Israel ha recurrido a su superioridad militar para intentar transformar el equilibrio de poder en Oriente Próximo, pero sigue sin encontrar una salida política a los conflictos que amenazan su seguridad. Las operaciones contra sus adversarios han alterado la correlación de fuerzas en la región sin resolver las causas de la inestabilidad. El resultado es un país que mantiene una posición militar dominante, pero cuya integración política y diplomática en su entorno continúa siendo profundamente incierta.
Esta fue una de las ideas más sugerentes de la intervención de la profesora Emma Sky en el
Workshop on Global Order: Leadership for Times of Change de la Jackson School of Global Affairs de la Universidad de Yale, organizado por IE University, en el que participé la semana pasada. La académica es
especialista británica en Oriente Próximo, con una amplia experiencia sobre el terreno en Irak y Afganistán y actualmente vinculada a Yale. Trabajó durante años junto a las fuerzas estadounidenses en Irak, una experiencia que le permite analizar las contradicciones de la política norteamericana desde una perspectiva poco habitual:
la de quien ha conocido tanto los centros de decisión como las consecuencias de sus decisiones.
"Las operaciones de Israel contra sus adversarios han alterado la correlación de fuerzas en la región sin resolver las causas de la inestabilidad"
"Israel se parece cada vez más a Esparta.
Su predominio militar contrasta con sus dificultades para construir relaciones diplomáticas capaces de ofrecerle una seguridad duradera", afirmó Sky. Con esta comparación, las
elecciones del 27 de octubre pueden interpretarse desde una perspectiva más amplia. En este sentido, los israelíes votan para decidir quién gobierna su país, pero también lo hacen en medio de
una transformación del orden regional que ha garantizado su seguridad durante décadas. Y lo más interesante es que estos dos debates apenas se encuentran entre sí.
Unas elecciones dominadas por Netanyahu
Según explicó la profesora, la campaña israelí gira alrededor de una consigna mucho más sencilla que cualquier debate sobre el futuro de Oriente Próximo:
"Cualquiera menos Bibi". La oposición a Benjamin Netanyahu reúne a dirigentes que difícilmente habrían compartido una misma identidad política hace unos años. Naftali Bennett y Avigdor Lieberman, ambos procedentes de la derecha israelí, aparecen ahora integrados en lo que se denomina el bloque liberal o democrático.
Su denominador común no es necesariamente una concepción compartida de la cuestión palestina, sino el objetivo de poner fin a la etapa de Netanyahu.
Dos asuntos ocupan el centro del debate electoral. El primero es
el reclutamiento militar de los ultraortodoxos, cuya exención del servicio obligatorio constituye una fuente de tensiones en la sociedad israelí. El segundo es
la exigencia de una investigación sobre los fallos que permitieron los ataques del 7 de octubre de 2023. Ambas cuestiones afectan a la distribución de las obligaciones entre los ciudadanos y a la responsabilidad de las instituciones. Pero resulta llamativo que la discusión sobre el futuro de los palestinos tenga una presencia mucho menor.
Israel debate intensamente sobre quién debe dirigirlo, mientras las grandes preguntas sobre su futuro territorial, político y diplomático permanecen sin respuesta.
Dos concepciones distintas para un mismo país
Reducir estas elecciones a un plebiscito sobre Netanyahu sería quedarse en la superficie. Israel arrastra una división histórica entre dos concepciones de su identidad. Una entiende que debe ser, ante todo, un Estado democrático de todos sus ciudadanos. La otra sitúa en el centro su carácter de Estado judío. No son identidades necesariamente incompatibles, pero
sus tensiones se han intensificado a medida que cambian la demografía, el peso de la religión y las prioridades de los diferentes grupos sociales.
