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El anuncio de la retirada de las tropas de Iraq, 20 años después

Jordi Xuclà

16 mins - 18 de Abril de 2024, 07:00

El ganador de las elecciones generales de 2004, José Luís Rodríguez Zapatero, decidió cumplir con su compromiso electoral de retirar las tropas españolas en Iraq en los primeros compases de su Gobierno para “evitar las presiones que podrían haber hecho imposible cumplir con la palabra dada”. Anunció la retirada de las tropas de Iraq el 18 de abril de 2004, pocas horas después de la toma de posesión de su Gobierno. Su primera decisión como gobernante. Una decisión que marcó una nueva etapa: la política internacional pasaba a ser relevante en la conformación de las identidades partidistas en la actual España democrática.  

Zapatero decidió que José Bono sería su futuro ministro de Defensa y le encargó que en el breve periodo de un mes preparada en términos políticos y logísticos la retirada de las tropas de Iraq para cuando decidiera hacerla efectiva.

Bono había sido el principal contrincante de Zapatero en la batalla por la secretaría general del PSOE en julio de 2000. Bono fuera del Gobierno habría podido continuar siendo un verso suelto. Ya llevaba más de veinte años de presidente de la Junta de Castilla-la Mancha. Zapatero le ofreció un ministerio potente y un pacto de complicidad, que funcionó durante un par de años.  

Bono fue el encargado del traspaso de poderes en la sensible área de la seguridad después de los recientes atentados terroristas del 11 de marzo de 2004. Encargado en diálogo con el ministro de Defensa en funciones, Federico Trillo, que tuvo un comportamiento leal y discreto mientras intuía la preparación de la retirada. El equipo del traspaso de poderes debió interlocutor con un Gobierno en funciones de José María Aznar que le parecía una aberración la cancelación de una de sus medidas tan destacada como controvertida: el apoyo a la invasión de Iraq en 2003 y el envío de tropas para el “aseguramiento de la paz”

Zapatero inició los primeros contactos internacionales para sondear la comunidad internacional en las cinco reuniones con dirigentes extranjeros que mantuvo el 24 de marzo en Madrid en el marco de los funerales de Estado por el atentado de Atocha. En aquellas reuniones estuvo acompañado por su futuro ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Allí constató que si se dejaba atrapar por la telaraña de las conversaciones diplomáticas no podría llevar a cabo su propósito de una retirada rápida y que evitara las presiones que ya empezaba a notar.

A la luz de esta conclusión, decidió que José Bono llevara la preparación de la retirada con total discreción y determinación. Bono, que no era un especialista en relaciones internacionales y aún era presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-la Mancha, se las tuvo que ingeniar para llegar a reunirse con Donald Rumsfeld (Secretario de Estado de Defensa de EUA), el ministro de defensa de Polonia, el ministro de defensa de Reino Unido y el presidente del Consejo de Ministros italiano, Silvio Berlusconi. Todo ello en quince días y a través de los contactos más variopintos. Raphael y Julio Iglesias le facilitaron llegar a Donald Rumsfeld, por ejemplo. 

Un mes y tres días en los que Zapatero decidió jugar fuerte y utilizar la fuerza que tenía dentro de su partido por la reciente victoria electoral del 14 de marzo de 2004.

Muchos movimientos sucedieron en un mes. Manuel Marín, antiguo comisario europeo y portavoz socialista de asuntos exteriores en el Congreso en la anterior legislatura, estaba convencido de que debía ser el nuevo ministro de Asuntos Exteriores. La culminación de su carrera en la política internacional. Algo le decía a Zapatero que con Marín en exteriores las cosas serían complicadas. Tomó una decisión rápida que anunció tres días después de la victoria electoral: Marín sería presidente del Congreso, tercera autoridad del Estado. Una pieza encajada. 

