España debate siempre calurosamente sobre Venezuela. Hay razones más que suficientes para que sea un elemento presente en nuestro imaginario y debates sobre política exterior. Pero, de hecho, hoy es incluso más que eso: fácilmente se convierte en un arma arrojadiza y traspasa la frontera entre la política exterior y la política nacional. Como si de Miami se tratase, la Madrid diversa y destino de capital Latinoamericano, parece, en ocasiones, tratar el futuro de Caracas como un asunto interno.
"Las esperanzas de una Venezuela que viva una transición democrática vuelven a estar en juego"
La que un día fue una de las economías más potentes de la región, con una sociedad vibrante y enmarcada en un bellísimo contexto natural y una posición geoestratégica privilegiada, hoy alberga una profunda crisis política, social y humanitaria, y ha vivido uno de los mayores éxodos masivos de las últimas décadas.
Tras largos años de crisis y tras una paulatina erosión deliberada de su democracia, combinada con la patrimonialización del país y el Estado por parte de sus dirigentes,
las esperanzas de una Venezuela que viva una transición democrática vuelven a estar en juego.
El desencadenante han sido las elecciones presidenciales del pasado 28 de julio. Unas elecciones que, tras los acuerdos de Barbados entre gobierno y oposición, permitieron una ventana de oportunidad a la competencia electoral.
Una competición electoral que se produjo sin igualdad de condiciones y tras importantes inhabilitaciones, y acabó con el anuncio de un resultado electoral con una falta total de transparencia en el escrutinio y, en consecuencia, carente de credibilidad y legitimidad. El secuestro de las actas por parte de las autoridades venezolanas, y por consiguiente de un resultado completo y verificable, ha sido denunciado por una gran mayoría de la comunidad internacional y gobiernos de todo signo político.
"El secuestro de las actas por parte de las autoridades venezolanas, y por consiguiente de un resultado completo y verificable, ha sido denunciado por una gran mayoría de la comunidad internacional y gobiernos de todo signo político"
A todo ello,
ha seguido una ola de represión sistemática de la oposición, líderes políticos y conjunto de la sociedad civil que merece la más absoluta repulsa. Especialmente vergonzante ha sido la persecución al candidato presidencial Edmundo González, que, pese a su avanzada edad, dio finalmente el paso de liderar la oposición unitaria, incluso a riesgo de asumir un elevado coste personal.
Ante la fabricada e infundada orden de detención,
cabe elogiar, cómo él mismo ha hecho,
la decisión del Gobierno de España de acogerle (a petición suya) con vistas a otorgarle asilo político, que permite proteger la figura del liderazgo electoral de la oposición y mantener una perspectiva viable de resolución de la crisis y respeto a la voluntad del pueblo venezolano.
La unidad mostrada por parte de los 27 Estados Miembros de la Unión Europea, y facilitada por el trabajo realizado por el Alto Representante Josep Borrell, es el camino si Europa quiere tener una posición útil, constructiva e influyente en esta crisis. Para ello, es imprescindible la coordinación con las potencias de la región que mantienen canales abiertos con gobierno y oposición para encontrar soluciones pacíficas y democráticas a la grave crisis, y muy especialmente, Brasil y Colombia.
"La unidad del Consejo de Asunto Exteriores de la Unión Europea ha contrastado con los recientes debates en el Parlamento Europeo, con una posición sobre Venezuela que incluía un apresurado y simbólico reconocimiento de Edmundo González como presidente electo"
La unidad del Consejo de Asunto Exteriores de la Unión Europea ha contrastado con los recientes debates en el Parlamento Europeo, con una posición sobre Venezuela que incluía un apresurado y simbólico reconocimiento de Edmundo González como presidente electo de Venezuela con 309 votos (de 720 de la cámara) pertenecientes al Partido Popular Europeo y la extrema derecha. Un debate y votación que se produjo con parámetros muy similares a lo transcurrido en el Congreso de los Diputados de España pocos días antes.
La voluntad del Parlamento Europeo siempre ha sido la de construir amplias mayorías y consensos ante los debates y posiciones de nuestra política exterior. Amplias mayorías entorno a las familias políticas pro-europeas que permitan actuar a la UE como un verdadero actor global cohesionado.
