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Caída del protestantismo, debilitamiento de Occidente

Andrés Ortega

7 mins - 19 de Enero de 2024, 07:00

Las cuestiones culturales, y muy especialmente las religiosas y los valores asociados a ellas, pesan, de hecho siempre han pesado, en la política y en la geopolítica. Una de ellas es cómo el protestantismo clásico, el de luteranos y calvinistas, empoderó a Occidente, entre otras cosas porque impulsó en sus seguidores la educación, a aprender a leer, para estudiar directamente la Biblia, no por la intermediación de la Iglesia como suele ser el caso entre los católicos, y catapultó los valores del esfuerzo personal y de la disciplina social. Transformó el mundo, aunque fuera de la mano de una minoría en términos globales. Eso ya lo vio Max Weber, uno de los padres de la Sociología, en su obra más famosa, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905). Para el estudioso alemán, la religión fue un factor central del desarrollo de las culturas occidental y oriental. Emmanuel Todd, sociólogo, demógrafo e historiador, uno de los intelectuales franceses más interesantes de nuestros tiempos, partiendo de esas raíces, llega a la conclusión en La défaite de l’Occident (2024) de que el declive de ese protestantismo en EE UU y en Reino Unido es un factor central en lo que no duda en calificar como la “derrota de Occidente”. Da una fecha de referencia: 2015, el año en torno al cual la mayor parte de las sociedades occidentales aprobaron el matrimonio homosexual. 

“Por principio”, explica Todd en línea con Weber, “el protestantismo alfabetiza a las poblaciones que controla, porque todos los fieles deben tener acceso directo a las Sagradas Escrituras. Una población alfabetizada es capaz de desarrollo tecnológico y económico. La religión protestante creó accidentalmente una mano de obra altamente eficiente”. Este protestantismo tradicional está en el corazón de la historia de Occidente en dos sentidos: el auge educativo y luego económico con la Revolución Industrial, el colonialismo y el imperialismo, y la con idea de que los hombres son desiguales. Al contrario de un catolicismo que para esta visión de Occidente cuenta poco, aunque Todd lo ha analizado en otras obras. Cabe, sin embargo, considerar que una nueva contrarrevolución católica, como lo presentó hace unos meses el Financial Times, de la mano de la extrema derecha está en marcha en Europa, o al menos en Francia, Italia, España y Polonia, donde movimientos de ese signo insisten en valores familiares conservadores.

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“El protestantismo, que en gran medida hizo económicamente fuerte a Occidente, ha muerto”, afirma Todd. Se ha llegado a un “estado cero” de esta matriz religiosa (han surgido otros protestantismos, muy diferentes, en las Américas, en los que Todd no entra, aunque son los que más ha cultivado Trump). Este declive ha hecho que EE UU no sea ya ni moral ni racional, sino “nihilista”, lo que le lleva a cultivar la violencia. Para Todd, “la elección de Trump, campeón de la vulgaridad, seguida de la de Biden, campeón de la senilidad, habrá sido la apoteosis de este estado cero”. Junto con otros factores, claro, como la crisis industrial de Occidente, el fin del Estado nación, o el fin de la meritocracia, con las paradójicas desigualdades en educación origen de tantas diferencias sociales.

Todd ha escrito varios libros con visión. Buceando en las bases sociológicas y económicas, especialmente su mortalidad infantil, llegó en 1976 (La chute finale) a la conclusión de que la Unión Soviética se iba a derrumbar. En 2002, en pleno momento aparentemente unipolar, publicó Después del Imperio, sobre EE UU. El estudio de las diferentes estructuras familiares -en Rusia predomina la patrilinearidad- siempre ha estado en la base de sus análisis, y vuelven en esta reciente obra, una de cuyas conclusiones es “la soledad ideológica de Occidente y su ignorancia de su propio aislamiento”. 



Todd cree que Rusia, que define como “democracia autoritaria”, se ha recuperado económica, social e industrialmente (en parte gracias a las sanciones occidentales), aunque su baja tasa de fecundidad lleva a Putin a saber que dispone de sólo cinco años para ganar la guerra de Ucrania pues no se puede permitir una mayor movilización. Pero ve una Rusia estable y ello porque el `sistema Putin’ es “producto de la historia rusa y no obra de un solo hombre.” Por el contrario, “Occidente no es estable; incluso está enfermo”. La paradoja que plantea Todd es que, aunque Rusia no cuente tanto en la estabilidad mundial “es una acción militar rusa la que conducirá a una crisis en Occidente” (el libro está escrito antes de la guerra en escalada en Oriente Próximo, aunque cuenta con un apéndice sobre “el nihilismo americano ante la prueba de Gaza”). Ahora bien, la derrota de Occidente viene de dentro, no de fuera. No significa, no obstante, que Rusia vaya a ganar.

“Las cuestiones de moralidad han adquirido una extraña importancia en las relaciones internacionales”, señala el sociólogo. Pesan en la geopolítica. La instauración del “matrimonio para todos", según él, marca simbólicamente el fin del cristianismo en un país. 2001 en Países Bajos, 2005 en España y Canadá, etc., y su generalización en los Estados de EE UU en 2015.  Hoy, con su oposición al matrimonio gay y no digamos a los derechos de los trans, Rusia se ha convertido en un faro para ese otro mundo, “el resto” de lo que no es Occidente. “Rusia sabe que sus políticas homófobas y antitransgénero, lejos de alienar a otros países del mundo, atraen a muchos de ellos. Esta estrategia consciente le confiere un considerable poder blando. El poder blando revolucionario del comunismo ha sido sustituido por el poder blando conservador de la era Putin”. Y Putin está sacando buen provecho de ello en la falta de apoyos de ese “resto” a las sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania. Occidente está muy solo. Incluso eso que se llama el “Occidente colectivo” en el que los europeos quedan como unos vasallos de EE UU. “Occidente parece haberse congelado en algún punto entre 1990 y 2000, entre la caída del Muro de Berlín y un breve momento de omnipotencia”. Cabría decir que Rusia o China saben hacia dónde quieren avanzar; Occidente, no.

Este análisis, del que está demasiado ausente la cultura y el despertar oriental, puede soliviantar y exasperar al lector. Coincide con algunas encuestas del Centro Pew, según las cuales, China aparte, las poblaciones más descreídas se encuentran en Europa, y, crecientemente en EE UU. Todd considera que “la implosión progresiva de la cultura WASP -blanca, anglosajona y protestante- desde los años 60 ha creado un imperio desprovisto de centro y de proyecto, un cuerpo esencialmente militar dirigido por un grupo sin cultura (en el sentido antropológico) propia. Los valores fundamentales son el poder y la violencia”. Ninguna crisis rusa desestabiliza el equilibrio mundial. “Es una crisis occidental, y más concretamente una crisis terminal estadounidense, la que pone en peligro el equilibrio del planeta”. De ahí su conclusión de que estamos “en vísperas de un punto de inflexión (basculement) del mundo”. 

De todo ello se puede derivar otra situación, harto preocupante, de la que parte Amin Maalouf (Le labyrinthe des égarés : L´Occident et ses adversaires, 2023) en un repaso que sí incluye a Japón y China. A saber, que “todos los que luchan contra Occidente y desafían su supremacía, por buenas o malas razones, están aún más en bancarrota que él”. Lo que, según el escritor libanés, hace especialmente grave el momento actual, es que “ni Occidente ni sus numerosos adversarios son capaces de sacar a la humanidad del laberinto en el que se ha metido”. En detrimento de todos. El mundo está agotado, exhausto. Tampoco aboga Todd por un retorno a este protestantismo debilitado como solución. 

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