-
+
EVELYN HOCKSTEIN (REUTERS)

Trump se prepara para ganar o resistir

Andrés Ortega

8 mins - 12 de Abril de 2024, 07:00

En 2016, la victoria, en el colegio electoral, no en votos ciudadanos, pero esas son las reglas del juego en Estados Unidos, pese a su agresiva campaña, le pilló a Donald Trump casi por sorpresa. No estaba preparado. Tardó en formar equipo y en echar a andar. Esta vez se está preparando a conciencia para empezar a actuar el próximo 20 de enero, día de la inauguración si gana en las elecciones del 5 de noviembre. Se podría arrogar “poderes de emergencia” que permiten a un presidente limitar las libertades en internet o restringir la libertad de movimientos.

Trump también se está preparando para perder: ante esa eventualidad anuncia el “fin de la democracia” y un “baño de sangre”, en un país polarizado, con una población, sobre todo entre sus seguidores, armada, y al borde de una nueva guerra civil muy diferente de la de 1861-1865. Si gana, Trump ya anunciado que, revanchista, llenará la administración federal de fieles, y echará a los otros. Si pierde, se lanzará en una cruzada judicial para impedir que Joe Biden permanezca cuatro años más en la Casa Blanca, y fomentará una revuelta civil. Estas elecciones indicarán si se podrá seguir considerando a Estados Unidos una democracia.

[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

La Fundación Heritage se está volcando en ayudar a Trump a ocupar la Administración e implantar su agenda conservadora desde el primer día. Su detallado informe al respecto, Proyecto 2025, Mandato para el Liderazgo, es público. Pero el candidato tiene su propio equipo sólido y sus ideas para empezar a gobernar desde el primer día. No se sabe si en él estará su yerno, Jared Kushner, artífice de los acuerdos Abraham de países árabes con Israel, del que se habla nada menos que como posible secretario de Estado. 

Aunque hay un debate entre juristas sobre esta prerrogativa nada democrática, uno de los primeros decretos que se espera que firme un nuevo presidente Trump será su propio perdón -una especie de amnistía, pues aún no estará condenado, al menos no con sentencias firmes- y sus amigos, al menos en las acusaciones federales, pues no está claro que pueda parar  los procesos que se han puesto en marcha desde los Estados, que incluye, desde Atlanta en Georgia, su participación en el intento de anular violentamente el resultado de las elecciones de 2020, que perdió. Es el primer ex presidente en hacer frente a acusaciones criminales, además de una larga lista de demandas fiscales. Sin duda, el autoperdón, y otras medidas por el estilo será recurrido ante el Tribunal Supremo, pero éste está dominado por jueces republicanos afines. 

Otro deterioro democrático es que las encuestas apuntan que el resultado del 5 de noviembre va a depender de un puñado de Estados, previsiblemente seis de un total de 50, y por unas pocas decenas de miles de votos, de un total de 158 millones (en 2020). Pues son votaciones indirectas y lo que cuenta es el colegio, formado por representantes de los Estados, que luego decide quién ha ganado. Hay que añadir quién dominará la Cámara de Representantes, que se renueva totalmente, y el Senado, con un tercio de los escaños en liza. Los demócratas andan flojos. Pero en algo, esencial en la política llamada democrática en EE UU, Biden va por delante de Trump: en el dinero recaudado para su campaña, mientras el ex presidente tiene que pedir fondos para su defensa en los tribunales.

Aunque este sería el segundo y último mandato de Trump, no se puede excluir totalmente que intente revocar la enmienda constitucional 22 que en 1951 limitó a dos estos mandatos tras las cuatro victorias consecutivas de Franklin Delano Roosevelt. Sería un proceso complejo y largo, que requeriría la aprobación en el Congreso y la  ratificación en una mayoría de Estados, en el que su propia edad (tendría 82 años al final de su segundo mandato) no le acompañaría. Aunque, dada su secuestro del Partido Republicano, pretenderá marcar lo que venga después de él.

