"Es mucho mejor político que la mayoría. Tiene mucha habilidad". Ian Shapiro habla así de Pedro Sánchez, pero no porque vea en el presidente español a un dirigente especialmente original desde el punto de vista ideológico. Al contrario, lo considera un socialdemócrata bastante convencional. Lo que le interesa es
su capacidad para reconocer las oportunidades políticas y actuar antes de que desaparezcan. Con
las elecciones generales del 29 de noviembre a la vista, esa valoración adquiere una relevancia particular.
Nos encontramos en New Haven después de un seminario en la Universidad de Yale, donde Shapiro enseña Ciencia Política desde 1984. Durante la sesión ha explicado por qué considera agotado
el orden internacional surgido del final de la Guerra Fría, una cuestión que desarrolla en su último libro,
After the Fall: From the End of History to the Crisis of Democracy, How Politicians Broke Our World. La conversación continúa durante una cena en Olea, un restaurante de cocina española y mediterránea situado cerca de la universidad.
Durante más de una hora hablamos de Donald Trump, de
los errores de la izquierda occidental, del auge de los partidos radicales, de la inmigración y del poder de las grandes empresas tecnológicas. También de la decisión de Sánchez
de adelantar las elecciones. Aunque los asuntos cambian, buena parte de las reflexiones del politólogo estadounidense de origen sudafricano convergen en una misma pregunta:
hasta qué punto los dirigentes saben aprovechar las circunstancias que les permiten cambiar el rumbo de la política.
Las oportunidades perdidas después de la Guerra Fría
Shapiro empezó a perfilar algunas de las ideas de su libro en 2019, cuando impartió las
conferencias DeVane de Yale,
un curso universitario abierto también al público que posteriormente se difundió en YouTube.
Su tesis es que
el final de la Guerra Fría abrió un periodo de posibilidades extraordinarias. La desaparición de la Unión Soviética permitía replantear las relaciones internacionales,
reformar las instituciones y construir un orden político distinto. Sin embargo, los dirigentes occidentales optaron por consolidar la hegemonía estadounidense y extender las instituciones existentes. Se impuso así un modelo basado en la liberalización económica, la globalización y la confianza en que la democracia liberal terminaría convirtiéndose en el sistema político dominante.
"Los dirigentes occidentales optaron por consolidar la hegemonía estadounidense y extender las instituciones existentes"
De aquel consenso no queda mucho. "Creo que hoy estamos en una situación parecida a la del final de la Guerra Fría. El consenso neoliberal se ha desintegrado y todavía no sabemos qué va a sustituirlo", explica Shapiro. La novedad, esta vez, es que
la derecha radical ha sido la primera en comprender las oportunidades que ofrece el nuevo escenario.
Donald Trump supo
romper con las convenciones del Partido Republicano cuando las condiciones le fueron favorables. Otros políticos, como Pat Buchanan, habían defendido posiciones similares años antes sin conseguir transformar el partido. Para Shapiro, ese contraste no puede atribuirse únicamente a la capacidad de cada dirigente. También interviene
la suerte, un factor que considera insuficientemente atendido por las Ciencias Sociales.
Una misma propuesta puede resultar irrelevante durante décadas y convertirse después en el centro del debate político. Las ideas importan, pero también el contexto en el que surgen y
la habilidad para reconocer cuándo ha llegado el momento de defenderlas.
Pedro Sánchez y los errores de la socialdemocracia
Cuando le pregunto por Pedro Sánchez, Shapiro
rechaza la imagen del presidente español como representante de una izquierda especialmente radical. "No veo a Sánchez como un populista de extrema izquierda. Es un socialdemócrata de centroizquierda bastante convencional", afirma.
En su opinión, una de sus principales virtudes ha sido
resistirse a desplazar sus posiciones hacia la derecha para conquistar al electorado de centro. Durante décadas, buena parte de
la socialdemocracia occidental siguió precisamente ese camino, especialmente a partir de los años noventa. Fue la estrategia conocida como triangulación, utilizada por Bill Clinton con el asesoramiento de Dick Morris: acercarse a algunas de las posiciones del adversario para atraer a sus votantes.
