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El proceso es común en todos ellos: apoyándose en una supuesta legitimidad emanada de un pueblo al que dicen representar, pero que definen de una manera excluyente -muchas veces xenófoba-, proponen la adopción de medidas urgentes (generalmente simplistas) como solución a problemas frecuentemente complejos. Para ello, llevan a cabo importantes reformas institucionales que les permitan hacer frente a una élite corrupta. Élite que incluye no sólo a políticos y élites económicas, sino generalmente también a escritores, pensadores, académicos e incluso artistas. El fin es aplastar la disidencia y, al mismo tiempo, perpetuarse en el poder. El tipo de respuesta ante movimientos como el de Orban en Hungría, Kaczy?ski en Polonia o Erdog?n en Turquía definirá el futuro de la democracia, no ya sólo en el Viejo Continente, sino en países como Nicaragua, Burundi o Filipinas. Nos encontramos, pues, ante una encrucijada sin parangón desde finales de los años 20, principios de los 30, en la que debemos decidir si, como Jano, la democracia puede tener dos caras: una reconocible -caracterizada por la libertad, el pluralismo y la tolerancia- o una deforme donde, tras una simple fachada electoral, se oculta un régimen iliberal, nativista y exclusivista. La pregunta que nos debemos hacer es: ¿cómo podemos salir? Con esa idea en mente, un nutrido grupo de pensadores, académicos y activistas de todo el mundo, expertos reconocidos en materia democrática, se reunió recientemente en Bruselas para trazar cuáles han de ser las principales líneas de acción. Las conclusiones, plasmadas en un documento publicado el viernes pasado, apunta a tres elementos. En primer lugar, debemos entender que la encrucijada democrática se ve alimentada por una crisis de representación política sin precedentes. Los partidos políticos tradicionales sufren la mayor crisis de sus historia, el apoyo a partidos populistas, nativistas y anti-establishment se ha incrementado y la confianza en instituciones representativas (v.g. Parlamento, Gobierno) parece haber tocado fondo.
Fuente: encuesta 'Income and Living Conditions' (2015), Eurostat.
La consiguiente colusión por parte de partidos políticos y élites poderosas que pretenden defender sus intereses particulares a costa del resto no deja de ser una forma de subversión democrática. De igual manera, la democracia sólo es tal si es inclusiva y se esfuerza activamente en representar a todos los ciudadanos por igual, especialmente a aquellos grupos tradicionalmente más marginados: mujeres, jóvenes, inmigrantes, personas con discapacidad, etc.
Pero, sin duda, el punto más importante, la piedra angular sobre la que se asienta toda solución a esta encrucijada democrática es la necesidad de aceptar el envite populista y afrontarlo y defender la democracia, de manera abierta y sincera. Es evidente que los sistemas democráticos actuales no carecen de fallos, algunos de ellos importantes (desigualdad, cartelización del sistema de partidos), y que no existe en todo el mundo una democracia perfecta a la que imitar: ya ni siquiera en Escandinavia. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de Winston Churchill, no deberían existir dudas sobre la importancia de defender la democracia como único sistema político capaz realmente de desatar y realizar el potencial humano.
Una democracia fuerte, anclada en la participación ciudadana, la (efectiva) división de poderes, la igualdad de oportunidades, el respeto a las minorías, la asunción de responsabilidades (políticas y judiciales), la integridad institucional y el debate público, es sin lugar a dudas la mejor receta para el progreso económico y la paz social que caracterizaron la segunda parte del siglo XX.

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