La política exterior ha empapado el debate electoral de las elecciones europeas. Si no consideramos la política europea como política exterior- así debería ser-, nos estamos refiriendo al reconocimiento del Estado de Palestina por el Gobierno español el pasado 28 de mayo y al apoyo redoblado al gobierno ucraniano ante la guerra de invasión de la Federación Rusa.
Vamos a centrarnos en el reconocimiento del Estado de Palestina y su lógica en el momento político actual.
El 18 de noviembre de 2014 el Congreso de los Diputados adoptó una resolución instando al Gobierno a reconocer el Estado de Palestina “cuando se dieran las condiciones”. Fue un consenso que casi
rozó la unanimidad y que tuvo una abstención y dos votos en contra -una aparente equivocación en la votación telemática-.
En el consenso participó de forma muy activa el Partido Popular, en aquel momento partido de Gobierno, y fue iniciado por la exministra socialista Trinidad Jiménez. En el Parlamento aún no estaba presente el partido Vox que hoy levanta la bandera del apoyo incondicional a la política del gabinete de Benjamin Netanyahu en el marco de la red internacional de apoyo al líder del Likud que lidera el presidente argentino Javier Milei.
Llegados a este punto es bueno recordar un par de extremos evidentes: el gobierno israelí no representa al conjunto de la sociedad israelí y el Likud de hoy poco tiene que ver con el partido conservador convencional que fue históricamente en la historia del Estado de Israel.
El reconocimiento del Estado de Palestina ha llevado a una polarización entre el actual Gobierno y Vox. Una vez más,
la política exterior pasa a formar parte de la conformación de la identidad partidista ante una convocatoria electoral y más allá de ella.
Hay formas muy distintas de configurar la preferencia de voto. A veces se hace por una profunda convicción ideológica, otras veces se hace en un mercado electoral donde la narrativa política parece crónica deportiva, golpes duros, espectáculo. Para unos, optar por apoyar a Vox como aliado incondicional de Netanyahu y de Milei respeto a la guerra de Gaza, es una opción en la polarización maniquea. Los votantes que apoyan a los tipos duros y que ven desde sus pantallas las decisiones del Gabinete israelí como quien ve la serie
Fauda, una serie de Netflix en la que los servicios secretos israelís se llevan por delante todos los malos del bando palestino con altas dosis de adrenalina y disparos.
Pero también
existen los votantes de Vox que ven en el partido la encarnación de un conservadurismo sin complejos que hace una interpretación benigna, condescendiente y razonada de los cuarenta años de franquismo. Para los votantes más ideologizados de Vox,
lo que han visto los últimos días les debe causar como mínimo sorpresa.
El franquismo nunca tuvo relaciones con Israel, ahora veremos porqué.
El franquismo cultivó la teoría de la “tradicional amistad con los países árabes” y el franquismo alimentó hasta la caricatura la teoría de la conspiración judeo-masónica contra las esencias del régimen dictatorial.
Hoy los que se indignan por la impugnación del legado franquista a través de la aplicación de la ley de memoria democrática se erigen en defensores de la línea dura del gobierno israelí de Netanyahu. El máximo avalador de Vox ante el gobierno israelí, Javier Milei, fijó su posición en una entrevista de televisión a finales de marzo: “Todo lo que está haciendo lo hace dentro de las reglas de juego. Israel no está cometiendo un solo exceso”.
Todo tiene su tiempo, y parece que
los gobiernos socialistas son lo que, cada uno en su tiempo, han impulsado el
establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel y ahora el reconocimiento del Estado de Palestina en vistas a la solución de los dos Estados.
El 1 de enero de 1986 el Gobierno español anunció oficialmente que establecería relaciones diplomáticas con el Estado de Israel. Una semana después, el 10 de enero, el presidente Felipe González envió una carta a los embajadores de las naciones árabes acreditadas ante España para adelantarse a su reacción asegurándoles que el reconocimiento de Israel entraba dentro del plan de la política exterior de su Gobierno y también de los Gobiernos que le precedieron en el período de la Transición. Las primeras declaraciones del presidente del Gobierno avanzando la voluntad política de establecer relaciones diplomáticas con Israel se retrotraen a 1983 cuando califico de
“reto histórico” ese giro en la posición española. Giro histórico ya que la España del principio de la democracia aun cultivaba una relación preferente con los países del mundo árabe que le situaba, en aquel momento, en una posición incompatible con el reconocimiento del Estado de Israel. Este hecho se explica por qué durante el franquismo el apoyo de destacados países del mundo árabe fue crucial para el acceso a organismos internacionales, singularmente Naciones Unidas, en el intento de superar el aislamiento internacional.
