Miércoles, 19 de agosto de 2026
CONVERSACIONES

"Nuestra generación tiene un sentido de la responsabilidad mayor para conectar con los ciudadanos, pero no pensamos con tanta serenidad"

Adrián Vázquez (PP) y Laura Ballarín (PSC), ambos nacidos en democracia, representan visiones ideológicas opuestas pero con una meta común: reforzar el papel de España en el escenario europeo. Desde el Hotel Villamagna, en Madrid, y moderados por Elsa Arnaiz, presidenta de Talento para el Futuro, reflexionan sobre sus trayectorias, sus puntos de encuentro y las prioridades de la próxima legislatura en una UE que encara desafíos cruciales.

Agenda Pública Agenda Pública 26 de mayo de 2024
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Son dos millennials llamados a seguir construyendo el futuro político de la Unión Europea (UE) tras las elecciones del próximo 9 de junio al Europarlamento. Dos políticos españoles con distintas ideologías y de una misma generación nacida en democracia: Adrián Vázquez (1982) y Laura Ballarín (1984) mantendrán su escaño por una segunda legislatura y durante los próximos cinco años. Él ahora forma parte del Partido Popular (PP) y ella, del Partit del Socialistes de Catalunya (PSC). Representan visiones antagónicas, divergentes o complementarias del mundo, pero comparten una misma ambición: que España juegue un papel relevante a nivel internacional dentro de la Unión Europea. Les hemos citado en el Hotel Villamagna, a pocos metros de la Oficina del Parlamento Europeo en España. 

Sus trayectorias confluyeron hace casi una década cuando los dos llegaron al Parlamento Europeo como asesores. Vázquez, abogado, fue consultor privado en el equipo de Ana Palacio, pero pronto trabajó en instituciones internacionales como la OTAN o la OSCE y coordinó la llegada de Ciudadanos a la familia de los liberales europeos. Mientras, Ballarín, politóloga, empezó en la política nacional, en el equipo técnico del Congreso de los Diputados, y pronto inició una carrera internacional que le llevó a dirigir el gabinete de la presidenta de los socialdemócratas europeos Iratxe García. Vázquez fue secretario general de Ciudadanos. Ballarín es la responsable de política internacional de los socialistas catalanes. Ambos son eurodiputados desde la anterior legislatura.

En esta conversación impulsada por Agenda Pública y moderada por Elsa Arnaiz, presidenta de Talento para el Futuro, ambos políticos expresan sus coincidencias y diferencias compartiendo la misma pasión por la política que les ha llevado durante más de una década a asumir posiciones con responsabilidades públicas y priorizando unas trayectorias no exentas de éxitos, pero tampoco exentas de renuncias. En dos semanas seguirán, con total probabilidad, representando a sus partidos en la Eurocámara en una legislatura en la que la Unión Europea se enfrenta a grandes retos y donde los dos grandes partidos españoles serán determinantes. 
 


En una encuesta de Talento para el Futuro con Polétika se preguntó a los jóvenes acerca de los valores, percepciones y comportamientos en la política europea: el 65% están decepcionados con los políticos, al 50% les cansa escuchar los mismos mensajes y el 48% consideran que no se sienten representados por los representantes políticos. Solo un 13% de los encuestados dicen que la política les da igual: hay un 87% de la juventud a quien sí le importa la política, pero con una visión crítica. Vosotros pertenecéis a una nueva generación de políticos: ¿creéis que hay una nueva forma de hacer política y qué creéis que aporta vuestra generación?

Laura Ballarín (L. B.):

La principal diferencia es la aparición de las redes sociales. Eso ha cambiado mucho la política desde que empecé a militar con 18 años en las juventudes del PSC. Han generado una relación mucho más cercana y directa con la ciudadanía y los políticos podemos transmitir lo que hacemos de manera muy directa. Antes teníamos que pasar por los periódicos, las televisiones y las radios. Eso hacía que sólo unos pocos pudieran transmitir el trabajo que hacíamos.

