Sábado, 8 de agosto de 2026
EN PROFUNDIDAD

La autonomía estratégica europea también pasa por nuevas redes sociales

La ofensiva comunicativa y la creciente dependencia de redes sociales chinas y estadounidenses obligan a Europa a replantearse su estrategia digital y la posibilidad de desarrollar una plataforma propia basada en los valores fundamentales de la UE. Beatriz Gallardo, catedrática de Lingüística General en la Universitat de València, analiza esta cuestión en profundidad.

Beatriz Gallardo Paúls Beatriz Gallardo Paúls 8 de marzo de 2025
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Los servicios digitales disponible en la Unión Europea dependen en gran medidas de compañías chinas y estadounidenses. | Andre M. Chang / Zuma Press / ContactoPhoto
Los servicios digitales disponible en la Unión Europea dependen en gran medidas de compañías chinas y estadounidenses. | Andre M. Chang / Zuma Press / ContactoPhoto
En el contexto de una conversación pública europea que menciona con frecuencia la defensa, resulta imprescindible considerar el papel de la comunicación. Su importancia en los conflictos remite a ejemplos emblemáticos, como el descifrado de la máquina Enigma por parte de Alan Turing y su equipo de Bletchley Park, o el reclutamiento de los veintinueve Navajo Code Talkers que permitieron a los estadounidenses utilizar esa lengua amerindia para cifrar las comunicaciones en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, las defensas comunicativas no solo afectan a los códigos sino también a los canales y, entre ellos, las redes sociales son especialmente importantes. De ahí que exploremos una idea que surge esporádicamente: la creación de una red social netamente europea, que pueda competir con las estadounidenses o chinas. Es sin duda una cuestión muy compleja, con considerables dimensiones económicas, burocráticas, tecnológicas y regulatorias, y que tampoco puede desvincularse del resto de aplicaciones digitales; aun así, en este texto solo revisaremos sus posibilidades sociocomunicativas. 

"Al dejar en manos estadounidenses (y chinas) el diseño de las redes comunicativas digitales, podemos decir que les estamos confiando una parte de nuestra disposición mental ante el mundo"
En la sociedad de las plataformas las redes sociales juegan un papel determinante. Y aunque su aparición coincide con la época de la tecnolatría digital —que pronosticaba Internet como el despliegue definitivo del ágora democrática y proponía conceptos como inteligencia colectiva, comunidad virtual, o movimiento Open—, su evolución de la mano de las grandes tecnológicas ha desmentido las previsiones iniciales. En estas dos décadas, las redes sociales han redefinido cómo accedemos los ciudadanos a la vida pública y a la información, y cómo nos relacionamos entre nosotros. Son modificaciones de hondo calado, pues el formato en que nos llegan los mensajes en cada interfaz (fragmentación, brevedad, celeridad) tiene impacto directo en nuestra configuración cognitiva y en nuestro modo de interiorizar los procesos comunicativos, los moldean. Y este "contenido de la forma", como lo llamó Hayden White, se suma al tipo de significados emocionales, tóxicos e irracionales que — algoritmos mediante— priorizan los mensajes más difundidos. De tal manera que, al dejar en manos estadounidenses (y chinas) el diseño de las redes comunicativas digitales, podemos decir que les estamos confiando una parte de nuestra disposición mental ante el mundo. 

Además, en el ámbito colectivo está demostrado que el uso desinformativo de redes como X, TikTok, Instagram o Facebook, generalmente recurriendo a bots, está suponiendo una amenaza a las bases de la democracia y al respeto de los derechos fundamentales que definen los valores europeos; no hay ninguna duda de que han sido —son— elementos importantes en la reciente transformación del paisaje político europeo. 

Ese contexto invita a plantear alternativas viables para que la ciudadanía — acostumbrada ya a este modo de comunicarse y a sus innegables aspectos positivos— disponga de opciones alineadas con los valores de Europa. Además, si tenemos en cuenta que los jóvenes europeos (el 42% entre 16 y 30 años) dicen informarse básicamente a través de estas estructuras, podemos afirmar que el futuro de la información (y no solo de la comunicación) depende de las redes sociales. Teniendo tantísima importancia, individual y social, parece apropiado que a los ciudadanos europeos, seis millones de los cuales ya han abandonado X, se les proporcione una alternativa cuyo funcionamiento responda a planteamientos compatibles con la democracia y los derechos fundamentales, al servicio del bien común. Este sería su primer mérito.

En segundo lugar, una red social europea contribuiría a la soberanía digital de la Unión, es decir, su capacidad para garantizar el control sobre sus infraestructuras digitales, datos y flujos de información. El hecho de que las redes utilizadas mayoritariamente por ciudadanos europeos pertenezcan a empresas estadounidenses restringe la autonomía de la UE en la gestión de datos, limita su competitividad en la economía digital global y, en los contenidos, la expone a procesos desinformativos de injerencia extranjera. Para proteger esta soberanía, la Unión activó el proyecto DECODE (2017-2019), cuya directora, Francesca Bria, señalaba en 2024 la urgencia de "tomar la iniciativa y ser capaz de crear unas infraestructuras digitales independientes, gobernadas de forma democrática y que defiendan los valores comunes". 