Se debe considerar que
el reconocimiento de Israel por parte de España era también una cuestión planteada por los miembros de la Comunidad Económica Europea (CEE) como un elemento que favorecería el acceso de España al proyecto de unidad europea. Esta sugerencia “diplomática” se convirtió en “condición” cuando el 20 de mayo de 1983 la CEE instó, una vez más, a Grecia a reconocer el Estado de Israel.
Grecia ingresó en la CEE en 1981 y desde el primer momento recibió presión europea y de la comunidad internacional para formalizar el reconocimiento. La presión del año 1983 también operó sobre el Gobierno español.
Una parte destacada del partido socialista veía en Israel un estado de valores socialistas en su momento fundacional -1948- y apoyaba el reconocimiento. Además, el lobby pro israelí de los Estados Unidos realizó una activa campaña entre los grupos bancarios españoles para lograr intercambios y convenios entre Cámaras Comerciales.
España reconoció el Estado de Israel el 17 de enero de 1986.
El cambio tenía una significación histórico porqué rompía con otra de las líneas de la política exterior del franquismo: el no reconocimiento del Estado de Israel. Distancia con Israel en el marco de la “tradicional amistad hispano-árabe”, para utilizar el lenguaje diplomático y político de la época, pero también por un motivo mucho más radical en su origen.
Cuando Israel nació como Estado el 14 de mayo de 1948, expresamente rechazó pedir el reconocimiento de Alemania y de España.
Así lo explica
Samuel Hadas en sus memorias. Hadas fue un diplomático israelí que se convirtió en el primer Embajador de Israel en España y uno de los principales artífices de los acuerdos para el reconocimiento:
“
Cuando nació el Estado de Israel, su gobierno, al solicitar el reconocimiento de la comunidad internacional, ignoró a Alemania y España. La memoria del Holocausto era muy cercana. La España de Franco era considerada en Israel aliado de hecho del Eje y la respuesta israelí al ofrecimiento español de establecer relaciones diplomáticas fue un ‘por ahora no’. Así explicó el embajador de Israel en las Naciones Unidas, Abba Eban, el voto negativo de Israel al levantamiento del boicot diplomático contra España el 16 de mayo de 1949: “El régimen de Franco aceptó y apoyó la perspectiva de la supremacía nazi en Europa y consecuentemente en el mundo entero”. Esta actitud de orden moral es marginada en la década de los cincuenta cuando es Israel quién persigue las relaciones diplomáticas, pero el régimen de Franco había entrado en el período de la ‘tradicional amistad hispano-árabe’”.
Israel se negó a buscar y aceptar el reconocimiento de España en el momento de su nacimiento. Entrados ya en los años 50, cuando en una posición más pragmática Israel sí que habría aceptado su reconocimiento (España ya era miembro de Naciones Unidas y Estados Unidos ya habían sentado sus bases militares en España), la diplomacia española ya estaba fuertemente relacionada con el mundo árabe y esta amistad y alineamiento hacía imposible establecer relaciones con Israel. La relación con el mundo árabe se hizo tan perdurable que incluso impregnó los años del gobierno de Adolfo Suárez, con destacados puntos de continuidad de las líneas de la política exterior franquista. Leopoldo Calvo Sotelo, en menos de dos años de gobierno, dio el gran paso de la entrada de España a la OTAN (una enmienda a la política exterior de Suárez) pero no tuvo tiempo de afrontar una rectificación en las relaciones con Israel. Esta asignatura pendiente quedó resuelta en 1986 en el primer gobierno de Felipe González.
38 años después, un Gobierno de coalición socialista impulsa el reconocimiento del Estado de Palestina. No es una maniobra coyuntural ni de alcance electoral.
Es una operación que busca un efecto dominó entre los Estados europeos y que está en línea con las conversaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí para frenar a Irán y sus proxis y alcanzar en el medio plazo la solución de los dos Estados. Una solución de los dos Estados que pasaría por ahogar política y financieramente Hamas y por unos nuevos liderazgos bajo el patrocinio de una colaboración norteamericana, europea y árabe.