Martes, 28 de julio de 2026
POPULISMO

¿Puede alguien detener a la derecha radical europea?

Los líderes de Alemania, Francia y el Reino Unido intentan salvar el centro recurriendo a narrativas de pánico existencial. Sin embargo, "este catastrofismo solo enmascara sus propios fracasos económicos" afirma este análisis de 'The Economist' que 'Agenda Pública' ofrece en exclusiva en español. Demonizar al electorado es una estrategia agotada que elude el escrutinio real de las promesas populistas. El miedo no es un programa de gobierno.

The Economist The Economist 1 de febrero de 2026
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La candidata del partido de extrema derecha francés Agrupación Nacional, Marine Le Pen, pronuncia un discurso durante un mitin electoral en Arras. | Sebastien Courdji / Xinhua News / ContactoPhoto
La candidata del partido de extrema derecha francés Agrupación Nacional, Marine Le Pen, pronuncia un discurso durante un mitin electoral en Arras. | Sebastien Courdji / Xinhua News / ContactoPhoto
Para los respetables hombres que dirigen los tres mayores países de Europa occidental, los problemas se acumulan sobre los problemas. Todos presiden economías con niveles de vida estancados y una influencia global menguante. En Reino Unido y Francia, sus rivales de la derecha radical están ansiosos por llegar al poder (incluso Alternativa para Alemania, o AfD, podría ganar un par de elecciones regionales este año). Y Estados Unidos, su principal aliado, acaba de acusarlos de empujar a Europa hacia lo que denomina una "erradicación civilizatoria".

Los tres líderes también advierten de una catástrofe si los partidos de la derecha populista triunfan. Friedrich Merz, canciller de Alemania, describe a su gobierno como la última oportunidad del centrismo. Tras perder su coalición las elecciones europeas, Emmanuel Macron, presidente de Francia, habló del peligro de una guerra civil. Este mes, el primer ministro británico, Keir Starmer, dijo a The Economist que Reform UK es un desafío a "la propia esencia de quiénes somos como nación".

"Las doctrinas de la derecha radical contienen muchos elementos reprobables pero hablar en términos apocalípticos está condenado al fracaso"
Las doctrinas de la derecha radical contienen, sin duda, muchos elementos reprobables. Pero hablar de ellas en términos apocalípticos está condenado al fracaso. Por su propio bien y por el de sus países, los políticos convencionales y sus partidarios necesitan con urgencia un enfoque distinto.

Para empezar, todo este catastrofismo suena a un intento de desviar la atención de sus propios fracasos. En Reino Unido, tras 14 años de estancamiento bajo los conservadores, el Gobierno laborista de Sir Keir gasta más en prestaciones sociales y aplicará impuestos récord, mientras el crecimiento rápido sigue sin aparecer. En Francia, la ley de Macron que elevaba la edad de jubilación ha sido retirada, mientras su quinto primer ministro en tres años intenta sacar adelante un presupuesto en la Asamblea Nacional. En Alemania, el plan de Merz para un "otoño de reformas" quedó en casi nada. Si el destino de Europa está en juego, ¿por qué sus líderes no hacen más?

Además, sus amenazas no son creíbles. Algunos gobiernos de la derecha radical son peligrosos; otros no. Giorgia Meloni ha gobernado Italia de forma muy similar a la de un político convencional. Los concejales de Reform UK en Reino Unido han sido hasta ahora bastante normales. Es cierto que el partido de Viktor Orbán capturó y explotó las instituciones húngaras, pero podría ser desalojado pronto. Eso no parece el fin de la democracia.

El estilo apocalíptico de la política europea

No es de extrañar que las predicciones de calamidad no estén funcionando. Como muestra la fortaleza de los populistas en las encuestas, una enorme cantidad de votantes europeos simplemente no creen lo que se les dice. Mientras tanto, las élites, conscientes del vaivén del poder, se acercan a los populistas a los que antes rechazaban. Jordan Bardella, de Agrupación Nacional, se ha reunido discretamente con líderes empresariales franceses. Políticos conservadores británicos se pasan a Reform, aportando a Nigel Farage una muy necesaria experiencia legislativa y ministerial. Solo en Alemania el bloque tradicional descarta colaborar con la AfD. Sus diputados, el segundo grupo más numeroso del parlamento, incluso tienen vetadas las vicepresidencias del Bundestag.