Eso tiene ventajas e inconvenientes: la ventaja es que ahora podemos saltarnos los canales tradicionales e informar directamente de lo que hacemos en el día a día, en una Comisión, en el Pleno y explicar lo que hacemos. Se trata, también, de rendir cuentas. Los inconvenientes son que estamos expuestos a un escrutinio constante que también nos obliga a cuidar mucho lo que explicamos de nuestra vida personal. Hay veces que podemos incluso sentirnos un poco rehenes de las redes: de hasta qué punto tenemos que exponer y cómo.

Adrián Vázquez (A. V.):

Vivimos a velocidad de vértigo y eso afecta a la política. La política hoy, por desgracia, es muy táctica y de poca reflexión. Es complicado porque el político también tiene que reaccionar a la actualidad y no es tan fácil reaccionar a lo que tienes delante y estar pensando a medio-largo plazo. Es algo en lo que claramente tenemos que mejorar. Los datos que señalas de los más jóvenes me gustan, en el sentido de que cuando eres joven tienes que ser rebelde por naturaleza, exigir más o querer cambiar las cosas. También es cierto que con la edad uno va entendiendo que los máximos nunca son buenos en las sociedades, ni en las relaciones personales, ni en los grupos amigos. Tienes que ir siempre a equilibrios.

Se puede aspirar a que el 100 % del programa electoral de un partido te represente, pero es imposible. Es algo que uno asimila más con los años. Laura y yo seguimos siendo jóvenes, pero cada vez menos. Yo sigo queriendo cambiar las cosas desde la política, pero lo que me han enseñado, por ejemplo, la política europea y el Parlamento, es que el que aspira a máximos no solo no consigue muchos cambios, sino que hace más daño que lo contrario. Tienes que intentar llegar a consensos o mayorías. 

La encuesta indica que los jóvenes todavía tienen punch y quieren cambiar las cosas. Y el 15M es un resultado de eso. Yo iba al 15M. También lo viví. Ahora tenemos un problema con la velocidad, el tacticismo y con no mirar a largo plazo. Hay una necesidad imperiosa de volver a una política de responsabilidad. Y eso vale no solo para España, vale para muchos países. Necesitamos reposar, dejar de hacer spin-offs y dejar de pensar que esto es una serie de Netflix, empezar a trabajar un poquito con las luces largas. 
 


Hemos hablado del 15M y también de la irrupción de las redes sociales. ¿Cómo habéis vivido estos años de cambio en la política?

L. B.:

Reivindico la importancia de los partidos tradicionales. En ese momento, España tenía una situación socioeconómica muy difícil, veníamos de una crisis financiera a nivel global, con unas consecuencias en nuestro país muy graves. Teníamos un 25% de paro, un 52% de paro juvenil. Desde Bruselas llegaron medidas de austeridad y de recortes. Yo no estuve en el 15M, pero sí entendía muy bien las demandas de una sociedad que sufría las consecuencias de la crisis y el hartazgo y la rebeldía que se trasladaban a través de las manifestaciones. Siempre he sentido un gran respeto.

Ahora sigue habiendo movilizaciones de jóvenes reivindicando también la lucha contra el cambio climático y así tiene que seguir siendo. En ese momento reivindiqué, y lo seguiré haciendo, que la mejor manera de canalizar las demandas, preocupaciones e intereses de la ciudadanía es a través de los partidos y las instituciones. Reivindico el papel de los partidos tradicionales. Son los instrumentos, a pesar de que tengamos que mejorarlos, que a lo largo de la historia han demostrado ser los mejores para canalizar las demandas sociales. 

He sufrido bastante el discurso que desprestigia la política. Se nos puso a todos en el mismo saco cuando emergieron discursos sobre si los políticos cobran demasiado o si tienen demasiados privilegios. En aquel momento era asesora y recuerdo que se reaccionó a las protestas eliminando las partidas en el Congreso de los Diputados, por ejemplo, para asesores políticos, porque se consideraba que era un gasto innecesario. Lo viví mal, porque era asesora política y además reivindico su papel y la importancia que tienen en la democracia.

