la falibilidad de las encuestas y de los pronosticadores, es ese: si el presidente del partido en el poder ha perdido el favor de sus votantes, no hay nada que ese partido pueda hacer para ganar las elecciones.

"Harris, sustituida in extremis tras un debate catastrófico que hizo patente ante los votantes que Biden no estaba en condiciones de gobernar cuatro años más, no pudo superar la impopularidad de su presidente: perdió"
Lyndon Johnson era un presidente impopular cuando su vicepresidente Hubert Humphrey se presentó a las elecciones para sustituirle: perdió. John McCain, que durante años había sido el principal rival tácito de George W. Bush en el Partido Republicano, se presentó en 2008 como revulsivo ante su impopularidad: perdió. Harris, sustituida in extremis tras un debate catastrófico que hizo patente ante los votantes que Biden no estaba en condiciones de gobernar cuatro años más, no pudo superar la impopularidad de su presidente: perdió.

Dicho lo cual, que el presidente saliente sea popular tampoco asegura la victoria. Aunque George Bush padre consiguió aprovechar los excelentes números de aprobación de Ronald Reagan en 1988, ni Al Gore ni Hillary Clinton consiguieron usar el impulso de sus predecesores para ganar —aunque, para ser justos, ambos ganaron en el voto popular, aunque no les bastara para hacerlo en el Colegio Electoral—.

Pero la pregunta subyacente y real, por supuesto, es otra: ¿por qué era Joe Biden impopular? Las explicaciones en ese sentido van desde lo macro a lo micro.

En lo que respecta a la economía —la variable fundamental para decidir las elecciones— Sean Trende, uno de los analistas conservadores más finos de Estados Unidos, dejó claro ya en diciembre de 2023 que la inflación que había afectado a la economía estadounidense durante la primera mitad de la presidencia Biden iba a tener un efecto corrosivo durante el resto de su mandato. El desempleo tiene un efecto limitado, y concentrado en las personas que lo sufren; la inflación, por el contrario, afecta a todos los niveles de ingresos, y sus efectos tardan mucho más en desvanecerse en la conciencia colectiva. Estados Unidos llevaba décadas sin afrontar una inflación del 9%, y los votantes han hecho pagar al presidente bajo el que se ha producido ese fenómeno, como se lo hicieron pagar en su día a Jimmy Carter.


"Resulta patente que los demócratas han fracasado por completo a la hora de convencer a la opinión pública sobre la validez de una postura aperturista [respecto a la inmigración]"
El segundo tema "macro" es el debate sobre la inmigración, en el que resulta patente que los demócratas han fracasado por completo a la hora de convencer a la opinión pública sobre la validez de una postura aperturista. Esta encuesta de Gallup muestra cómo, durante los últimos 15 años, la evolución de las preferencias de los estadounidenses en relación con la inmigración, aunque siempre más favorables a una conducta restrictiva, mostraban una tendencia a una visión más tolerante sobre los niveles de inmigración aceptable, postura que alcanzó su cenit precisamente durante la primera presidencia Trump. En cambio, durante la presidencia Biden, la impresión de que la frontera sur de Estados Unidos se había convertido en un queso de gruyere ha provocado un ascenso espectacular de las posturas duras.
 

En ese contexto, el mensaje despiadado de Trump ha calado entre los votantes decisivos en estas elecciones, que, paradójicamente, han sido aproximadamente cuatro millones de hispanos que han cambiado su voto de Biden a Trump, creyendo —ya veremos si con acierto o no— que la ola de deportaciones prometida por el antiguo y futuro presidente no les va a afectar a ellos o a sus seres queridos.

"Estados Unidos es un país de centroderecha, y el discurso oficial demócrata, excesivamente centrado en cuestiones de identidad racial y de género, molesta a los votantes decisivos"
Una tercera consideración, ya de menor importancia, pero todavía relevante, es que el Partido Demócrata tiene que hacer una reflexión importante sobre el control que su ala izquierda tiene sobre la imagen pública que proyecta para todo el partido. Estados Unidos es un país de centroderecha, y el discurso oficial demócrata, excesivamente centrado en cuestiones de identidad racial y de género, molesta a los votantes decisivos (esos mismos votantes hispanos que se han mudado hacia Trump son, en su mayoría, personas socialmente conservadoras o moderadas a las que los medios como la Fox llevan años bombardeándoles con noticias sobre atletas transgénero que ganan injustamente competiciones femeninas, el uso de pronombres neutros para no ofender a ciertos segmentos de la población, etc.). 


Durante la campaña electoral de 1992, Bill Clinton aprovechó un discurso para atacar a una rapera negra, llamada Sister Souljah, que había escrito canciones y abogado en entrevistas por "matar a gente blanca", diciendo que, si uno cambiaba las palabras "blanco" por "negro" en las letras de esta, el discurso podría haberlo firmado David Duke, un líder del KKK. Los candidatos demócratas a las próximas presidenciales, suponiendo que las haya, harán bien en tener en cuenta la necesidad de separarse de su ala izquierda, encontrando algún tema en el que esta defienda posturas generalmente impopulares, para demostrar que van a gobernar desde el centro.

Dicho lo cual, también hay un límite para lo que los demócratas pueden hacer en el futuro: si dentro de cuatro años la economía estadounidense va como un tiro, el sucesor de Donald Trump usará la popularidad del octogenario presidente saliente para impulsarse hacia la presidencia, y si, por el contrario, hay una recesión, 180 grados de separación con respecto al magnate neoyorquino no serán suficientes para lograr una victoria republicana.

"Harris no es la culpable de la derrota demócrata, sino solo el chivo expiatorio que usarán algunos para no afrontar los verdaderos problemas de los demócratas"
La realidad es que, desde hace muchos ciclos electorales ya, sabemos que hay aproximadamente un 46-47% de norteamericanos que votarán por el candidato de su partido, sea cual sea este. Además, las elecciones se deciden por el viraje de un pequeño segmento de la población, apenas un cinco o un 6%, muy poco ideologizados, a los que les preocupan sus condiciones económicas, en primer lugar, aderezadas quizá con algunas molestias de naturaleza sociocultural.

En ese contexto, la elección del candidato tiene una importancia menor. Harris no es la culpable de la derrota demócrata, sino solo el chivo expiatorio que usarán algunos para no afrontar los verdaderos problemas de los demócratas.
Pedro Soriano Mendiara
Pedro Soriano Mendiara
Abogado procesalista civil y penal. Socio en la oficina de Barcelona del despacho Ramón y Cajal.
Licenciado en Derecho y Máster por Esade (España). Autor (intermitente) del blog 'La batalla por la Casa Blanca', dedicado mayoritariamente a la política norteamericana desde 2008.
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