"Reducir estas elecciones a un plebiscito sobre Netanyahu sería quedarse en la superficie. Israel arrastra una división histórica entre dos concepciones de su identidad"
La experta recurrió a una referencia especialmente significativa para la historia judía: la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén, en el año 70, durante la conquista romana. La tradición judía ha atribuido parte de aquella catástrofe al odio y las divisiones internas entre los propios judíos. La comparación no pretende equiparar dos momentos históricos, sino recordar hasta qué punto la fractura de una sociedad puede comprometer su futuro. En el Israel actual,
la creciente distancia entre sectores religiosos y seculares, entre quienes priorizan el carácter judío del Estado y quienes defienden una identidad cívica compartida, ha convertido esa antigua preocupación en una cuestión política contemporánea. La división entre Tel Aviv y Jerusalén, entre sectores seculares y religiosos, expresa una disputa que trasciende la alternancia gubernamental.
A ello se añade
el desplazamiento de los límites del debate político israelí. Figuras como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, cuyas posiciones anteriormente quedaban fuera de los acuerdos gubernamentales aceptables, participan ahora en la discusión sobre el poder. La profesora recurrió a la clásica ventana de Overton para tratar de explicar este desplazamiento:
las fronteras de lo políticamente admisible no son permanentes y pueden moverse en ambas direcciones. Siguiendo este razonamiento, más que preguntarse si Netanyahu continuará gobernando, hay que centrarse en las posiciones políticas que el primer ministro ha logrado consolidar y que permanecerán tras esta hipotética marcha.
Los ciudadanos árabes y la formación de mayorías
Una de las observaciones más interesantes de la sesión tuvo que ver con
el papel de los partidos árabes israelíes. Sky sostuvo que la formación de una mayoría alternativa a Netanyahu depende de una decisión política que la oposición ha evitado afrontar plenamente: aceptar la participación de representantes árabes en una coalición de Gobierno.
"Hay que centrarse en las posiciones políticas que el primer ministro ha logrado consolidar y que permanecerán tras esta hipotética marcha"
En este escenario, dos dirigentes árabes encarnan estrategias diferentes.
Mansour Abbas, líder de Ra'am, participó en 2021 en la coalición que desalojó temporalmente a Netanyahu del poder y ha defendido la participación directa de los partidos árabes en el Gobierno. Yousef Jabareen, jurista y nuevo líder de la Lista Conjunta, que agrupa a Hadash, Ta'al y Balad, plantea una relación más condicionada:
está dispuesto a considerar su apoyo parlamentario, pero exige compromisos políticos que vayan más allá de sustituir al primer ministro.
Los ciudadanos árabes de Israel
no constituyen un bloque político homogéneo y sus representantes discrepan sobre cómo ejercer su influencia. Sin embargo, ambas estrategias obligan a la oposición judía a responder a una pregunta que trasciende la aritmética electoral:
¿está dispuesta a reconocer a los partidos árabes como interlocutores legítimos en la formación del Gobierno?
La cuestión resulta especialmente significativa en Israel porque
conecta la aritmética parlamentaria con el debate sobre la identidad nacional. Una coalición capaz de integrar partidos judíos y árabes no resolvería por sí sola el conflicto palestino. Tampoco eliminaría las diferencias ideológicas existentes entre las fuerzas de oposición. Pero
introduciría una concepción distinta de la participación política.
Otro dirigente relevante es Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor israelí y líder del partido centrista Yashar, que
encarna una de las principales alternativas a Netanyahu. Su trayectoria militar y su participación en el gabinete de guerra posterior al 7 de octubre le otorgan un perfil muy distinto al de una oposición tradicional de izquierdas. Eisenkot propone cambios en el funcionamiento de las instituciones y una investigación sobre los errores que permitieron los ataques de Hamás, pero
mantiene posiciones de seguridad próximas a las del actual Gobierno. Su principal dificultad podría aparecer después de las elecciones: reunir una mayoría parlamentaria sin aceptar plenamente la participación de los partidos árabes.
Convertir la fuerza en seguridad puede ser un problema
Pero el aspecto más importante de la sesión quizá fue su intento de
conectar las elecciones israelíes con la desaparición del antiguo orden estadounidense en Oriente Próximo.