Según Shapiro,
aquella fórmula funcionó electoralmente, pero debilitó a la izquierda a largo plazo. "Fue una buena táctica a corto plazo, pero una estrategia terrible para la izquierda", resume. Los partidos socialdemócratas asumieron una parte importante del marco económico conservador y contribuyeron a desplazar los límites del debate político. Mientras tanto,
la derecha siguió avanzando hacia posiciones cada vez más alejadas del antiguo consenso.
"Los partidos socialdemócratas asumieron una parte importante del marco económico conservador y contribuyeron a desplazar los límites del debate político"
Ilustra su argumento con los impuestos. Durante buena parte de la posguerra,
los tipos marginales máximos del impuesto sobre la renta alcanzaban el 70% o el 80% en algunos países occidentales. Hoy, propuestas fiscales mucho más moderadas pueden provocar una fuerte resistencia. Para Shapiro, ese desplazamiento ayuda a entender por qué la izquierda perdió progresivamente la capacidad de ofrecer una alternativa reconocible, incluso cuando seguía ganando elecciones. "Hay que distinguir entre táctica y estrategia", insiste.
En Europa,
las décadas de acuerdos entre conservadores, liberales y socialdemócratas permitieron construir y consolidar la Unión Europea, pero también
dificultaron, según Shapiro, que los ciudadanos percibieran diferencias sustanciales entre las principales familias políticas.
Detecta ahora un fenómeno parecido en
los partidos tradicionales de centroderecha, especialmente en materia de inmigración. Menciona a los conservadores británicos, a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) alemana y también a la socialdemocracia danesa, que ha endurecido considerablemente su discurso migratorio.
"Los votantes verdaderamente xenófobos prefieren el original", advierte. Su razonamiento es que adoptar las propuestas de la derecha radical puede proporcionar alguna victoria electoral, pero
acaba reforzando el marco ideológico de los partidos a los que se pretende combatir.
"Adoptar las propuestas de la derecha radical puede proporcionar alguna victoria electoral, pero acaba reforzando el marco ideológico de los partidos a los que se pretende combatir"
Sánchez, en su opinión, ha seguido un camino distinto. Ha conseguido
mantener una identidad socialdemócrata reconocible sin asumir buena parte de las posiciones de sus adversarios. No lo describe como un revolucionario, sino como un político que entiende que
la moderación ideológica no exige renunciar a las convicciones propias.
El adelanto electoral y la importancia de saber cuándo actuar
Ganar elecciones sirve de poco si después no se aprovecha el poder. Shapiro vuelve varias veces sobre esta idea. "Hay que hacer dos cosas: ganar unas elecciones y después utilizar la victoria", subraya.
Para ilustrar el fracaso de esa segunda tarea, cita a Keir Starmer. A su juicio, el primer ministro británico obtuvo una mayoría parlamentaria extraordinaria, pero
no ha sabido convertirla en una transformación política significativa. En cambio, ve en Sánchez y en el primer ministro canadiense, Mark Carney,
una mayor capacidad para interpretar las circunstancias y actuar en consecuencia. "Si tienes un momento, tienes que aprovecharlo. No va a durar para siempre", señala.
Para el politólogo,
los compromisos electorales no deberían convertirse en una excusa para evitar decisiones difíciles. Gobernar también exige revisar prioridades, asumir riesgos y comprender que las oportunidades políticas tienen una duración limitada.
"Gobernar también exige revisar prioridades, asumir riesgos y comprender que las oportunidades políticas tienen una duración limitada"
Le pregunto entonces por el adelanto de las elecciones españolas al 29 de noviembre, anunciado el pasado 5 de octubre, y enumero las dificultades que afrontaba el presidente:
la crisis de la vivienda, la fragilidad de su mayoría parlamentaria, la inflación y una situación internacional que podía empeorar las perspectivas económicas.
Shapiro interpreta la convocatoria como
un intento de recuperar la iniciativa antes de que las circunstancias sean todavía menos favorables. "Supongo que pensó que no habría mejores noticias entre ahora y el próximo año. Así que más vale ir ahora y recuperar la iniciativa", comenta. Después matiza: "O quizá sea el momento menos malo".
