Hemos vivido una legislatura, y ahora una campaña, marcada por un encendido debate en torno a la moral de las actuaciones del gobierno, personalizadas en su Presidente Pedro Sánchez. El saldo de la acción gubernamental parece inequívocamente positivo:
tasas de crecimiento elevadas,
relativo control de la inflación (ahora la más baja de la UE),
una reforma laboral que reduce la precariedad preservando el dinamismo del mercado laboral,
políticas públicas mayoritariamente respaldadas por la ciudadanía (como acreditan recurrentemente las encuesta),
movilización de fondos europeos para acelerar la transformación económica, entre otros muchos hitos.
Un 70% de los españoles afirman que su situación económica personal es buena o muy buena, cifra que no ha parado de crecer desde marzo de 2019. Es una cuenta de resultados que, si atendemos a décadas de literatura politológica, augurarían una cómoda reelección.
Sin embargo, está extendida la idea de que, a pesar de todo, han fallado cosas.
Este gobierno ha sido inmoral, afirman muchos. La derecha evita inteligentemente la conversación pública sobre los rendimientos de las políticas del gobierno.
En su lugar ha puesto exitosamente en circulación una categoría fantasmagórica --el sanchismo-- que consigue encapsular toda una serie de presuntos vicios difusos que caracterizarían al gobierno y su líder. Este engendro espectral agrega una catarata gruesa y poco coherente de sospechas, episodios y circunstancias: viaja demasiado en el avión oficial, rectificó posiciones anunciadas previamente (ergo, habría mentido), se relaciona en fuerzas independentistas para aprobar leyes, se rodea de muchos asesores a costa del erario…
A veces se percibe a Sánchez defenderse, algo perplejo, alegando que su gobierno no presenta ningún caso de corrupción, a diferencia de la última etapa de gobierno del PP que, recordémoslo, terminó con una moción de censura contra el presidente de un partido condenado por su relación con una trama corrupta. Muchos simpatizantes socialistas también muestran estupor ante la agitación hiperbólica de acusaciones y reproches que realiza la derecha.
El hecho de que, a resultas de ello, los socialistas no consigan capitalizar el éxito de sus políticas invita a toda clase de preguntas sobre las raíces del éxito de la estrategia de la oposición. El desconcierto lleva a elucubrar y en la elucubración aparece la inquietante sensación de que, en un contexto de asimetría de poder mediático, la derecha juega con ventaja.
[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram] Me gustaría formular una hipótesis complementaria, que creo que no debe ser ignorada. Como evidencia una larga tradición de estudios antropológicos y psicológicos, cuyo exponente más conocido es Jonathan Haidt, autor de “La Mente de los Justos”,
los humanos tenemos racimos de intuiciones morales, que se activan de modo automático ante cualquier situación social. Pueden agruparse a en distintos fundamentos (Haidt distingue seis). Las personas progresistas y conservadoras tienden a priorizar de modo diferente esas intuiciones morales, llegando a conclusiones distintas en función de ese manejo diferenciado de criterios.
La derecha, tanto política como mediática, ha apelado exitosamente a intuiciones morales conservadoras, predisponiendo a mucha gente que las alberga contra Sánchez, a pesar de su apabullante hoja de servicios.
Me voy a detener brevemente en algunos de estos fundamentos, dos de los cuáles son posiblemente bien reconocibles. El primero se refiere al principio de cuidado/daño.
Los seres humanos evaluamos las acciones positivamente cuando protegen, cuidan, o si asisten a personas vulnerables. A la derecha le está costando reprochar cosas al gobierno en este frente. El aumento del salario mínimo, del IPREM, la mejora de las pensiones mínimas, el Ingreso Mínimo Vital, la protección de niños y dependientes, o las políticas de apoyo a familias que van a ser desahuciadas figuran en un haber brillante de este gobierno. No hay debate ni manera de retorcer el desempeño en esta dimensión.
Tampoco tienen recorrido las críticas que sugieren que el gobierno viola un segundo fundamento moral: el de no aplicar criterios de proporcionalidad, privilegiando a los que menos se lo merecen y negando una parte justa a quienes se lo merecen más. Es cierto que el gobierno ha exigido un mayor compromiso fiscal a los que más tienen, pero los datos demoscópicos muestran que esta no es una idea impopular que pudiera despertar intuiciones morales de injusticia. En contraste, el PP quiere bajar impuestos: defiende las posiciones clásicas del liberalismo económico, consecuente con un principio de “individualismo posesivo” y la confianza de que dicha política pudiera contribuir a dinamizar la economía.
Es una posición que cuenta con sus partidarios, pero la mayoría de la ciudadanía no parece percibir que viva en una suerte de “infierno fiscal”.
Hay un consenso muy amplio que respalda la idea de que, como sociedad, teníamos una deuda con los sectores populares, muy castigados por la Gran Recesión primero y la concatenación de crisis provocadas por la pandemia y las consecuencias colaterales de la guerra en Ucrania. Las políticas que el gobierno ha diseñado para, entre otras, aliviar el coste de la cesta de la compra, abaratar el transporte público o provocar la bajada de los precios de la electricidad han beneficiado a mayorías sociales y gozan de saludable apoyo ciudadano.