Un político no puede saber de todo y reaccionar a todo. Se necesitan equipos técnicos que puedan hacer las lecturas en profundidad, debatir, e incluso formar parte del proceso de decisión. Lo reivindico y en ese momento lo viví con frustración, porque en el debate público existía ese discurso de: “Es un gasto innecesario y realmente no están respondiendo a los intereses de la ciudadanía”, cuando la mayoría de los que nos dedicamos a la política lo hacemos con un compromiso y una vocación de mejorar las cosas. También ha tenido una derivada positiva porque ahora se nos exige más y se han elevado los niveles de ejemplaridad y de rendición de cuentas.
 


A. V.:

Estoy de acuerdo. Añadiría, además, que una organización no es corrupta, lo son las personas que son parte de esa organización. Y, añadiría también, que el 15M mejoró la autoexigencia de los grandes partidos y eso los ha hecho más resilientes. Y, además, demostró que había otras maneras de hacer política.

Mi experiencia en las instituciones es que los políticos de distintas ideologías suelen compartir una vocación pública y quieren cambiar las cosas. Y esta es la gente con la que te puedes sentar y hablar y debatir: puedes estar en desacuerdo, pero al final conviertes un debate en una norma, que es un trabajo poco visible pero lo que más nos importa como legisladores, y te pones de acuerdo. Eso es lo que importa al final del día. Obviamente, no es lo que subyace y no es lo que visualiza la opinión pública, pero es importante. En el momento en el que eso sea imposible, y estamos cerca de llegar a ese momento, es cuando tendremos un problema de verdad.

¿Creéis que es un momento en el que hay consenso? Se habla mucho de que las elecciones al Parlamento Europeo son de segundo orden. ¿Es mejor que no se escrutine mucho lo que hace el Parlamento Europeo porque así es más fácil llegar a acuerdos? ¿Es algo que únicamente se da en el Parlamento Europeo o también sucede en el propio Congreso de los Diputados, donde existe este ese diálogo aunque no lo veamos? 


A. V.:

El Congreso está un poquito más tensionado.

L. B.:

Mucho más.

A. V.: 

La toxicidad del debate público que hemos vivido durante el último año hace que la situación sea irrespirable y al Parlamento Europeo sí ha llegado la toxicidad, pero no tanto. Tal vez por lo que tú dices, tienes razón. Y porque también allí las mayorías son muy amplias y no son nacionales. Echo de menos que lo que suceda allí no suceda en España.

L. B.:

Estoy totalmente de acuerdo. Lo comparo con amigos míos que están en el Congreso de los Diputados y, por suerte, el ambiente en el Parlamento Europeo es mucho mejor. Es verdad que en los últimos años hemos tenido, a lo mejor, algunos debates nacionales que se han trasladado allí y eso forma parte de la politización de la Unión Europea. No está mal que se politice y que la política europea sea más viva, porque antes tenía esa imagen de gris, aburrida o de demasiado técnica. Que se politice un poquito está bien, pero a mí me gustaría que se quedara solo en un poquito. 

A. V.:

Yo creo que ahora está en ese momento en el que hay política y debate. Y deberíamos mantenerlo ahí. Recuerdo un debate muy vivo cuando estaba Farage y el debate de los partidarios y contrarios al Brexit. La política europea es casi política nacional. Sí.

Una de las cosas más preocupantes es que la gente no se dé cuenta de la importancia del Parlamento Europeo porque, efectivamente, la política europea va a ser y es política nacional. Si tuvierais que hacer un balance, ¿diríais que ahora la política está mejor o peor que hace una década?

A. V.: 

La política siempre es complicada porque mucha gente busca máximos y lo dificulta. En algunos sitios de Europa, incluida España, estamos a un nivel de toxicidad y polarización que no recuerdo haber vivido.

L. B.: 

Estamos peor, por desgracia: más crispación y más polarización. En el debate hay mucha más desinformación y eso nos está perjudicando como sociedad.
 

Ambos sois políticos expuestos en primera línea, pero también hay que reivindicar el back office del que habéis formado parte: los equipos técnicos y de asesores son determinantes en el proceso legislativo. ¿Cómo vivisteis vuestro cambio de rol? 

