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El equívoco sobre el alcance político real de la consulta puede leerse también a través de diversos elementos contextuales que la acompañan: en primer lugar, cierto cuestionamiento de Pablo Iglesias por la estrategia de Podemos sobre Cataluña. De nuevo, la anécdota fue la involuntaria revelación de un plan urdido por el entorno de Carolina Bescansa. La categoría era, obviamente, la preocupación interna por el descenso en las perspectivas electorales del partido. En segundo término, el realineamiento interno producido a partir de la candidatura de Íñigo Errejon para la Comunidad de Madrid, acuerdo del que se excluyó el sector anticapitalista. No parece casualidad que el grupo que más abiertamente se ha significado en la consulta de estos días sean los anticapitalistas. En tercer lugar, los apoyos sin condiciones de Errejón, primero, y de Iglesias, después, a las respectivas mociones de censura del PSOE contra Cifuentes y Rajoy. Esto marca un giro narrativo más que notable frente a la política tribunicia adoptada por Podemos después de las elecciones generales de 2015, y redunda en esta nueva voluntad de hacer política desde las instituciones que ya se dejó entrever en Castilla-La Mancha con el acuerdo entre Podemos y el PSOE para gobernar en coalición. El realineamiento interno de fuerzas y la apuesta por la política institucional van contra la línea de flotación de los acuerdos de Vistalegre II y por sí solos podrían justificar una nueva Asamblea. De nuevo, los tiempos y los tempos que marcan la política española (¿cambio de presidente?, ¿cambio en el partido de gobierno?, ¿elecciones anticipadas?) han hecho confluir todas estas cuestiones en la votación de una cuestión de confianza que, por el interés de todas las partes en disputa, ha tratado de todo menos de los aspectos políticos sustantivos que la acompañan. En tercer lugar, la consulta ratifica la importancia de la figura de Pablo Iglesias al frente de Podemos, lo que sin duda plantea retos en el proceso de institucionalización del partido. Por ejemplo, una dirección muy personalista, reforzada por mecanismos de consulta plebiscitarios y con poderes disciplinarios y organizativos muy amplios deja en una posición muy complicada a las minorías internas. En este sentido, es muy ilustrativo que estos días se haya anunciado un pacto entre Podemos e IU en Andalucía que podría derivar en algo parecido a Catalunya en Comú. ¿Es éste el camino que les espera a aquellas direcciones territoriales que recelen de su autonomía o discrepen del modo en que se construye el partido? De ser así, cabría esperar que el personalismo que ha caracterizado a Podemos en el nivel nacional vaya acompañado por una gestión todavía más compleja de las relaciones entre éste y un creciente número de confluencias.
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