Pocos se han atrevido a cuestionar el blindaje del poder adquisitivo de los pensionistas, una medida extraordinariamente cara, pero que no desgasta al gobierno. Incluso Feijoo ha atribuido (falazmente) al PP una hoja de servicios en que habría cumplido siempre con el precepto de revaloriza pensiones conforme al IPC.
El aspecto en el que la derecha ha logrado despertar intuiciones morales más intensas contra el “sanchismo” ha sido al suscitar evaluaciones con otros fundamentos morales que también forman parte del engranaje mental humano: el de la lealtad, el de la autoridad, o el de la santidad/pureza.
Son intuiciones morales universales, pero sobresalen en personas conservadoras. Como sugieren los estudiosos, en la historia evolutiva del ser humano, han permitido mantener a los grupos unidos, apuntalando el respeto a costumbres y tradiciones, a las directrices emanadas de la autoridad, disuadiendo a los individuos de la desobediencia, de traspasar líneas rojas o violar tabúes. Son fundamentos que, a lo largo de la historia, han ayudado al género humano a resguardarse de los riesgos que acechaban en su entorno natural y a afrontar colectivamente peligros, pero que también, muchas veces, han frenado el desarrollo económico y tecnológico, el progreso de los derechos y la tolerancia hacia la diferencia.
En estos tiempos de miedos e incertidumbres, esta clase de intuiciones morales regresan con fuerza y apuntalan proyectos nativistas e identitaristas.
En este terreno, la derecha política ha jugado sus bazas con eficacia. Ha logrado construir la imagen de un gobierno “desleal” que traiciona a España (“Sánchez o España”), cómplice de sediciosos y violadores, un gobierno que ilegítimamente ha traspasado líneas rojas acordando cosas con herederos del terrorismo y enemigos de la patria.
Un gobierno que relaja las líneas de autoridad por la que se debe regir la relación entre centro y periferia, optando por una horizontalidad (“cogobernanza”), que choca con la fe patriotera y centralista de amplias capas de la población. Un gobierno que, desde esta perspectiva moral, cuestiona modos de vida (el reparto desigual de roles domésticos, comer carne, la forma en que tratamos a nuestros animales), escarba en responsabilidades sobre los que algunos quisieran echar tierra (los crímenes del franquismo, los negocios de Juan Carlos de Borbón), profana tumbas (en Cuelgamuros), o incluso se propone dinamitar los marcos de delimitación entre sexos (Ley trans).
Para conseguir poner en el foco esto quebrantamientos de fundamentos morales conservadores la derecha se ha ayudado de estrategias de comunicación propias del populismo más desinhibido: abusando de la retórica descortés y desafiante, la hipérbole y la falacia, alimentando el antagonismo y la agresividad, deslegitimando sin miramientos al rival hasta el punto de convertirlo en un enemigo de los principios constitucionales o la patria.
Lo que al principio podían parecer pecados veniales en los que Ayuso, Casado o Feijoo incurrían de manera ingenua y episódica, acomplejados por la acusación de ser una “derechita cobarde” frente al gobierno, tienden a configurarse como una estrategia deliberada y recurrente.
Con ello, se emula modos de proceder de grupos conservadores en Estados Unidos y Europa, que han rentado grandes resultados.
Líderes como Berlusconi, Trump, Johnson o Kurz han abierto nuevos espacios al empleo estratégico de noticias falsas, elucubraciones conspiranoicas, enunciados distorsionados, simplificados o carentes de fundamentación, información problemática (wicked content), tanto en campaña como en la justificación de sus actuaciones al frente de sus gobiernos. Tampoco han dudado en recurrir a nuevos recursos tácticos para asegurar la propagación de sus mensajes (“
dog whistle politics”, “
dead cat strategy”, “
flooding the zone with shit”, etc). Los incentivos para elegir esta vía son enormes. En entorno mediático y digital en rápida transformación, la mentira se propaga con más rapidez y eficacia.
En su nueva deriva, la derecha española ha contado con la ayuda inestimable del enorme poder mediático afín, que se ha aplicado con la misma virulencia que su día utilizó para desatar pasiones viscerales contra el “felipismo” y el “zapaterismo”. Pero el contexto ha cambiado, incrementando la potencia de las estrategias de comunicación más agresivas y procaces. Las redes se han convertido en el gran amplificador de los contenidos de otros medios, pero solo si éstos consiguen en primer lugar motivar a las personas a contárselos al mundo. Motivar a las audiencias a reproducir contenidos es el nuevo gran reto de los medios políticos.
La derecha mediática (especialmente una nueva generación de digitales de derecha radical) se ha empleado a fondo y con eficacia en conseguirlo. En un contexto de recrudecimiento de la competición entre medios y acceso generalizado a métricas de audiencia, han entendido que el disenso y la confrontación no solo pueden ser una magnifica estrategia de promoción de objetivos políticos, sino que además es la única económicamente rentable.
Win, win.
El 23-J elegimos a quien votamos. Nuestras fibras morales jugarán un papel importante en nuestra elección. Pero no está todo el pescado vendido. No podemos elegir cómo funciona nuestra mente. Pero saber algo más sobre sus engranajes y cómo operan nuestras intuiciones morales nos ayuda a elegir con más conocimiento de causa, y nos permite activar alertas cognitivas para impedir que algunos intenten inducir falazmente nuestra decisión. Nos capacita, en definitiva, para elegir con más libertad.