Sábado, 5 de septiembre de 2026
ANÁLISIS

Señores de los nuevos feudalismos

La dependencia creciente de gigantes tecnológicos y corporativos está erosionando la democracia, generando una regresión en el poder ciudadano y un nuevo desorden global. Corremos el riesgo de entrar en una era de Señores tecnofeudales, que controlarán sectores clave de la economía, la seguridad y las relaciones internacionales.

Andrés Ortega Andrés Ortega 6 de septiembre de 2024
Añadir AgendaPública en Google
Alexandre Debiève / Unsplash
Alexandre Debiève / Unsplash
¿Estamos cayendo, hemos caído, en un nuevo feudalismo, como fenómeno general, o en neofeudalismos por sectores? En ambos casos significaría una regresión en términos de poder y de control de los ciudadanos, en beneficio de algunas grandes, enormes, empresas, o de algunos países. Una regresión de democracia, claro. Y un mayor desorden como el que vivimos el pasado viernes de la mano involuntaria de uno de los nuevos señores tecnofeudales. De ser así, cabe verlo en al menos tres dimensiones: la socioeconómica, la de seguridad, y la internacional.

Simplificando, el feudalismo —que se ha dado históricamente en diversas civilizaciones, en Europa y en Asia, y ha pasado por diversas fases— significa que un Señor, dispone de unas tierras y unas capacidades (al que un Señor superior, el Rey o el Emperador se las ha otorgado o que las ha tomado por su cuenta). A cambio de una parte de su producción y de garantizarles seguridad con sus soldados, deja explotarlas a unos siervos. El Señor feudal puede consumir o revender esos productos. También mantiene unas relaciones con sus vasallos que contribuyen a su fuerza militar y a otras capacidades y obligaciones.

Umberto Eco a principios de los 70 ya habló del amanecer de una "Nueva Edad Media". Se basaba esencialmente en las tesis del sociólogo Roberto Vacca. Éste había publicado un tiempo antes un libro que partía de una catástrofe provocada por la coincidencia de un inmenso atasco en las autopistas y la paralización del tráfico ferroviario, que impide los relevos en los controladores aéreos, lo que lleva a que una serie de aviones se estrellen contra centrales eléctricas. Se genera un caos y la paralización del sistema político que se fragmenta. No resulta descabellado. El pasado viernes 19 de julio, ya en plena era de las Tecnologías de la Información, se paralizaron aeropuertos, bancos, cadenas de televisión, hospitales y otras empresas en una gran parte del mundo cuando una actualización del software antivirus de la empresa de ciberseguridad CrowdStrike, una de las más fiables, interrumpió inadvertidamente sistemas informáticos Windows de Microsoft, lo más comunes, en el planeta. Es decir, fallo de uno de los nuevos señores tecnofeudales. "Los grandes sistemas típicos de la era tecnológica son demasiado vastos y complejos para ser coordinados por una autoridad central y también para ser controlados individualmente por un aparato directivo eficiente, y están condenados al colapso y, por interacciones recíprocas, a producir un retroceso de toda la civilización industrial", había señalado Eco cinco décadas atrás. Y de ahí nacía un nuevo sistema feudal. 

No es que haya ocurrido algo así, ni mucho menos, pero han existido avisos. Prever el futuro siempre es complejo, por no decir imposible, aunque una labor necesaria. Pero la idea de un nuevo feudalismo, o nuevos feudalismos en plural, ha cobrado nueva vida, y resulta útil para entender este momento histórico que nos toca vivir. En términos socioeconómicos, viene de la mano de unas gigantescas empresas tecnológicas. Yanis Varoufakis, en un interesante libro con ese título, habla de "tecnofeudalismo". Es decir, de cómo las personas (los neosiervos, más usuarios que ciudadanos), las empresas que fabrican cosas, ya sean físicas o inmateriales (los neovasallos), incluso los gobiernos (véase, por ejemplo, la aportación de internet a los ucranianos gracias al sistema Starlink satelital privado de Elon Musk), dependen de unos pocos enormes conglomerados que venden objetos y servicios, y, sobre todo, datos para publicidad u otros fines: Google, Amazon, Apple, Microsoft, Meta, y otras parecidas en China. Estos son los que ya en 2004, el filósofo-matemático Javier Echevarría llamó los "Señores del aire". Anu Bradford habla de los "imperios digitales".

"Los mercados se ven reemplazados por plataformas digitales que son auténticos feudos de las big tech; la búsqueda del beneficio es sustituida por la pura extracción de rentas"


No es la primera vez que grandes empresas dominan un panorama general. Se puede citar cómo la Compañía de las Indias Orientales, fundada en 1599, se hizo con el subcontinente indio, tanto que, tras la masiva rebelión popular del año anterior, el Estado británico se sintió en 1858 obligado a asumir el control de ese enorme y rico territorio, rebautizado el Raj, y hacerlo parte, de hecho "la joya", del imperio británico. Por no hablar, por ejemplo, del papel de las grandes empresas estadounidenses en América Latina y otros lugares, o de las grandes de la telefonía, la electricidad o el petróleo.

Frente al feudalismo precapitalista, ahora estaríamos en uno poscapitalista, según Varoufakis. En él, los mercados se ven reemplazados por plataformas digitales que son auténticos feudos de las big tech; la búsqueda del beneficio es sustituida por la pura extracción de rentas. Los nuevos señores feudales son los propietarios de lo que llama capital de la nube, y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el Medioevo. 