"Cuando los políticos tradicionales advierten de que el populismo destruirá su visión de lo que Europa debería ser, animan a los votantes desesperados por sacudir el sistema"
Todo esto ayuda a explicar por qué la estrategia de la demonización es contraproducente. Los políticos tradicionales dicen defender la tolerancia y a la clase trabajadora, pero cuando tachan a una gran parte del electorado de intolerante, parecen ellos mismos intolerantes y engreídos. Y cuando advierten de que el populismo destruirá su visión de lo que Europa debería ser, animan a los votantes desesperados por sacudir el sistema.

Si la demonización fracasa, ¿cuál es la alternativa? La respuesta empieza por reconocer esa impaciencia por el cambio que la derecha radical canaliza con tanto éxito. El siguiente paso es examinar hasta qué punto los populistas pueden realmente sacar a Europa de su complacencia. El acuerdo puede mejorar malas políticas si los populistas están dispuestos a cambiarlas; y si se niegan, deja en evidencia sus errores.

El proyecto populista más prometedor es el económico. Cuando Agrupación Nacional, Reform y la AfD hablan con las empresas, se centran en la desregulación tanto a nivel nacional como, en el caso de Francia y Alemania, en Bruselas. Dicen querer un gobierno más pequeño y impuestos más bajos. Apelan al poder de la tecnología. Y se quejan de que el Estado penaliza la iniciativa y el riesgo mientras gasta demasiado en prestaciones sociales.

Todo eso es bienvenido, pero es solo la mitad de la historia. Para Reino Unido, Francia y Alemania, la integración económica europea es la fuente más evidente de crecimiento. Sin embargo, los populistas están en rumbo de colisión con la Unión Europea, lo que conduciría a una degradación del mercado único que destruiría crecimiento. El fiasco del DOGE de Elon Musk muestra lo difícil que es reducir el tamaño del Estado de manera eficaz. Bardella quiere un impuesto sobre la riqueza y se opuso a subir la edad de jubilación. Tras las críticas por promesas de gasto fantasiosas, Farage ahora promete una presupuestación más realista, pero los detalles siguen siendo vagos.

En otros asuntos, los populistas se aferran al descontento, pero proponen soluciones insensatas. Muchos europeos se preocupan por la inmigración, temiendo que dañe los servicios públicos y cambie las culturas nacionales. Pero los populistas —y las advertencias de Estados Unidos— están desfasados: la inmigración legal ya ha tocado techo y, salvo en Reino Unido, la inmigración ilegal hacia Europa es la mitad de la que era en 2023. Además, los populistas son crueles. Hablar de deportaciones masivas o utilizar un lenguaje diseñado para que los inmigrantes se sientan despreciados es xenófobo.

"Si los políticos tradicionales demonizan de forma estridente a los populistas, quizá se sientan mejor, pero no ayudarán a sus países"
La mayoría de los europeos no se preocupa por la geopolítica, pero debería hacerlo. En un momento en que Estados Unidos está cada vez menos dispuesto a liderar la defensa colectiva de Europa, los populistas repiten la peligrosa idea de Donald Trump de que el continente será más seguro si está menos unido y si cada Estado persigue sus intereses nacionales. También muestran una debilidad miope hacia los autócratas de Rusia y China. Vladímir Putin debe de estar animándolos.

Las elecciones nacionales están a diecisiete meses vista en Francia, previstas para marzo de 2029 en Alemania y tan tarde como agosto de 2029 en Reino Unido. En ese tiempo pueden cambiar muchas cosas. Si los políticos tradicionales lo pasan demonizando de forma estridente a los populistas, quizá se sientan mejor, pero no ayudarán a sus países. Harían mejor en someter a los gobiernos en espera al escrutinio democrático que merecen. 
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Agenda Pública y 'The Economist' colaboran ofreciendo una selección de artículos traducidos al español. Este acuerdo permite a los lectores hispanohablantes acceder a más análisis de calidad sobre economía, política y sociedad.
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