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El problema con las preferencias del auto-torturador es que son intransitivas. Esto implica que, pese a que cualquier persona preferiría la configuración de corriente eléctrica 2 a la 1 y la 1.000 a la 999, sin duda escogería la 1 antes que la 1.000 incluso aunque le ofrecieran todo el dinero del mundo. Por lo tanto, si cada mes hace caso a sus preferencias a corto plazo se verá inequívocamente abocado a un dolor extremo antes o después. Esta forma equivocada de tomar decisiones a largo plazo, basada en el parecido que tienen las configuraciones de dolor entre sí y la gran diferencia de utilidad percibida por el dinero que se recibe por avanzar una de ellas, ha sido testada en diversos experimentos realizados por Amos Tversky y Ariel Rubinstein. También aparece en numerosos proyectos a largo plazo que exigen gran esfuerzo, como han señalado los filósofos Sergio Tenenbaum y Diana Raffman. En cualquier proyecto que tenga cierta vaguedad y cuyos frutos no se vean inmediatamente, como escribir un libro o estudiar una oposición, se dan las circunstancias adecuadas para que tenga lugar la procrastinación que nos lleve a no conseguir nuestro objetivo. Seguramente, en cada una de las acciones en que se ejecuta ese proyecto hay innumerables posibilidades mejores que hacer con ese valioso tiempo, pero si atendemos a nuestras preferencias inmediatas nunca conseguiremos nuestro objetivo. Creo que merece la pena preguntarse si no nos ocurre algo parecido con el cambio climático y la reducción de las emisiones. Cada mes incrementamos la contaminación de nuestro planeta, aparentemente de manera irreversible, y aumentamos así las posibilidades de efectos indeseados de una manera casi imperceptible en el corto plazo. Como es imposible darse cuenta de los efectos cercanos en el tiempo que implica contaminar más durante un solo mes, y al fin y al cabo los peligros del cambio climático nos pueden parecer vagos o incluso ya inevitables, seguimos procrastinando con nuestras elecciones climáticas: para qué hacer hoy lo que podemos hacer mañana. De esta manera se explica el fracaso de la Alemania de la concienciada Angela Merkel en los objetivos de 2020, que prometió, en cambio, que su país ya se está preparando para cumplir los ambiciosos objetivos de 2030. Y así se explica también que en los Acuerdos de París la mayoría de los objetivos se definan en términos vagos y en promesas no vinculantes jurídicamente. Al fin y al cabo, parecen pensar los gobernantes y la mayoría de los votantes, lo absolutamente prioritario en este momento no es acabar con el incremento de contaminación que supone un año más sin acuerdos climáticos serios. Siendo bienintencionados, lo prioritario para ellos sería acabar con la pobreza, el desempleo y las desigualdades estructurales de nuestras sociedades. Esta forma de pensar tiene ventajas para el desarrollo económico y social, pero quizás dependa de un futuro, que seguramente no existirá nunca, en el que todas las urgencias hayan quedado solventadas y podamos centrarnos al fin en el planeta. Los potenciales riesgos de la amenaza climática ya se empiezan a hacer notar en forma de huracanes, tormentas y un aumento sostenido de las temperaturas en los últimos años. Aplicando la metáfora del auto-torturador a la amenaza climática, casi todos podemos estar de acuerdo en que no estamos ya en el nivel 1 de configuración y de que tampoco queremos llegar al nivel 1.000. Desgraciadamente, nuestros incentivos siguen siendo tan perversos como los de la primera configuración. A pesar del consenso científico, las declaraciones de la mayoría de los políticos y la concienciación aparentemente masiva, las últimas noticias invitan a un pesimismo que ya anunciaba un formato de negociación a corto plazo que no se ajusta a las necesidades estructurales del problema. Como ha señalado Manuel Arias Maldonado, es "como si no terminásemos de creer lo que decimos creer". Por tanto, hay una "considerable brecha que se abre entre las potenciales consecuencias del cambio climático y la inacción colectiva que acompaña a su identificación". Aunque es difícil y exige fuerza de voluntad y ciertas restricciones, hay motivos para pensar que estamos preparados para vencer al auto-torturador que todos llevamos dentro y que nos impide tomar medidas efectivas contra el cambio climático. A ello se ha dedicado la profesora de la Universidad de Utah Chrisoula Andreou, que ha explorado el problema de las preferencias informadas y racionales pero intransitivas. En estos casos, un éxito en el largo plazo implica restringir nuestras posibilidades en el corto, de manera que se haga una presunción a favor de los planes previamente acordados respecto a lo aparentemente preferible e inmediato. Para ello, hay que evitar la vaguedad y la ambigüedad en los objetivos, que permiten que el auto-torturador entre en juego y que comiencen las justificaciones y explicaciones a posteriori que tan bien se le dan a la especie humana. En la medida que se pueda, hay que marcar objetivos claros y precisos que tengan un componente de inmediatez y otro a medio y largo plazo, aunque sean costosos en términos económicos y políticos. El desafío del cambio climático, potencialmente más importante que cualquier otro al que nos enfrentamos, es antes de nada una batalla contra nosotros mismos.Recibe nuestro análisis diario en tu correo
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