L. B.: 

Reivindico muchísimo el papel de los asesores. Existen dos maneras de llegar a un cargo público en las instituciones comunitarias. Por un lado, quienes tienen una vocación de primera línea, la han desarrollado siempre, y han sido, por ejemplo, concejales, o diputados en un parlamento regional o nacional, y llegan a Bruselas con una trayectoria de primera línea con experiencia. Eso es muy positivo. Por otro lado, se suele acceder también tras haber sido asesor en segunda línea y especializarnos en la política europea, aportando un expertise que otros perfiles no tienen. Es bueno que haya un buen equilibrio entre los dos perfiles. El Parlamento Europeo es complejo, una especie de submarino nuclear, y es muy difícil entenderlo nada más llegar.

A los compañeros nuevos siempre les digo que deben tomarse un tiempo, porque los primeros meses están todos muy perdidos incluso buscando su despacho o las salas de reuniones. Porque tenemos dos sedes: la de Bruselas y la de Estrasburgo. Adicionalmente, deben aprender cómo funciona todo el entramado institucional:  el Consejo, la Comisión, los trílogos… Es muy complejo y, si no lo has estudiado o no has trabajado allí, requiere su tiempo. Quienes hemos trabajado para otros eurodiputados ya hemos absorbido ese conocimiento. En mi caso fui eurodiputada, con la legislatura muy avanzada, tras 12 años como asesora y eso me ha permitido empezar a tener responsabilidades y ejercer desde el minuto uno. 

En los cuatro años anteriores fui jefa de gabinete de la presidenta del Grupo de los Socialdemócratas y aprendí muchísimo. Es una experiencia que valoro, más aún en esta legislatura que acaba que ha sido tan complicada y, con tantas crisis: la pandemia, la guerra de Ucrania o el Brexit, con muchas cosas que nunca habían pasado. De hecho, el nivel de estrés que tiene un jefe de gabinete es más elevado incluso que el que tiene un diputado. Como eurodiputada, sin embargo, tengo más autonomía y es muy bonito, después de tantos años trabajando en los discursos de otros, poder decir tus palabras en el pleno. Me parece muy emocionante votar las cosas o hacer directamente las enmiendas.

A. V.: 

He estado en gabinetes muchos años y ese tipo de trabajo te da muchas capacidades profesionales y para la vida. Nunca se suelen usar las armas y se buscan soluciones. Hay dos tipos de jefe de gabinete: el bombero o el pirómano. Y, obviamente, los segundos duran poco porque el fuego te quema. 

He tenido la ventaja o el privilegio de poder participar en la sala de máquinas. En cuanto cogí el acta, sabía perfectamente cuál era el camino más rápido entre el punto A y B. Gracias a ello, enseguida logras un impacto, aunque otras personas también lo logren pronto porque ser muy espabilados o tener una expertise en un tema específico donde destaca. Y ahí es donde entran en juego, precisamente, los asesores. 

L. B.: 

Además, se ve perfectamente cuando un Eurodiputado tiene buenos o malos asesores.


A. V.: 

Hace falta tenerlos buenos y hacerles caso.

L. B.: 

Es bueno que en los partidos haya los dos perfiles. ¿Por qué? Alguien que ha estado curtido en diferentes Parlamentos o Ayuntamientos o incluso en Gobiernos tiene una visión que no tiene una persona como nosotros. Es bueno que haya un equilibrio. Una persona que ha estado en el Gobierno de España, de Catalunya o en un Ayuntamiento, también tiene una visión ejecutiva y una visión política diferente y complementaria. 

A. V.: 

Ni todo de uno ni de otro. Un partido grande tiene una historia y muchos perfiles. En un partido grande hay gente que proviene de muchos niveles, que han empezado por abajo y otros que han entrado más tarde. Entré en política relativamente tarde, con 32 años. Antes  trabajé en el sector privado, en una organización internacional, liderado por una exministra. Y la realidad es que tienes carencias cuando entras más tarde, porque no tienes las dinámicas de un partido: la política es un negocio de personas y tienes que interpretar a las personas. Lo he aprendido con los años y tras tener algún cargo orgánico, pero alguien que ha tenido cargos orgánicos entiende muy bien a las personas: porque ves de todo, lo bueno y lo malo. Si pudiera decidir, no haría más política orgánica en la vida, aunque el aprendizaje que he tenido haciendo en ella, en cuanto a entender a las personas, es muy útil para negociar e incluso en el Parlamento.

