El término “polarización” con el que muchas veces se describe el escenario político actual es un término engañoso. Aun estando claro que participan representantes de todo el espectro ideológico, la observación atenta, tanto en España como en otras democracias occidentales (es un movimiento internacional), demuestra que uno de los polos, la derecha, tensiona muchísimo más que el otro.
El mecanismo fundamental de esa tensión no surge en el vacío, sino que se construye sobre fenómenos socioculturales de elaboración lenta, cuyo origen nos lleva a la segunda mitad del siglo XX. Expresado de un modo esquemático, la política se convierte progresivamente en escenario de personalismos, y los líderes se vuelven más importantes que los partidos; la eclosión televisiva transforma la política en espectáculo, y los formatos argumentativos que se podían desplegar en radios y periódicos son fagocitados por una narración omnipresente que solo aspira a aumentar las audiencias; consecuentemente, ante la pantalla, los ciudadanos de la sociedad postmasas se convierten en lo que Eco llamó “electorado fascinado” y Jesús Timoteo “receptor cínico”; como señalaba Postman, el discurso público de mediados de los años 80 perseguía, sobre todo, “divertirse (divertirnos) hasta morir”. Simultáneamente, los modelos educativos neoliberales, con la colaboración entusiasta de las pedagogías de la subjetividad, desproveen progresivamente a esa misma ciudadanía de algunas herramientas cognitivas necesarias para gestionar la discrepancia. Y cuando todos estos factores se enfrentan en el s. XXI al centrifugado de Internet, se potencian entre sí, facilitando la implantación del discurso pasional y personalista de los populismos.
La finalidad esencial de esas retóricas populistas es un desplazamiento del discurso político hacia los márgenes de la política; básicamente, persiguen encubrir la ausencia de propuestas políticas o, cuando existen, ocultarlas; suponen, en suma, un borrado del logos del discurso político. Para ello, los mensajes se dedican al consenso afectivo que pone en primer plano a los actores del acto comunicativo, ya sea estimulando la identificación de los receptores (el pathos del discurso) o construyendo la identidad y el liderazgo del emisor (el ethos); en ambos casos, la visceralidad y la estética rellenan el hueco dejado por el discurso sobre las políticas; los relatos, cuando no las simples interjecciones, sustituyen el argumento.
Lo que destaca el concepto de “máquina del fango”, popularizado por Umberto Eco y tan recurrente estos días, es que esas dos dimensiones del discurso, el sentimental y el moralista, captan más y mejor nuestra atención en su polaridad negativa: el odio, la calumnia, la acusación y la mentira son sus actos comunicativos. En su versión hiperbólica estas retóricas intentan camuflarse, engañosamente, mediante conceptos como libertad de expresión o libertad de prensa. Pero
ninguno de los dos conceptos ampara lo que hacen.
En este contexto radicalizado, la carta del presidente Sánchez a la ciudadanía ha supuesto una especie de desembrague discursivo sobre los límites del discurso del odio, que invita no solo a reflexionar sino a actuar. Por eso es relevante analizar cuál es la reacción habitual del resto de actores ante ese “fango” generado por el discurso político primario. Aunque la ciudadanía juega también un papel importante, me referiré tan solo a dos de ellos, los políticos destinatarios de los ataques y los difusores del “discurso político enfangado”.
Con independencia de las inclinaciones personales, si los políticos destinatarios de los ataques (sean del partido que sean) reaccionan en el mismo plano, inevitablemente realizan una concesión, pues permiten que quien insulta acote el escenario de la conversación. En términos discursivos, lo conveniente es reencauzar el discurso hacia la política, negar el cuerpo a cuerpo para devolver la centralidad a las políticas y al bien común; en suma, frustrar el matonismo y alejarlo de donde se siente cómodo. La refutación indirecta es por ello la mejor estrategia; no hay que negar y redifundir el discurso ajeno (repito demasiado la frase de Eco, “el desmentido es una noticia que se difunde dos veces”), sino redoblar el discurso propio ignorando al acusador. Nadie dice que sea fácil, pero sin duda es lo más eficaz discursivamente. Aunque hay quienes defienden la magnificación de lo emocional, sin contenido político lo emocional es solo literatura.
El segundo gran actor está conformado por las instancias que canalizan el discurso en la esfera pública. En este punto es importante no confundir el tradicional cuarto poder con el que a veces se llama “quinto poder”. Aunque inicialmente el término se refería al poder creciente de los expertos en relaciones públicas y dircoms para condicionar la agenda de los medios, en 2009 William Dutton lo acuñó para referirse al impacto de la difusión de contenidos por Internet. La película dirigida por Bill Condon sobre WikiLeaks se llamaba, precisamente, The Fifth Estate.
El cuarto poder contribuye al fango cuando los medios se limitan a reproducir acríticamente las afirmaciones de los políticos, convirtiendo los exabruptos y falsedades en titulares, o actuando como caja de resonancia de los tabloides. Este periodismo ecoico es contrario a la naturaleza crítica y de control al poder que caracteriza a los buenos profesionales y que sin duda se sigue ejerciendo desde periódicos, radios y televisiones. Lo que ocurre es que estos medios profesionales se desenvuelven en un territorio enormemente desnivelado, donde compiten empresarialmente con medios poco profesionales y, sobre todo, con una cantidad ingente de tabloides digitales gratuitos que se dedican a la creación y difusión del discurso enfangado, ajenos a cualquier código deontológico. Al respecto, resultan de interés dos ideas.
La primera es que la Unión Europea considera obligación de los Estados garantizar no solo el pluralismo sino también la calidad informativa; desde 2013 existe un Observatorio de Pluralismo Mediático, cuyo
informe de 2022 situaba a España entre los países en los que la desinformación online tiene impacto más alto.
Aunque muchos países europeos desarrollan buenas prácticas de ayudas económicas a empresas informativas, en nuestro país es un tema tabú que —salvo en las subvenciones para ediciones bilingües—, se cierra abruptamente en nombre de la independencia de los medios (pero véanse aquí casos diversos de ayudas europeas). Simultáneamente, por el contrario, nadie controla las ayudas encubiertas que se otorgan como campañas de promoción institucional.
La segunda idea, relacionada, tiene que ver con los mecanismos de control al discurso del odio y a las prácticas propagandísticas de instituciones y gobiernos. Junto a la dimensión estrictamente jurídica, existen organismos que pueden contribuir a velar por la calidad del discurso público, cuyo referente es sin duda el Conseil Supérieur de l’Audiovisuel francés.
Los Consejos del Audiovisual (solo están activos el valenciano, el catalán y el andaluz) son entidades que pueden contribuir a regular varias de las hipertrofias que muestra actualmente el ecosistema informativo; sin embargo, el Consejo Estatal de Medios Audiovisuales (CEMA) sigue pendiente.
En definitiva, tanto los políticos como los medios tienen abiertas posibilidades de reacción que no resulten cómplices con el discurso del odio y la máquina del fango. El objetivo esencial de tales acciones ha de ser reconducir el discurso político al ámbito de las políticas; no se trata de negar las dimensiones afectivas del ethos y el pathos, sino de restituir su función al logos para equilibrar proporcionadamente el papel de los tres elementos. Tal y como proponen los clásicos, “probar que es verdad lo que defendemos, conciliarnos la simpatía de nuestro auditorio y ser capaces de llevarlos a cualquier estado de ánimo que la causa pueda exigir”. Simultáneamente.