
He ahí la paradoja: Sánchez llega al poder sostenido sobre los partidos que más apoyo electoral le han drenado estos últimos años, y que tratarán de seguir haciéndolo en el futuro. Deberá sostenerse sobre ellos al tiempo que recupera de éstos una parte del electorado fugado.
Ante ese panorama, ¿cómo competir con todos ellos? Mediante una pirueta muy complicada: reagrupando y desmovilizando. Atrayendo a millones de votos de la izquierda sin asustar o movilizar votos del centro-derecha. Ese tipo de acrobacias son las que persiguen las estrategias de competición centrípetas u orientadas al centro. O al menos ésta era la regla del manual de la política española anterior a 2014. Desde entonces, la llegada de nuevos partidos y la polarización creciente que trajo la política de trincheras incubada desde los años de Zapatero (ver aquí el gráfico que dibujé hace unos meses) ha hecho mucho más difícil competir por el centro. Incluso la emergencia de Ciudadanos en el electorado de centro ha operado más como factor de polarización que de moderación, como ya expliqué aquí. En ese nuevo contexto, con competidores fuertes a izquierda y derecha, un movimiento en una dirección comporta pérdidas en el sector contrario.
Además, el perfil de los votantes perdidos a izquierda y derecha pueden ser incluso opuestos. Como ilustramos en un estudio de próxima aparición (*), los ex votantes socialistas de 2011 que en último ciclo optaron por votar a Podemos/IU o Ciudadanos/PP eran distintos en su edad, estatus social, en su televisión de referencia, en su perfil ideológico (obviamente) y en algunas de sus actitudes políticas. No es un dato sorprendente, pero muestra hasta qué punto resultará difícil ofrecer un discurso o una acción de gobierno coherente para electores tan dispares. Un rasgo compartido con el resto de la socialdemocracia europea: el declive de la clase obrera tradicional que la había apoyado está dando paso a grupos heterogéneos y de difícil amalgama bajo un mismo programa socialdemócrata. Sólo planteamientos personalistas o, como indicábamos antes, la unión contra un enemigo común parecen funcionar de momento como ejes substitutos de la antaño patria del género humano que cantaba la Internacional.
En ese sentido, es interesante constatar la evolución de Sánchez en su etapa de liderazgo político. Ante el dilema de competir por el centro desde la izquierda o de disputar el voto de la izquierda desde el centro, Sánchez inició su primera etapa como secretario general con un discurso cada vez más abiertamente centrífugo, tratando de recuperar votantes de izquierda, aunque eso significara sacrificar la identidad centrípeta que el PSOE había desarrollado desde que la generación de Suresnes se hiciera con el partido en 1974. Más allá de cuestiones personales, ése parece ser el argumento para su caída en octubre de 2016: el último gesto de la generación de González para abortar lo que veían como una podemización del PSOE. La entrevista de Sánchez en La Sexta poco después de aquellos hechos contribuyó a esa interpretación, y dio credibilidad a la estrategia que empleó en los meses siguientes: la rebelión contra las elites del partido. Pero eso quedó atrás: desde el día después de esas primarias, Sánchez ha recuperado una orientación inequívocamente centrípeta, que probablemente mantendrá en sus meses de gobierno. Los errores propios de Podemos se lo han acabado permitiendo.
¿Qué implicaciones tiene esto para tratar de anticipar la acción del Gobierno socialista en los próximos meses? Una estrategia de ese tipo augura una agenda política rica en gestos diversos, pero modesta en políticas públicas substantivas y carente por completo de reformas de calado (territorial o social). No sólo porque la mayoría parlamentaria es precaria, sino porque contener la agenda reducirá el riesgo de producir descontentamiento entre sus potenciales electores a un lado y otro. Sabemos que hacer políticas orientadas a un grupo no necesariamente favorecen su lealtad electoral en el corto plazo, y en cambio las decisiones que descartan otras políticas sí pueden acabar generando la desafección de los desatendidos.
Pero, ¿significa esto dilatar y no hacer nada, en el sentido rajoyístico de la expresión? No exactamente, porque tampoco se lo puede permitir: más bien podemos encontrarnos con un Gobierno que intente aplazar la decepción, que se esfuerce en recuperar apoyo electoral 'no por lo que haga, sino por lo que podría hacer'. Es decir, invertir la trampa de las expectativas: intentar no sucumbir incumpliendo irremediablemente esperanzas de grupos de electores heterogéneos y opuestos; antes bien, alimentar de forma creíble las expectativas por lo que podría hacer con un mayor apoyo parlamentario propio o, al menos, unos adversarios más debilitados. Saber articular eso en el discurso y en la acción será la prueba del éxito de los ministros que entren en el Ejecutivo esta semana.
¿Dónde puede favorecer esa inversión de las expectativas? Alimentando la disputa social, intentando desmantelar (sin conseguirlo necesariamente) parte de la agenda del Gobierno de Rajoy y enfriando la cuestión territorial, dilatando los plazos de canalización del conflicto catalán con un trato más amable institucionalmente entre las partes.
Curiosamente, en ese objetivo puede acabar encontrando los mejores cómplices en el PP y en los partidos soberanistas, como explicábamos aquí el otro día. Al primero le interesa tanto como al PSOE reducir el espacio de Ciudadanos mediante la polarización social, pero sin entrar en una verdadera escala identitaria; a los segundos, les conviene tiempo y más tiempo para aclararse internamente y redefinir un lenguaje aún proclive a la magnificación política (la desobediencia, la república
).
Sin embargo, no todo será tan fácil de cuadrar. ¿Con qué temas pueden definir PP y PSOE de forma creíble la oposición entre la izquierda y la derecha sin seguir siendo desbordados por sus adversarios emergentes? ¿Por cuánto tiempo podrá resistir el PP el calendario de sentencias judiciales pendientes? Cualquier duda en estos interrogantes puede acabar derivando en una competición tan evanescente como emocional entre PP y Ciudadanos por la españolidad; lo que puede enjaular a Sánchez en un conflicto el de Cataluña, en el que la lógica judicial y de encarcelamientos está fuera de sus manos. ¿Cómo abordará Sánchez un re-enfoque de las relaciones con el Govern de Torra en las que éste acepte asumir el diálogo previo con la oposición dentro de Cataluña, donde Ciudadanos es el primer partido? Cuando hay demasiadas incógnitas en la ecuación, la calculadora puede dar error.
En Portugal, al Gobierno socialista en minoría apoyado por comunistas, verdes y nueva izquierda enseguida se le denominó despectivamente el Gobierno de la chapuza (geringonça). Apenas dos años después, los socialistas portugueses encaran con buenas expectativas el fin de la legislatura. Sánchez no tendrá tiempo para desarrollar una agenda política de cambio como la de António Costa, pero tampoco lo necesitará: con el triunfo de la moción de censura ha iniciado de facto la verdadera campaña electoral para las próximas elecciones generales y ha ganado la palanca para decidir cuánto durará.
(*) P. Correa, O. Barberà, y J. Rodríguez Teruel (2018): 'El PSOE o la impotencia de la izquierda', en F. J. Llera Rampo, M. Baras y J. Montabes, eds. 'Elecciones Generales 2015-2016', Madrid, CIS (en prensa).
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