L. B.:

Parece mentira, pero con las batallitas que tuve con 20 años en un Congreso de las Juventudes Socialistas, negociando una resolución a favor de una causa, aprendí unos códigos, a defender mis posturas o a negociar. Aprendes a entender a las personas y, sobre todo, a gestionar los acuerdos. Al final, la política son acuerdos.

A. V.: 

El problema es cuando falta el hambre: hambre de seguir haciéndolo bien, no hambre de ambición, hambre de hacer bien tu trabajo o pelear por coger el informe que tú quieres o por una causa que tú crees. 
 

¿Por qué creéis que la juventud está tan harta de la política? ¿Es algo nuevo o simplemente nos hemos dado cuenta porque hemos empezado a medirlo?

A. V.:

Las redes, como ha señalado Laura, tienen un efecto multiplicador: Tinder tiene más usuarios que Twitter. El problema de las burbujas es que te intoxicas. Es como si tienes un grupo de amigos que solo piensa de una manera y al final acabas intoxicado y acabas no siendo objetivo.

L. B.:

Y no hablas con otras personas.

A. V.:

Y no hablas con otras personas o solo lees un medio de comunicación.

L. B.:

O ni siquiera el medio y lees solo el titular que pone en Twitter.

A. V.:

O lo que te dan los Facebook o Meta, porque es lo que el algoritmo te enseña. Todos los grandes movimientos de protesta que se han vivido en la historia contemporánea están protagonizados por los jóvenes. Empiezan en los 60 y acaban con el 15M y cuando doy charlas a jóvenes les recuerdo: “no leáis solo los medios en vuestras redes, porque estáis consumiendo el mismo producto todo el rato y romper ese círculo no es fácil”. Los legisladores nos estamos dando cuenta y estamos intentando poner ciertos puntos, respetando la libertad de expresión. Hay que andar con pies de plomo, pero hay que intentar regular un poquito y estamos en ello. Es preocupante consumir solo una línea editorial o un tipo de mensaje. 

Puede que ahora haya más bandos que no se escuchan el uno al otro. Una parte de polarización viene por las redes sociales, los algoritmos, y, además, el propio político o el diputado quiere un minuto de oro en Twitter y en el telediario, y sabe que ahora o gritas más o no sales, que también es responsabilidad de los medios de comunicación. Pero, ¿no creéis que también hay hartazgo por parte de los jóvenes por el desempleo o la emergencia climática? Eso también es hartazgo hacia la política. 

L. B.: 

Me gustaría ver los datos que has señalado al principio, porque he visto otros estudios y hay una evolución positiva. Hay una desafección de toda la población en relación a la política. Hay una desafección estructural en toda la sociedad. Y, como decía Adrian, a lo mejor con los jóvenes siempre es un poquito más, por esa parte contestataria y rebelde. Existe una parte estructural de la población que siempre demanda más y critica a los políticos. Pero yo quiero poner el énfasis en que la evolución es positiva y también en relación a Europa. Lo que he visto en Eurobarómetro es que la evolución es positiva y que los jóvenes valoran bien las políticas que se están llevando a cabo desde Europa. Otra cosa es, evidentemente, cómo canalizan ellos sus preocupaciones.

Lo que me preocupa más es la defensa de la democracia: los datos de varios estudios demuestran que hay aumentan mucho los jóvenes que consideran que la democracia no es el mejor sistema para convivir. Debemos poner mucho el foco ahí, porque nos jugamos la estabilidad y el futuro de nuestras democracias. Ahí entran en juego, como tú has dicho, TikTok y otras redes sociales, en las que está claro que el algoritmo premia los discursos más autocráticos y más ultraderechistas, y que están calando en la parte más joven de nuestra sociedad. Eso me preocupa y creo que debemos, como políticos y como partidos europeístas y democráticos, tomar nota, ver qué está pasando y analizar cómo abordamos, por un lado, nuestras estrategias de comunicación, luchar contra la desinformación, los bulos de la crispación que se produce a través de las redes y algunas webs o también canales de mensajería. 