La ruptura en el primer plenario ordinario de la legislatura del cordón sanitario frente al recién formado grupo parlamentario de Orbán y Le Pen y la división de la mayoría que acaba de poner en marcha la segunda presidencia de Von der Leyen es un hecho grave e insólito.
En esta ocasión, socialdemócratas, liberales, verdes y la izquierda (que juntos suman 312 diputados), coincidían, por diversas razones, en no realizar un reconocimiento de González como presidente electo de Venezuela. Nosotros, los socialdemócratas, votamos en contra por las siguientes razones:
En
primer lugar, por coherencia,
porque ninguna otra institución europea ni ningún gobierno de ningún Estado Miembro, y los hay gobernados por casi todas las familias políticas, lo ha realizado. De hecho, el Partido Popular Europeo tiene actualmente una docena de presidentes y primeros ministros en la UE, tampoco ninguno de ellos ha realizado tal reconocimiento. También porque en toda la comunidad internacional, apenas un puñado de países han reconocido formalmente la victoria de Edmundo.
En
segundo lugar, por legitimidad, ya que por mucho que los datos conocidos y los indicadores coincidan en apuntar hacia una abultada victoria de la oposición,
el reconocimiento no es una opinión política, es una acción institucional, y una decisión de este calibre no debería tomarse sin disponer del conjunto de datos oficiales del cuerpo electoral válido.
Y, en
tercer lugar, por utilidad, porque consideramos que
esa decisión no ayudará a la noble causa de la defensa de la democracia en Venezuela, ni facilitará el diálogo para encontrar una salida pacífica e inclusiva a la grave crisis que vive el país. Es más, disponemos de recientes precedentes de estrategias de reconocimiento en el pasado, con Juan Guaidó, que demostraron su inoperatividad. Y tuvieron un impacto negativo en la articulación de las relaciones birregionales Europa–América Latina.
"Disponemos de recientes precedentes de estrategias de reconocimiento en el pasado, con Juan Guaidó, que demostraron su inoperatividad"
A pesar de estos argumentos, e incluso con la permanente habilidad del Parlamento Europeo de encontrar imaginativos acuerdos y transacciones,
el Partido Popular Europeo decidió aliarse con la extrema derecha de los grupos de Meloni y Orbán y buscar el apoyo de la extrema derecha alemana para fijar la posición de la institución sobre Venezuela. Supongo que no es casual el predominante papel de la delegación española en el Grupo Popular en estos debates.
Esto tiene profundas implicaciones. Los populares rompen el cordón sanitario del que habían participado con el resto de las fuerzas europeístas y democráticas apenas dos meses atrás para investir a la presidenta Von der Leyen, o para escoger a los representantes institucionales en los órganos del Parlamento Europeo. Firman junto a ellos una iniciativa parlamentaria y muestran la latente tentación de algunos de los suyos de conformar mayorías con la derecha radical en el ámbito europeo. Preludio de la complejidad y la fragilidad de los actuales equilibrios políticos europeos.
"Es contraproducente para los intereses del pueblo venezolano que el Parlamento Europeo fije sus posiciones con mayorías divisivas, condicionadas por la extrema derecha y convertidas en ariete en las dinámicas políticas nacionales"
Por otra parte, por lo que hace a Venezuela, es contraproducente para los intereses del pueblo venezolano que el Parlamento Europeo fije sus posiciones con mayorías divisivas, condicionadas por la extrema derecha y convertidas en ariete en las dinámicas políticas nacionales. Aunque la oposición celebrase el resultado de la votación, se trata de un regalo envenenado.
Al mismo tiempo,
en política internacional, elevar la voz, tal y como se ha hecho con esta resolución, suele ser una muestra de impotencia, no de fortaleza. En el campo de la política exterior, suele ser más importante e influyente aquello que no se ve, que lo que se ve. La permanente gesticulación impostada acaba sólo engordando la frustración. Debiera ser momento de unidad e inteligencia política para defender la noble causa de la democracia en Venezuela. Probablemente sólo así, se podrá encauzar una solución pacífica y democrática a la larga y profunda crisis que vive el país.