Durante décadas, la seguridad regional descansó sobre
tres prioridades de Washington: garantizar el suministro energético, proteger a Israel e impedir que una potencia hostil dominara la región. Ese sistema se ha erosionado como consecuencia de decisiones estadounidenses, conflictos regionales y transformaciones tecnológicas.
La invasión de Irak en 2003 debilitó el equilibrio regional y fortaleció indirectamente a Irán. La Primavera Árabe cuestionó la estabilidad de las alianzas tradicionales.
La retirada estadounidense del acuerdo nuclear iraní deterioró la confianza en la continuidad de sus compromisos diplomáticos.
A ello se añade una transformación militar decisiva:
drones y misiles relativamente baratos permiten amenazar infraestructuras cuya defensa exige sistemas extraordinariamente costosos. La especialista resumió el problema con una idea:
Estados Unidos puede conservar la dependencia de sus aliados sin conservar su confianza.
Para Israel, las consecuencias son profundas.
Su superioridad militar continúa siendo considerable, pero el país necesita algo que sus fuerzas armadas no pueden proporcionar por sí solas: un entorno regional en el que su seguridad no dependa exclusivamente de la capacidad de derrotar a sus adversarios.
"El país necesita algo que sus fuerzas armadas no pueden proporcionar por sí solas: un entorno regional en el que su seguridad no dependa exclusivamente de la capacidad de derrotar a sus adversarios"
Los Acuerdos de Abraham representaron un intento de avanzar en esa dirección.
La normalización con Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos abrió posibilidades diplomáticas y económicas. La eventual incorporación de Arabia Saudí habría ampliado considerablemente ese proceso. Pero
la guerra de Gaza ha complicado la legitimidad regional de una normalización que no ofrezca avances sobre la cuestión palestina.
¿Y la cuestión palestina? No ha desaparecido
Las perspectivas de una solución política son, desde esta perspectiva, especialmente pesimistas.
Resulta difícil imaginar una fórmula de un solo Estado aceptada por la sociedad israelí, porque cuestionaría la concepción del país como Estado judío. Pero tampoco se vislumbra una vía creíble hacia la
solución de dos Estados.
La situación de Gaza, la continuidad de Hamás y la debilidad del liderazgo palestino dificultan todavía más cualquier transición. Su análisis introdujo una distinción importante: un cambio de Gobierno israelí podría modificar determinadas políticas, particularmente la respuesta a la violencia de los colonos en Cisjordania,
sin que eso significara necesariamente una transformación inmediata de la situación en Gaza.
Es una advertencia útil frente a la tentación de interpretar las elecciones como una solución automática a los problemas regionales.
La cuestión palestina puede ocupar poco espacio en una campaña electoral y, sin embargo, continuar siendo uno de los principales obstáculos para la integración de Israel en Oriente Próximo.
Después de Netanyahu
Sky comparó algunas dinámicas de la política israelí con las de otras democracias occidentales:
la creciente importancia de la identidad, la polarización entre comunidades políticas y la dificultad para construir acuerdos que sobrevivan a la confrontación electoral.
La comparación no implica que las sociedades sean equivalentes. Pero sí permite observar cómo
una elección puede convertirse en una disputa sobre la propia definición del país. Israel afronta esa discusión en circunstancias especialmente exigentes. Su entorno regional está cambiando, las garantías estadounidenses resultan menos previsibles y las posibilidades de integración diplomática siguen condicionadas por conflictos sin resolver.
Las elecciones de mañana decidirán la composición de su próximo poder político.
No resolverán, por sí solas, las contradicciones entre seguridad militar, identidad nacional y convivencia democrática.
Al salir de la sesión de Yale, me quedó precisamente esa idea:
el gran desafío de Israel no consiste únicamente en determinar quién gobierna después de Netanyahu, sino en encontrar una forma de convertir su poder militar en un futuro político sostenible.