No estamos hablando solo de plataformas. También hablamos, incluso, de cómo se transmiten noticias vía WhatsApp o discursos que hay en YouTube o en Twitch. Hemos aprobado la ley de servicios digitales porque está claro que hay unos algoritmos que promocionan los contenidos más nocivos y más extremos. Eso va desde los que promocionan contenidos que fomenten el suicidio, la anorexia hasta los discursos xenófobos, racistas o contra los políticos diciendo que todos somos unos corruptos. Está claro que eso genera más impacto y tenemos una responsabilidad. 

Adicionalmente, hay que hacer políticas públicas que vayan en favor de los jóvenes. El principal problema ahora es la vivienda. En la época del 15M el principal problema era el trabajo. Había un desempleo del 52% entre los jóvenes. Ahora está al 25%. Sigue siendo alto, pero se han tomado medidas en el ámbito de la contratación laboral y los salarios mínimos. 
 

A. V.: 

No solo la vivienda, hay un problema generacional grave. Primero, en la percepción de cómo uno se maneja en la opinión pública, en las redes o en los medios de comunicación. Y, luego, otro, clarísimo, en las ideas que teníamos preconcebidas. 

Nuestra generación sabía que si trabajaba conseguiría vivir tal vez mejor que sus padres. La idea del progreso. Hay jóvenes que ya saben que va a ser muy complicado formar una familia, porque incluso haciéndolo todo bien, trabajando mucho, no van a tener tiempo ni siquiera de jugar con sus hijos al final del día. O gente que se siente completamente olvidada por parte de los políticos: agricultores, ganaderos, empresarios o la gente que vive en la España vaciada, que se siente abandonada completamente. Ahí hay desazón y hay voto y protesta. 

Pero no olvidemos que demonizar un espectro político constantemente, lo que hace es provocar y hacer un efecto llamada. Si estamos constantemente hablando de la extrema derecha, extrema derecha, extrema derecha, extrema derecha, extrema derecha, lo que estás haciendo es darles aire, no quitar el aire.

Hay un problema también con demonizar los movimientos políticos legítimos, que ahora mismo están teniendo un crecimiento tremendo, en vez de hablar de lo que realmente importa a la gente que al final acaba yendo a ellos, que se siente completamente agravada por la clase política. Hace falta una política responsable y aguda.

Y luego, la segunda parte, es el cambio de paradigma. Un joven ahora mismo está destinado a compartir balda de frigorífico el resto de su vida y a vivir de sus padres. Eso es un problema generacional tremendo. Doy un dato: en dos años, en España, la pobreza de los menores de 26 años ha subido un 16%. En 2025 vamos a tener dos dígitos de paro normal y podemos llegar al 50% paro juvenil. Son datos que obviamente el joven ve y dice: “¿Yo para qué hago todo bien? ¿Para qué me pongo a estudiar si al final no voy a poder hacer esa escalera social?”. Una escalera que nuestra generación, la última y las anteriores sí han podido hacer. Mientras estemos simplemente demonizando espacios o partidos políticos específicos y no dando respuestas a estos problemas, este efecto no se va a revertir. 

L. B.: 

Ahí discrepo, porque evidentemente hay que responder a las demandas y las preocupaciones, pero hay que establecer ciertas cooperaciones con las fuerzas que básicamente creen en el proyecto democrático frente alas que quieren destruirlo, hay que aislarlas. Hablo del cordón sanitario que hemos llevado a cabo en Bruselas durante la mayoría de la legislatura. 

A. V.: 

A ECR [nota del editor: el Grupo parlamentario del Europarlamento del que forma parte Vox] no se le ha hecho el cordón sanitario.

L. B.: 

Ya, pero a lo mejor tenemos que estudiarlo

A. V.:

¿Vamos a hacer un cordón sanitario al 23% del Parlamento Europeo?

L. B.:

Son opciones legítimas, pero tienen un discurso de destruir las instituciones y las instituciones se tienen que proteger, porque si no las proteges, al final acaban con ellas. 

A. V.:

El mensaje que enviarías a uno de cada cinco europeos que los votan, entonces, es que lo que han votado no es legítimo. Y, entendiendo lo que dices con la extrema derecha,creo que al demonizar siempre un espacio político específico, sin hablar de las preocupaciones de la gente a la que apela esos partidos, el problema no va a decrecer, va a crecer y se está viendo claramente con la tendencia electoral de esos partidos. 