En política no siempre es posible esperar a que aparezcan las condiciones ideales. A menudo hay que decidir con información incompleta, anticipar escenarios y valorar si el paso del tiempo jugará a favor o en contra. Shapiro atribuye a Sánchez
una habilidad especial para realizar ese cálculo.
"A menudo hay que decidir con información incompleta, anticipar escenarios y valorar si el paso del tiempo jugará a favor o en contra"
Ante la posibilidad de que el PSOE gane sin conseguir reunir una mayoría suficiente para gobernar,
recuerda que las encuestas se equivocaron en 2023. Sobre una posible derrota,
no descarta que Sánchez pueda regresar más adelante. "Probablemente lo conseguiría", responde.
No es una predicción sustentada en datos electorales, sino una valoración de las capacidades del presidente. A Shapiro le interesa menos anticipar el resultado del 29 de noviembre que analizar cómo Sánchez ha elegido afrontar unas circunstancias complicadas. En su lectura, la convocatoria responde a una cualidad que no todos los dirigentes poseen:
saber cuándo asumir un riesgo.
La inmigración como elemento de unión de la derecha radical
Grandes fortunas partidarias de reducir impuestos, empresarios conservadores y trabajadores descontentos con la economía forman parte de una misma coalición electoral. Para Shapiro,
la extrema derecha ha conseguido reunir a grupos con intereses materiales muy distintos gracias, en buena medida, al rechazo a la inmigración.
"La manera más fácil de mantener unida una coalición es demonizar a quienes vienen de fuera", apunta.
Esta estrategia responde a lo que denomina política de suma cero, basada en
la percepción de que cualquier mejora de las condiciones de otro grupo supone necesariamente una pérdida para el propio. El inmigrante se convierte así en un adversario común para personas que, en otros ámbitos, tienen intereses contrapuestos.
"El inmigrante se convierte así en un adversario común para personas que, en otros ámbitos, tienen intereses contrapuestos"
Le señalo algunas particularidades del caso español.
La existencia de identidades nacionales diversas dificulta construir un nacionalismo homogéneo basado exclusivamente en una única identidad étnica. Además, el peso de la inmigración latinoamericana introduce elementos culturales y lingüísticos que diferencian a España de otros países europeos.
Sin embargo, Shapiro sostiene que
el argumento más eficaz para defender la inmigración no es necesariamente el cultural. "Es mejor utilizar el argumento económico. Y, sobre todo, el demográfico", responde.
Su preocupación principal es
el envejecimiento de las sociedades europeas. ¿Cómo podrán financiar sus sistemas de pensiones, sus servicios públicos y sus economías si la población en edad de trabajar continúa reduciéndose? A su entender, ignorar el problema puede
agravar el conflicto distributivo entre jóvenes y mayores. "La alternativa es una guerra de clases entre generaciones", advierte.
Shapiro tampoco pasa por alto las dificultades asociadas a la integración.
La presión sobre la vivienda, la educación o los servicios sanitarios exige políticas públicas capaces de responder al crecimiento de la población. Si los gobiernos no invierten lo suficiente en estos ámbitos, la inmigración puede percibirse como una competencia por recursos escasos, una interpretación que favorece el discurso de la extrema derecha.
"Si los gobiernos no invierten lo suficiente en estos ámbitos, la inmigración puede percibirse como una competencia por recursos escasos, una interpretación que favorece el discurso de la extrema derecha"
Defender la inmigración requiere, por tanto,
explicar su contribución económica y demográfica, pero también garantizar que los servicios públicos respondan a las necesidades de la población. De lo contrario, las tensiones materiales pueden terminar alimentando las divisiones políticas que los partidos radicales utilizan para ampliar sus apoyos.
Las grandes empresas y el nuevo contrato social
Hacia el final de la cena, abordamos el poder de
las grandes compañías tecnológicas. ¿Cómo pueden
las democracias recuperar capacidad de decisión frente a empresas que concentran cantidades extraordinarias de recursos económicos?