Por lo que se refiere a la privacidad de datos de los usuarios, escándalos como la vigilancia masiva estadounidense revelada por Snowden (2013), o el espionaje de la consultora Cambridge Analytica a través de Facebook (2014), llevaron a la Unión Europea a tomar diversas medidas legislativas como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD, 2016), la Ley de Servicios Digitales (DSA, 2022) y la Ley de Mercados Digitales (DMA, 2022). Otras iniciativas han sido el Reglamento de Identidad Digital Europea (EUDI, 2024) o el Centro Europeo para la Transparencia Algorítmica. Cabe pensar que una red basada en infraestructura propia, con servidores y centros de datos ubicados en territorio europeo, sería necesariamente respetuosa con todas estas disposiciones —no exentas de reticencias y críticas entre los expertos en ciberseguridad, por el poder que otorgan a los gobiernos y agencias nacionales—, y facilitaría además una moderación de contenidos acorde a la legislación europea y a sus valores, limitando sesgos algorítmicos que potencian sistemáticamente la polarización y la desinformación. 

Pero existe un tercer beneficio más intangible e igualmente valioso. Esa ágora digital tendría efectos positivos en el refuerzo de la identidad europea y el sentido de pertenencia. Para empezar, la red podría ser el canal privilegiado de información gubernamental e institucional que acerque las instituciones a los ciudadanos europeos; así se evitarían situaciones tan contradictorias como la que supuso la entrada de Elon Musk, dueño de X, en el equipo de Gobierno de Donald Trump, pues nuestras instituciones y gobiernos democráticos siguen usando como canal informativo no ya una empresa extranjera fuertemente ideologizada, sino una empresa vinculada a un Gobierno que manifiesta hostilidad hacia Europa; sin olvidar que la Comisión Europea investiga a esa misma empresa por su reiterado incumplimiento de la Ley de Servicios Digitales y sus injerencias desinformativas, por ejemplo en las últimas elecciones alemanas.

"La nueva plataforma serviría también de canal natural para las múltiples voces del espacio europeo"
La nueva plataforma serviría también de canal natural para las múltiples voces del espacio europeo. Los medios de comunicación no necesitarían estrategias de clikbait para potenciar su visibilidad, porque los algoritmos podrían ser abiertos y auditables, orientados al debate y no a la confrontación. La red acogería igualmente a los creadores europeos, proporcionando un espacio para que artistas, autores y productores de contenido difundan su obra sin depender de plataformas externas, y dando visibilidad al contenido de calidad hecho en Europa, que a menudo —por ejemplo en la producción audiovisual— está en desventaja ante las creaciones estadounidenses. A esta amplificación de voces se sumaría, necesariamente, la visibilización de la ciencia europea, algo especialmente importante en el actual clima de antiintelectualismo reaccionario.

La nueva red sería marco idóneo para la transferencia de resultados en temas urgentes como la transición ecológica y el cambio climático —que el Gobierno de Trump prohíbe siquiera nombrar— o el impacto social de las tecnologías, así como la investigación en cualquier ámbito. Ciencia, creatividad y cultura son sectores estratégicos para la identidad europea, y una red social propia reforzaría ese valor estratégico.

Todos estos emisores —institucionales, mediáticos, culturales, científicos— ampliarían sus audiencias porque la red debería ser también una herramienta de promoción del multilingüismo (factor esencial de la cultura europea) mediante la integración de traducción automática y soporte para los idiomas de la UE, como mínimo los oficiales. Ningún ciudadano europeo se sentiría excluido si se diseña una red con traducción automatizada a todas las lenguas de la Unión, independientemente de la lengua en que se redacte cada mensaje. 

Incluso asumiendo que esta proyección resulte —lo es— demasiado idealizada, los beneficios parecen evidentes; la pregunta inevitable que surge es por qué no tenemos ya esa red social en marcha. 

"Todos estos emisores —institucionales, mediáticos, culturales, científicos— ampliarían sus audiencias porque la red debería ser también una herramienta de promoción del multilingüismo (factor esencial de la cultura europea)"
Lo cierto es que algunos intentos de empresas privadas no han tenido el éxito que, por ejemplo, sí han tenido en el ámbito musical la sueca Spotify o la francesa Deezer, o para el correo la suiza Proton. La red francesa Copains d’avant, por ejemplo, de 2001, tuvo un éxito relativo en sus primeros años. En 2006, el empresario ruso Andrey Andreev creó Badoo como red social con sede en Londres, aún activa aunque especializada como web de citas. La alemana Xing, de 2003, fue especialmente seguida en los países de habla alemana, pero desplazada luego por LinkedIn. Mastodon, creada en 2016 por el programador alemán Eugen Rochko, tomó nuevo impulso desde la compra de Twitter por Musk, pero su funcionamiento, poco intuitivo, no atrae a cierto tipo de usuarios que están optando por Bluesky, cuyo modelo replica el Twitter original. La francesa BeReal fue lanzada en 2020 como una red antiInstagram. En 2024, Alexandre Leforstier creó Panodyssey, una red social dedicada a la escritura creativa. El relativo éxito de todas estas iniciativas a veces es multinacional, pero, como ocurre también en la ficción televisiva, no puede decirse que tengan el alcance integrador europeo del que estamos hablando.  