Me parece que lo que dice Adrián es que a veces, intentando rebatirles, les damos más publicidad de la que nos gustaría.

L. B.:

Yo también puedo pensar que, si no les das espacios institucionales gobernando con ellos, a lo mejor no les das tantas alas. O sea, que son dos visiones. 

Por último, ¿qué creéis que vuestra generación ha aportado hasta el momento y que va a seguir aportando a la política? 

A. V.:

Laura y yo tenemos una cosa que no puede tener ninguna otra generación. Los dos sabemos utilizar un Walkman, un fax analógico y un móvil. Somos ese nexo generacional, porque nunca en la historia de la humanidad ha habido un salto tan brutal entre generaciones, justamente por la digitalización, las nuevas tecnologías y todo lo que ha supuesto para nuestras sociedades. Somos esa generación que ahora tenemos la suerte de estar en política y que tenemos que hacer ese encaje generacional. Obviamente la gente mayor muchas veces se siente desplazada, siente que incluso se le quita valor porque se habla de nuevas generaciones, y sinceramente creo que la experiencia tiene que estar presente en todos los tramos de la administración o las empresas, porque es de un valor incalculable.

Pero también es cierto que los jóvenes tenemos una visión distinta y a mí ya me pasa incluso con los Zeta, que ya hablan o dicen ciertas cosas que a mí me cuesta entender y empiezo a ver esa diferencia. Somos la generación que todavía podemos intentar aunar las diferencias en este choque generacional tan brutal que estamos viviendo y, de alguna manera, dar las respuestas. No es fácil, pero creo que podemos hacerlo y justo estamos en la edad para hacerlo.

L. B.:

Estoy de acuerdo: podemos ser esa generación puente y lo que veo es que tenemos una capacidad de reaccionar más rápida. Es fruto de las redes sociales y de nuestra experiencia: estamos más conectados y podemos reaccionar a un tuit o tomar decisiones. Somos más rápidos que a lo mejor otros compañeros que yo puedo haber tenido en el partido, que eran de otra generación en la cual las cosas se reposaban más. Nosotros, por la cultura de la inmediatez, sabemos reaccionar más rápido. Eso es bueno. Lo malo es que no tenemos tanto tiempo para pensar en el largo plazo. Por ejemplo, me gustaría poder leer el informe que ha hecho Enrico Letta [nota del editor: el ex primer ministro Letta ha elaborado una hoja de ruta para el mercado único a solicitud del Consejo de la Unión Europea]  y que todavía no he tenido tiempo de leer, porque hace prospectiva para los próximos cinco años. No nos da tiempo porque estamos muy en el día a día.

Nuestra generación tiene un sentido mayor de la responsabilidad para conectar con los ciudadanos, con la rendición de cuentas o con la transparencia. Tenemos unas exigencias que se han impuesto y que son positivas. Pero, a la vez, a lo mejor no pensamos con tanta serenidad como otras generaciones y la política también lo requiere.

A. V.: 

La política ahora es mucho más diversa en términos de género, por ejemplo. Se están consiguiendo enormes avances en eso. Es una política distinta a la de hace 30 años en términos de aceptación de situaciones o decisiones sociales. 

Sin embargo, tal vez somos menos reflexivos, pero por cómo funciona el mundo hoy en día. Al final, ahora eres capaz de hacer en un día con el móvil muchas más cosas de las que hacías hace 30 años con la máquina de escribir o con el teléfono fijo. ¿Qué es mejor o peor? En un día, ahora, puedo gestionar muchas más cosas que las que podía gestionar antes, aunque al final puede que tomes decisiones con menos reflexión. Ahora la exposición se ha triplicado y es mucho más peligrosa. Sin embargo, la capacidad que tienes tienes de acceso a la sociedad es muchísimo más amplia. 

Entonces, el balance, más o menos, es positivo. 

L. B.: 

El balance es positivo, pero el punto negativo es cómo ha aumentado el número de jóvenes que no ven como obvio que la democracia es el mejor sistema y ahí tenemos que poner un poco más de atención. 
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