

El rápido y consistente afianzamiento de Vladímir Putin en el poder se debió, entre otros factores, a su comparación con el siempre embriagador (y casi siempre embriagado) Boris Yeltsin. Frente al caos yeltsiniano de los años 90, los asesores de Putin se esforzaron por reeditar en él el mito del buen zar: una autoridad firme y severa con los corruptos pero paternalista con el pueblo, un exclusivo garante de la seguridad y unidad de Rusia ante las amenazas exteriores e interiores. Una construcción simbólica sostenida en la réplica a las tres dimensiones de la decadencia experimentada con Yeltsin: la socioeconómica, la internacional,
y la de la autoridad presidencial como cúspide del Estado.
Durante la Presidencia de Yeltsin, las elecciones parlamentarias fueron ganadas bien por los ultra-nacionalistas de Vladímir Zhirinovski (PLDR), bien por el Partido Comunista (PCFR) de Guennadi Ziuganov. A finales de la década, la idea de una salida comunista o ultra-nacionalista al caos yeltsiniano causaba pánico tanto al establishment ruso como al occidental. Entonces llegó Putin. Su primer golpe de efecto fue el enérgico inicio de la segunda guerra chechena en agosto de 1999. Posteriormente llegarían otros, como la persecución y detención de oligarcas o la centralización del poder territorial.
Además, Putin, se preocupó, en mucha mayor medida que Yeltsin, de ordenar y someter al conjunto del sistema político ruso, incluido su sistema de partidos. Para ello se valió tanto de la domesticación de las formaciones de Zhirinovski y Ziuganov como de la creación de dos partidos del poder abiertamente pro-Putin, con Rusia Unida ocupando el flanco conservador y Rusia Justa, el socialdemócrata. Cuando, por exigencia constitucional, Putin traspasó a Dmitri Medvédev la Presidencia en 2008, el consenso putiniano, esto es, la mayoría social en torno a Putin y el régimen político por él establecido, no parecía tener fisuras.
Sin embargo, ese consenso no era tan sólido al arribar el doble contexto electoral de 2011-2012; legislativo en diciembre de 2011 y presidencial en marzo de 2012. Rusia estaba en crisis, con signos de agotamiento político, económico y social, llegando a afectar a la popularidad no sólo de Rusia Unida, sino del propio Putin. La retórica de antaño ya no convencía y crecientes sectores de la ciudadanía reclamaban soluciones a los problemas del día a día. Paradójicamente, el contenido y forma de las protestas post-electorales denunciando fraude, similares a las llamadas 'revoluciones de colores', permitieron recuperar el discurso de 'Putin o el caos'. Especialmente, Putin se centró en la amenaza exterior a la soberanía rusa, comparando las elecciones presidenciales con la batalla de Borodino en 1812 contra el ejército invasor de Napoleón.
Mientras la respuesta discursiva basada en las amenazas le sirvió para recuperar su popularidad, la ciudadanía siguió haciendo responsable al Gobierno y a Rusia Unida de los escasos resultados de su gestión. En otoño de 2013 se reforzó esa dinámica divergente. Al tiempo que Putin alcanzaba cotas de popularidad no conocidas gracias a su contundencia en la crisis de Ucrania, Alexey Navalny, uno de los líderes de las protestas post-electorales, obtenía el 27% de los votos en las elecciones a la alcaldía de Moscú. Nunca antes un opositor real al 'consenso putiniano' había alcanzado ni la mitad de ese porcentaje.
Ya en 2016, una mirada superficial a los resultados del pasado domingo en las elecciones legislativas rusas conduce a destacar, sin mayor matiz, la apabullante victoria de Rusia Unida con 343 escaños en la Duma de 450 posibles; esto es, un 76,2% de la Cámara. Se trata de una mayoría que a nivel institucional permite reformar la Constitución a placer y da garantías a Putin para su reelección en 2018.
El dominio institucional no refleja, sin embargo, un regreso al consenso putiniano previo a 2011; más bien se evidencia la singular dualidad de una ciudadanía parcialmente entregada al liderazgo de Putin, pero absolutamente alejada de cualquier proyecto político representado en las urnas, incluido el de Rusia Unida. El 'consenso putiniano' es frágil más allá de Putin. Tres elementos permiten, en conjunto, sostener esta afirmación: el favor del sistema electoral, las numerosas irregularidades del proceso electoral y la esperanzadora alta abstención registrada en los comicios.
El sistema electoral mixto (225 diputados por sistema proporcional en circunscripción única y 225 por distritos uninominales) ha distorsionado más que nunca el reparto en función de los votos recibidos. Rusia Unida, con el 54% de los votos, obtiene el 74% de escaños al casi monopolizar el reparto en los distritos uninominales, con 203 de 225 posibles. Le acompañan en la Cámara la otra pata del bipartidismo putiniano: Rusia Justa, con 23 diputados y un 5,1%, el radicalismo domesticado (PCFR, con el 9,3% y 42 diputados) y el PLDR de Zhirinovski, con 39 y un 8,7%. Ningún partido de oposición real supera el umbral, a pesar de que los socialdemócratas de Yabloko alcanzan el 9% tanto en Moscú como en San Petersburgo, mientras Parnas, liderado por el neoliberal Mijaíl Kasyanov, no llega al 1%.
En cuanto a la evaluación del proceso electoral, el informe de la misión de observación de la Osce deja claroscuros, lo cual es un progreso. Las luces corresponden sobre todo a la labor realizada por la nueva presidenta de la Comisión Electoral Central, Ella Panfilova, quien se comprometió a dejar su cargo si detectaba un fraude masivo. Su intervención ha permitido que el porcentaje de participación oficial se acercase más a la realidad que en anteriores ocasiones. Sin embargo, y aquí vienen las sombras, la mayoría de las irregularidades denunciadas se han producido en las comisiones electorales locales y regionales, repitiéndose los vergonzantes videos de relleno de urnas o cifras en algunas repúblicas propias de regímenes totalitarios como Chechenia, donde Rusia Unida obtuvo un 96,3% con el 94,9% de participación. Es gracias a esos desequilibrios regionales donde el apoyo de Rusia Unida se dispara pues, por ejemplo, tanto en Moscú (con un 37%) como en San Petersburgo (39%) sus cotas son terrenales.
Estos porcentajes cobran mayor relevancia al producirse en un escenario de muy baja participación electoral: un 48% en el conjunto del país, reducido a un 35% en la región de Moscú y a un 32,5% en la de San Petersburgo. Apenas un 12,5% del electorado moscovita votó por Rusia Unida; y un 25% en el conjunto de Rusia, con todas las irregularidades a la chechena incluidas.
En cualquier caso, es un abstencionismo esperanzador, pues habla de una Rusia en tensión democrática y crítica. Democrática porque cada vez son más los cargos administrativos que se niegan a formar parte de una farsa electoral, resistiéndose al menos a inflar las cifras de participación a mayor gloria de Putin. Crítica sencillamente porque duda, un logro en un contexto de polarización política movilizada desde el Estado. El paso que resta a la sociedad rusa es generar alternativas políticas capaces de aglutinar mayorías sociales. El miedo o la incapacidad para hacerlo, así como la angustia ante un horizonte de inestabilidad, son hoy el principal aval de un, por lo demás, frágil 'consenso putiniano'.
(Esta entrada se publica en colaboración con Eurasianet.es)
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