Shapiro reconoce la magnitud del problema, aunque
rechaza que el dinero determine por completo los resultados políticos. Recuerda las dos campañas de Linda McMahon al Senado por Connecticut, en las que la empresaria gastó decenas de millones de dólares de su patrimonio sin conseguir ganar. Se plantea, además, si
las nuevas tecnologías podrían terminar ofreciendo oportunidades a actores más pequeños, del mismo modo que los drones relativamente baratos han modificado las relaciones de fuerza en los conflictos militares.
No tiene una respuesta definitiva sobre cómo evolucionará el poder de las grandes compañías, pero sí
defiende la necesidad de reconstruir el contrato social. Los mercados digitales, explica, favorecen dinámicas en las que unas pocas empresas concentran una parte desproporcionada de los beneficios. Por eso estima que
las herramientas tradicionales contra los monopolios resultan insuficientes.
"Los mercados digitales, explica, favorecen dinámicas en las que unas pocas empresas concentran una parte desproporcionada de los beneficios"
"Podemos aceptar que tengan éxito, pero tenemos que gravar esos beneficios", argumenta.
Los ingresos obtenidos deberían financiar inversiones en educación, sanidad, vivienda y formación de los trabajadores.
Le pregunto cómo convencer a las grandes empresas de que acepten mayores obligaciones. Su respuesta es pragmática: porque también les interesa.
Las compañías necesitan trabajadores cualificados, estabilidad institucional, mercados abiertos y sociedades con suficiente capacidad de consumo. El crecimiento de los movimientos autoritarios y nacionalistas amenaza algunas de esas condiciones.
Evoca entonces a
los empresarios europeos que durante los años treinta creyeron que podrían utilizar políticamente a Hitler o Mussolini en beneficio propio. Las consecuencias terminaron desbordando sus cálculos.
A su juicio,
una democracia debilitada acaba siendo también un problema para las empresas. De ahí su defensa de un nuevo acuerdo entre el mundo empresarial, los trabajadores y los gobiernos que permita
repartir mejor los beneficios del crecimiento económico y reducir la inseguridad material.
Una oportunidad para cambiar el rumbo
Antes de despedirnos, Shapiro me habla de
su próximo proyecto, un libro sobre Sudáfrica durante las décadas de 1960 y 1970, antes del final del 'apartheid'. Es un país que conoce bien: nació allí, en una familia que llevaba tres generaciones establecida en su territorio. Se marchó en 1972, vivió en Reino Unido y llegó a Estados Unidos en 1978, donde pudo continuar sus estudios de posgrado.
Su biografía ayuda a comprender
su atención a las circunstancias históricas y al margen de acción de los individuos. Es también una preocupación central de
After the Fall, donde examina las decisiones que llevaron a Occidente desde el optimismo posterior a la caída del Muro de Berlín hasta la crisis actual de sus democracias.
Para Shapiro, ese desenlace no era inevitable. Los dirigentes occidentales tomaron decisiones que contribuyeron a debilitar la confianza en las instituciones y a favorecer el crecimiento de fuerzas políticas contrarias al consenso liberal. Asimismo, sostiene que
las condiciones actuales ofrecen nuevas posibilidades, aunque hasta ahora la derecha radical haya sabido aprovecharlas mejor que sus adversarios.
"Los dirigentes occidentales tomaron decisiones que contribuyeron a debilitar la confianza en las instituciones y a favorecer el crecimiento de fuerzas políticas contrarias al consenso liberal"
De Sánchez valora que no haya renunciado a sus posiciones socialdemócratas para competir con la derecha. Tampoco le atribuye una originalidad ideológica especial:
le interesa su capacidad para tomar decisiones cuando las circunstancias lo exigen. Otros dirigentes de centroizquierda, cree,
han perdido demasiado tiempo persiguiendo a sus adversarios en el terreno que estos habían elegido.
Al salir del restaurante, me quedo pensando en algo que Shapiro ha repetido durante la cena:
ganar unas elecciones no basta; después hay que saber utilizar el poder. Y para llegar a gobernar también hay que reconocer cuándo merece la pena arriesgarse.
El 29 de noviembre permitirá comprobar si el cálculo electoral de Sánchez ha sido acertado. Lo que ocurra después, en caso de que consiga gobernar, dependerá de esa segunda capacidad que Shapiro ha subrayado durante la conversación:
utilizar el poder mientras se dispone de él.