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Elegir al nuevo líder de un partido es muy fácil, pero acertar es extremadamente difícil, porque al elegirlo hay que satisfacer a colectivos con intereses variados, si no contrapuestos. En general, si el líder saliente puede intervenir en la selección de su sucesor, se inclinará por apoyar a alguien próximo y obediente. Docilidad y lealtad son dos cualidades muy apreciadas por quienes deben seleccionar a un sucesor. A su vez, el candidato preferido para la cúpula nacional -y las territoriales- será aquél que, sin suponer una amenaza para el poder que ahora ostentan, augure más éxito electoral al partido. Tanto Rajoy como buena parte de los cargos del PP desean elegir a un líder por consenso, o cooptarlo. Es lo más fácil y cómodo, pero no es evidente que sea lo mejor. Hay que recordar que los principales partidos que compiten hoy con el PP lo hacen con líderes elegidos por su militancia en primarias. Y todos son líderes jóvenes. La opción fácil y cómoda, la no arriesgada, es presentar a un solo candidato, previamente consensuado. Sin embargo, ese camino garantiza subsistir, pero resta al sucesor posibilidades de ilusionar y enfrentarse con éxito a la creciente popularidad de Ciudadanos. El Congreso Extraordinario que convocará la Junta Directiva Nacional no podrá celebrarse antes del próximo 11 de julio. Una vez se convoque, se abren dos plazos esenciales para hacer posible la elección del sucesor: quien quiera ser (pre)candidato dispone de un plazo de entre siete y 15 días para presentarse. Igualmente, cualquier afiliado que desee votar a los precandidatos, ser compromisario o ambas cosas, deberá inscribirse para participar en la elección. Si se cumplen los plazos anunciados, los afiliados podrán apuntarse como electores del sucesor de Rajoy hasta el próximo 26 de junio. Así, antes de celebrarse el Congreso, los militantes del PP que se hayan inscrito votarán en las 49 circunscripciones provinciales y las 11 insulares, por un novedoso sistema de doble urna que fue aprobado en el 18º Congreso, en febrero de 2017. Por primera vez, la militancia podrá hacerlo directamente al sucesor. Entre los precandidatos que concurran, en una urna; y entre los aspirantes a compromisarios (representantes de la militancia en el Congreso Nacional), en otra. Si la opción de la afiliación fuera claramente mayoritaria, serán los militantes los que, sin intermediarios, decidan quién sucede a Rajoy. Si las opciones de las bases estuvieran más equilibradas, la militancia decidiría, de forma directa, qué dos candidatos se disputan la Presidencia, y de forma indirecta, a través de los compromisarios, quién gana de esos dos finalistas. El problema es que con este nuevo sistema electoral existe el riesgo de que el candidato más votado por la militancia no coincida con el elegido por el Congreso. No está claro que en la actual situación del PP sea un riesgo asumible. Y eso hace probable que se opte por evitar las urnas. Rajoy hizo un boceto de lo que espera de quien llegue a la Presidencia del partido: ha de ser alguien que abra una nueva etapa y que ilusione. Y aunque no lo dijo, deberá ser alguien libre del riesgo de verse salpicado por los escándalos que han rodeado al partido y acabado por derribar al Gobierno. El gran dilema es que alguien tan nuevo supondría una amenaza para quienes hoy tienen cargos en el PP, mientras que alguien menos nuevo podría no ilusionar lo bastante como para hacer al partido revertir la sangría que está sufriendo.
Desde julio de 2017, el PP ha dejado de encabezar las encuestas. La mayoría lo coloca por detrás de Ciudadanos. Según el barómetro de abril del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), sólo 12 de cada 100 españoles le votarían ahora, lo que le dejaría como tercera fuerza política nacional. A esa delicada situación se han sumado la sentencia sobre el caso Gürtel, la moción de censura y la pérdida del Gobierno. La dimisión de Rajoy ha ofrecido al partido la posibilidad de comenzar a remontar esa deriva. Veremos.
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