De momento, la prioridad de Trump es él mismo. Pero para ganar necesita unas cuantas líneas que están claras: contra la inmigración -los “ilegales”, que pretende deportar, “no son personas”, según él-; más aranceles a las importaciones para fomentar el empleo en EE UU: Se habla de una subida inmediata de un 10% a los países que tienen superávit comercial con EE UU. Y, tras haberlo logrado en el Supremo, dejar que el derecho al aborto quede en manos de cada Estado, es decir, con menor protección. Entre otras “batallas culturales”. Estas líneas, entre otras, le están atrayendo el voto de la derecha cristiana, de los evangélicos, y de un cada vez mayor número de negros, latinos y musulmanes, socialmente conservadores, y que eran uno de los graneros de votos de los demócratas. Incluso la clase media y trabajadora de cuello azul -otro antiguo granero demócrata- venida a menos con la automatización y la deslocalización, con la desindustrialización.

Lo que lleva a preguntarse porqué se vuelve a presentar Biden, algo senil, que tendrá 82 años en noviembre si gana, acompañado además de Kamela Harris, desaparecida durante estos cuatro años. Hay una respuesta sencilla: porque no hay en estos momentos otro candidato capaz de aunar las distintas sensibilidades en el Partido Demócrata en cuyo seno hay izquierdistas, centristas, liberales, etc. En cuanto a Harris, Biden sigue necesitando en su ticket una mujer no blanca, que, además, resulte fiable como presidenta si a él le pasara algo.

La Administración Biden ha llevado a cabo una política económica que ha puesto fin (de momento) al neoliberalismo, carro al que se habían subido, entre los demócratas, Clinton y Obama. Ha disparado las ayudas públicas para una nueva política industrial, la economía estadounidense crece más que la europea, el paro está en mínimos, los sueldos, especialmente, los bajos, han subido y la bolsa tira. Pero la buena situación de la economía no se traduce en una buena percepción de la micro. Muchos estadounidenses no sienten que su situación personal haya mejorado en consonancia con el PIB, algo que ocurre también en otros países, como España. Quizás, como viene explicando Paul Krugman, porque en EE UU la gente juzga la economía desde su propia y profunda polarización ideológica.

¿Vamos a una repetición de 2016? Aquel año, también bisiesto, empezó relativamente tranquilo, pero en el referéndum de junio, los británicos aprobaron por sorpresa el Brexit, y en noviembre ganó también por sorpresa Trump en EE UU (en el colegio electoral, no en votos populares, pues Hillary Clinton le sacó casi tres millones). Este año 2024, en junio las elecciones al Parlamento Europeo, institución con más poder que el que los ciudadanos suelen pensar, pueden llevar a un volantazo hacia la extrema derecha y menos soberanía europea. En noviembre, en EE UU veremos. Si hace cuatro años las manipulaciones de las redes sociales contribuyeron no poco a aquellos resultados, en 2025 vamos a ver la explosiva combinación manipulativa de unas redes mucho más rápidas con las posibilidades que brinda la inteligencia artificial generativa. 

2016 era un año bastante tranquilo en el mundo, antes de la pandemia, antes del ataque ruso a Ucrania, antes de la crisis en la que ha entrado Oriente Próximo. Estas elecciones se producen con el mundo convulso, con guerras importantes, cuando la sociedad de mayor potencia del mundo está absolutamente polarizada y dividida, lo que puede llevar a su ingobernabilidad. Ahora bien, aunque Trump pueda parecer menos bélico que Biden, ninguno de los dos está por fomentar una crisis global. En Europa, en esta Europa dividida, es otra cosa. En Israel, con Netanyahu, no digamos. Pero todos, todos, esperan a ver qué ocurre el 5 de noviembre. Si gana Trump, la OTAN puede ir a menos, más aún con una paz para el conflicto entre Rusia y Ucrania que acelerará su fin, o congelación. No será un milagro, ni tiene garantía alguna de éxito a este respecto. Quizás, al no poder confiar en Washington, Europa vaya a más. Trump se verá tentado, como le están sugiriendo, de reforzar el G7, en su cometido y en su geografía, ampliándolo a India, Australia y … España. ¿Quién se resistirá? A cambio de algo, claro.

¿Qué te ha parecido el artículo?
Participación