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Los desafíos de la OTAN en su frente sur

Natividad Fernández Sola

6 mins - 12 de Abril de 2024, 07:00

Transcurridos 75 años desde el establecimiento de la OTAN, muchos son los cambios que han tenido lugar en el panorama geoestratégico mundial: del orden bipolar a la hegemonía norteamericana y, en la actualidad, en un sistema en transición representado por el auge de potencias como China, el declive claro de los Estados Unidos, o la precaria posición de Rusia y de la Unión Europea (UE).

Tales cambios han exigido una adaptación de la organización transatlántica, quien ha ampliado el concepto de seguridad en el que se basó su origen consistente en la defensa territorial de sus miembros por medios militares, para involucrarse en gestión de crisis y en lucha contra el terrorismo con operaciones “fuera de área”, es decir, en terceros países. En otros términos, a su papel tradicional como instrumento de defensa colectiva, acogió también el de promotora de seguridad cooperativa con otros países donde se desarrollaban conflictos; hasta el punto de orillar en sus sucesivos Conceptos Estratégicos post-guerra fría su misión inicial y pretender añadir a su instrumento esencial, el militar, unas capacidades civiles que no encajaban en su configuración y podían duplicar las muy desarrolladas de la Unión Europea.

Así, desde la primera década del s.XXI, desaparecida la amenaza soviética, con el Concepto Estratégico (NSC) de 2010, se plasma una visión atlántica de seguridad cooperativa. Algo que se mantiene con matices en la actual NSC de 2022. Ese modelo de seguridad cooperativa ha sido el adoptado para configurar su relación con los países del Frente Sur de la Alianza, esto es, los del norte de África y los del Sahel, de los cuales proceden hoy las principales amenazas a la seguridad de los países aliados, principalmente los del sur de Europa.

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De esta gran región procede la amenaza terrorista que más directamente confronta Europa, con grupos radicales, en su mayor parte afiliados a las dos grandes “multinacionales” del terror: a saber, Al Qaeda, quien adopta la denominación de Al Qaeda en el Magreb Islámico, y el Daesh o Estado Islámico. Aunque el mayor número de atentados de las múltiples ramas de estas organizaciones se cometen sobre el terreno, tienen gran repercusión mediática los cometidos en territorio europeo.

A la amenaza del terrorismo jihadista y, en parte, como consecuencia del mismo, se producen oleadas masivas de población que, en concepto de migrantes o de refugiados, llegan a las costas europeas, con el problema añadido de la falta de voluntad de muchos países de proceder a un reparto equitativo de la carga económica y social que producen. Al tratarse de flujos incontrolados generan una sensación de inseguridad, de temor a la pérdida de la identidad en una Europa envejecida en la que los recién llegados serán mayoría a medio plazo. Al mismo tiempo, los índices de delincuencia de esta población migrada, por su cultura o por su situación económica, superan los de la población local.

También relacionado con el terrorismo, se produce un incremento del utilizan del crimen organizado internacional cuyas redes utilizan los grupos jihadistas para su financiación; crimen organizado que incluye todo tipo de tráficos ilícitos (personas, drogas, armas…) cuyas consecuencias también llegan a Europa y a los Estados Unidos.

Si a la inseguridad generada por las causas citadas unimos la frecuente escasez de recursos o su mala distribución, las hambrunas en algunos países, la corrupción de sus dirigentes y su desprecio por la persona humana, puede comprenderse que el Gran Magreb-Sahel es una bomba de relojería para la seguridad del continente europeo.

Así lo ha venido manifestando España desde hace años en sede OTAN, denunciando la muy diferente actitud de la Alianza con los Estados del Frente Este y con los del Frente Sur. A mediados de los años noventa, este empeño llevó a la iniciativa del diálogo mediterráneo; un foro para promover el entendimiento con los vecinos del Mediterráneo y Norte de África que se vió limitado por la exclusión de Libia, foco de la principal inestabilidad en el Magreb, y por la falta de entendimiento entre los países del sur reflejada en las sempiternas desavenencias entre Argelia y Marruecos, de Israel con Palestina, o de Rabat con el Sahara Occidental. Tampoco entre los países europeos había un interés similar en su relación con esta región. Más recientemente se ha comprobado que atender al Magreb sin hacerlo en el Sahel era un ejercicio baldío por la enorme interdependencia entre ambas zonas del continente africano.

En los trabajos preparatorios de la Cumbre de Madrid de 2022 que habría de aprobar el Nuevo Concepto Estratégico de la OTAN, España hizo valer su posición de anfitrión para pedir que fueran tomadas en consideración las necesidades de actuación frente a las amenazas procedentes del Frente Sur. Cuando éstas afectan a la seguridad económica, social, incluso política de los miembros de la OTAN, particularmente los europeos, las actuaciones de cooperación con dichos países se revelan ciertamente insuficientes y limitadas, máxime si comparamos con la asertiva política atlántica en su Frente Este. 

El resultado no fue satisfactorio y el NSC 2022, considerando la seguridad indivisible, vengan de donde vengan las amenazas a la misma, adoptó la visión 360º que pretende expresar la consciencia de los riesgos securitarios que representa el escenario magrebí-saheliano. Pero el enfoque hacia éstos sigue siendo de seguridad cooperativa, con fórmulas como la incentivación del G5 Sahel; iniciativa de acción militar de cinco países de la región a la OTAN podría  financiar o adiestrar para su lucha contra el terrorismo; algo lejos de la presencia disuasoria de fuerzas OTAN en la frontera Este. En este sentido, el NSC no solo es modesto, sino inservible, cuando en los últimos meses, los principales integrantes del G5 -Mali, Níger, y Burkina Fasso- lo han abandonado dejándolo sin operatividad.

España une a las amenazas genéricas citadas, una sobre su integridad territorial, a la que la OTAN no afirma taxativamente responder (recordemos que Ceuta y Melilla no están cubiertas por el Tratado de Washington). Sería en consecuencia sensato incrementar el presupuesto de defensa español al 2% de nuestro PIB comprometido con la OTAN, a la mayor brevedad y destinarlo a reforzar la seguridad nacional.

Aunque con distintos intereses a los españoles, países como Alemania ya han iniciado una interpretación de este tipo en su primera Estrategia Nacional de Seguridad de 2023, dando una pista del camino que pueden tomar otros aliados.
 
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