"Para recuperar control, ¿habrá que trocear estas enormes empresas, estos gigantescos oligopolios que además controlan el futuro a través de sus formidables inversiones en Inteligencia Artificial y otras tecnologías"
 

Claro que, por encima de ellos, como no ignora el economista griego, hay, en el caso de EE. UU. (y de Europa) tres fondos —Blackrock, Vanguard y State Street— "con un poder superior al del capital de inversión y el de todos los capitalistas terrestres juntos", que controlan un 90% de las acciones de muchas de las empresas mencionadas, que cotizan en la bolsa de Nueva York. ¿Los nuevos reyes? Sobre todo, cuando la prioridad no es tanto la búsqueda inmediata de beneficios, sino aumentar el valor de las acciones. No siempre van juntos. Para recuperar control, ¿habrá que trocear estas enormes empresas, estos gigantescos oligopolios que además controlan el futuro a través de sus formidables inversiones en Inteligencia Artificial y otras tecnologías? No es tan fácil como cuando se hizo en EE. UU. con las petroleras, las eléctricas o las telefónicas. Esta situación genera aún mayor desigualdad. Quizás, la evolución de la tecnología cambie las cosas, por ejemplo, con el nuevo cambio en curso con la IA generativa, aunque en ella estén plenamente implicados algunos de estos señores tecnofeudales, si bien también otros nuevos.

Evgeny Morozov, sin embargo, no comparte este enfoque neofeudalista, porque cree que estamos en el capitalismo puro y duro: "Los pecados de los gigantes digitales actuales", considera, "forman parte de la dinámica capitalista, no se apartan de ella." 

En cuanto a la seguridad, ya hemos mencionado el caso de la dependencia ucraniana en los servicios de Musk, sin los cuales Kiev no podría seguir con la guerra contra Rusia. Hay más. Desde hace unos lustros han crecido sobremanera los servicios privados de seguridad, como previera Vacca. Por citar el ejemplo de España, en este país (datos de 2022) el número de vigilantes de seguridad activos asciende a 142.098 profesionales, es decir, casi tanto como el de efectivos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Son las nuevas mesnadas, a las que acuden a menudo dependencias oficiales para su propia protección. En el escenario de Vacca de descenso hacia un caos neofeudal serían las mayores empresas las que dispondrían de esta seguridad privada.

Finalmente, está la dimensión internacional. El feudalismo vivió mucho desorden, especialmente entre y dentro de zonas contiguas, imperios en diversos casos. ¿Vamos a un desorden global en este neofeudalismo? En términos globales, hay una caída en un desorden. 

El analista Parag Khanna habla de la entropía venidera en nuestro orden mundial, que no facilita la conciliación de un orden cada vez más fracturado con una realidad cada vez más planetaria. Robert Kaplan escribió hace lustros sobre la "anarquía que viene". Pues bien, ya ha venido, aunque hay muchas cosas del orden mundial que funcionan. Por eso vuelan decenas de miles de aviones a la vez, navegan cargueros, internet es uno (aunque con algunos cortafuegos nacionales, a comenzar por el chino), etc. Khanna considera que "la descripción más exacta del mundo actual es la de alta entropía, en el que la energía se disipa rápida e incluso caóticamente a través del sistema global". En física, la entropía se plasma en la Segunda Ley de la Termodinámica (o como resumía Woody Allen de forma concisa en una de sus películas, "tarde o temprano, todo se convierte en mierda"). 

"Si no se logra algún tipo de nuevo orden mundial y se deriva hacia ese neofeudalismo global, cabe prever que resurgirán imperios, públicos y privados, que aporten orden y seguridad a sus súbditos, sean personas, empresas o Estados"


¿Avanzamos, como apunta Khanna, hacia una realidad de "sistemas regionales, esferas de influencia superpuestas y potencias ascendentes dispuestas a decir sí o no según les convenga"? Seguramente. Más aún cuando "el mundo ha pasado de un supuesto monopolio a un mercado activo en el que cualquiera puede ofrecer su oferta para satisfacer la demanda de otro". Un mundo nada westfaliano, que la Administración estadounidense describió una década atrás como "un mundo de cadenas de suministro" (supply chains world). No cabe, sin embargo, ignorar que, además de los nuevos Señores, el Estado está de vuelta y pesa más.

Si no se logra algún tipo de nuevo orden mundial y se deriva hacia ese neofeudalismo global, cabe prever que resurgirán imperios, públicos y privados, que aporten orden y seguridad a sus súbditos, sean personas, empresas o Estados, frente al hobbesiano todos contra todos. Sin olvidar el vasallaje de Europa ante EE. UU. en términos de seguridad, tecnología, cada vez más en energía, y otras dimensiones, del que la UE intenta, pero no consigue, liberarse. U otras dependencias en otras zonas del mundo.

En el mundo de los tiempos feudales, en términos económicos y de desarrollo tecnológico, los países que más pesaban eran China e India. Los califatos árabes, también. Y Europa ¿qué fue? ¿Regreso al pasado? No, pero similitudes, haylas. Es necesario anticiparse, prepararse y precaverse ante ellas.

El futuro, nuestra visión del futuro, es la que determina nuestra visión del pasado (tanto o más que al revés). El futuro pesca en el pasado. Es lo que hace que entendamos mejor unos pasados que otros. Quizás este renacer de visiones feudales se deba a esta percepción del porvenir, o del inexistente, por instantáneo pero no por ello menos complejo, presente. 
Andrés Ortega
Andrés Ortega
Analista, escritor y periodista
Escritor galardonado con el Premio Jovellanos de Ensayo (2025) por 'Soledad sin solitud', y autor de la novela de anticipación 'Sé agua' (2025). Es experto en diversos campos y cuenta con experiencias como corresponsal internacional, editorialista y columnista, asesor gubernamental e investigador del Real Instituto Elcano.
Etiquetas
Política digital
Participación