Por el contrario, la Unión sí lanzó en 2022 dos programas piloto con esa intención global, a través del Supervisor Europeo de Protección de Datos, Wojciech Wiewiórowski. EU Voice se basaba en Mastodon y buscaba ofrecer una alternativa a Twitter. Por su parte, EU Video, inspirada en PeerTube, pretendía competir con YouTube. En su presentación, el supervisor afirmaba: "Con el lanzamiento piloto de EU Voice y EU Video, pretendemos ofrecer plataformas de redes sociales alternativas que den prioridad a las personas y a sus derechos a la privacidad y a la protección de datos.(…) EU Voice y EU Video no dependen de transferencias de datos personales a países fuera de la Unión Europea y del Espacio Económico Europeo; no hay anuncios en las plataformas; y no se elaboran perfiles de las personas que pueden utilizar las plataformas". Sin embargo, no se trató estrictamente de "ofrecer" redes sociales, sino más bien de alojar perfiles institucionales en una instancia de Mastodon; la ciudadanía no podía crear cuentas, tan solo seguir los dieciocho perfiles institucionales que se llegaron a abrir. 

En 2024 ambas plataformas se cerraron, y ninguna de las dos está accesible en este momento; el mismo Wiewiórowski lo justificaba alegando que eran proyectos piloto y no podían mantener los servidores y las operaciones, ni tampoco habían conseguido que otro organismo europeo se hiciera cargo. Resulta, como mínimo, chocante que se active todo el esfuerzo tecnológico, financiero y de gestión que probablemente exigieron los dos proyectos, pero con semejante cortoplacismo y sin contemplar la interacción ciudadana. La iniciativa apenas tuvo difusión, aunque la Comisión Europea sí lo anunció con un mensaje… en Twitter.

Aun así, tras la argumentación anterior, surge una nueva pregunta: ¿serían recuperables esas ideas en un momento en que parece generalmente aceptada la necesidad de fortalecer la identidad europea frente a otras instancias? Creemos que la respuesta debe ser afirmativa. Sin duda —ya lo hemos dicho—, los desafíos son múltiples y de enorme importancia: económicos, burocráticos, regulatorios, tecnológicos, temporales… Pero tal vez habría que compararlos con el riesgo que supone seguir manteniendo las estructuras actuales y observar bien la balanza. Si de verdad la Unión Europea está preocupada por su autonomía y prevé realizar esfuerzos económicos, quizás tales esfuerzos deban incluir los canales de comunicación digital. El experto en periodismo digital Rasmus Kleis Nielsen, ha señalado que "hacen falta menos palabras y más dinero", así como reglas claras. Añadimos que también necesitamos una política comunicativa específica.

"¿Serían recuperables esas ideas en un momento en que parece generalmente aceptada la necesidad de fortalecer la identidad europea frente a otras instancias? Creemos que la respuesta debe ser afirmativa
Ninguna red prosperará si no se cuida su difusión e implantación. Insistimos en esto porque, junto a los aspectos ya mencionados, el cambio de hábitos de la ciudadanía será uno de los mayores desafíos de un proyecto como este. Por ello sería necesario que los organismos de la Unión que se responsabilicen de la creación (o relanzamiento) de estas redes sean proactivos en la formación de comunidades (por ejemplo, con invitaciones explícitas a universidades, medios de comunicación, museos, clubes deportivos…), y la implantación de mecanismos que, mediante incentivos y ludificación, faciliten la adhesión masiva; nadie se queda en una red social nueva si no están allí los amigos y seguidores con los que interactúa en otra red. El proyecto, en suma, no podría desarrollarse sin la convicción y la implicación de los propios responsables europeos.

Terminamos señalando que, aunque las redes sociales no son medios de comunicación, la idea de una red social europea evoca las palabras de Wilhelm Hahn en el Informe sobre la radiodifusión y la televisión en la Comunidad Europea que, en 1982, abrió camino al proyecto de Euronews: "hay que añadir una nueva dimensión a la unificación europea para permitir que los europeos se identifiquen con la Unión Europea. Hoy en día, las herramientas que sirven para dar forma a la opinión pública son los medios. De estos, la televisión, como medio audiovisual de comunicación, es el más importante". 

Actualmente, donde dice televisión, cabría añadir redes sociales.
Beatriz Gallardo Paúls
Beatriz Gallardo Paúls
Catedrática de Lingüística en la Universitat de València
Experta en análisis del discurso desde enfoques cognitivistas. Autora de 'Tiempos de hipérbole. Inestabilidad e interferencias en el discurso político' (Ed. Tirant lo Blanch).
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