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Javier Solana era una voz autorizada en el socialismo y en las relaciones internacionales. Después de ser Secretario General de la OTAN, en aquel mes de marzo de 2004 era Alto Representante de la Política Exterior y de la Seguridad Común de la UE. La variable Solana también la debió tener en cuenta en aquel mes trepidante. El socialista mejor conectado y en sintonía con la administración norteamericana no se inclinaría por participar de una operación de alto voltaje, de una afrenta al “aliado y amigo americano”. Zapatero decidió hacer partícipe a Felipe González de sus planes de retirada inmediata de las tropas para conciliarse con la vieja guardia socialista. Le pidió consejo, le informó y le aseguró una posición de influencia en la vuelta del socialismo al poder. González instruyó durante este mes al candidato a presidente sobre los laberintos del poder: los servicios secretos, el ejército, la relación con la Casa Real… 

Todo ello fue más fácil con Alfredo Pérez Rubalcaba enrolado en la cocina del nuevo poder. Sería el portavoz parlamentario y el negociador de los apoyos para la investidura en primera votación. Conocía las intenciones de una retirada inmediata (sin saber qué significaba “inmediata” en el calendario) y acompañaba a Felipe González en el proceso de acallar sus comentarios escépticos sobre el nuevo presidente. El poder, este gran cohesionador: Zapatero, Bono y Felipe González juntos en la misma mesa de Ferraz preparando la llegada al Gobierno y dispuestos a afrontar el desplante a la administración norteamericana.

Durante el mes que comprendió entre la victoria electoral y el anuncio de la retirada de las tropas, Zapatero jugó con la ambigüedad. En entrevistas en medios de comunicación y ante algunos dirigentes internacionales mantenía la posición que Naciones Unidas debía coger el control de la misión en Iraq. La decisión de traspasar la misión a Naciones Unidas y ampararla baja una resolución ajustada a la legalidad internacional se debía discutir en Nueva York a finales de junio de 2004. Muchos pensaron que Zapatero no se “atrevería” a mover ficha hasta ver cómo quedaban las cosas a finales de junio. “Simula y disimula”, la máxima de Charles Maurice de Talleyrand, fue el patrón de conducta del ganador de las elecciones durante este mes. Él no pensaba que las cosas fueran a cambiar a finales de junio, pero sobre todo él tenía ganas de empezar su mandato con un golpe de efecto: la retirada inmediata de las tropas. Fue tan inmediata que se diseñó todo para que el mismo día que el Gobierno tomara posesión, el 18 de abril, se ejecutaría la orden, se comunicaría a los líderes internacionales y se realizaría una rueda de prensa a las seis de la tarde. La presentación en sociedad del nuevo Gobierno y la ruptura con el pasado del Gobierno de Aznar enrolado en la foto de las Azores y la división de la UE (la vieja Europa, la nueva Europa) en la invasión de Iraq. Zapatero asumía una decisión que le llevaría a unas relaciones de mínimos con la administración norteamericana durante años, pero le abría las puertas a una relación privilegiada con los gobiernos de Alemania y Francia, los dos grandes países europeos contrarios a la invasión de Iraq. También a un nuevo eje de poder europeo que operó durante sus primeros años de Gobierno: Berlín-París-Madrid.

El ganador de las elecciones quería que Miguel Ángel Moratinos fuera su ministro de asuntos exteriores. Sintonizaba con su visión de la política exterior y, a la vez y quizás más importante, era nuevo en los asuntos del poder ejecutivo, más fácil de gobernar que los de la vieja guardia. Moratinos era militante del PSOE desde el año 2000 aunque era un secreto muy bien guardado y se presentó como el fichaje de un independiente de prestigio en el Comité asesor que Zapatero presentó en 2003 en la preparación de su campaña electoral. Pero Moratinos no dejaba de ser un diplomático de carrera que podía quedar deslumbrado en los primeros contactos preliminares con autoridades extranjeras. Zapatero lo vio claro cuando en la reunión del 24 de marzo en Madrid un hábil Colin Powell les sacó el compromiso a él y a Moratinos de continuar hablando de sus intenciones en una reunión en Washington el 21 de abril que tendrían los dos responsables de política exterior de los dos países. Le aceptaron la propuesta, aunque no cumplieron con el compromiso. Aquella reunión empezó mal: hicieron esperar veinte minutos al Secretario de Estado de los Estados Unidos en la sala de pasos perdidos del Congreso mientras continuaban en la Sala de la Reina una conversación fácil y en sintonía con el presidente Jaques Chirac. Powell estuvo a punto de cancelar la reunión. Lo que empezó mal no mejoró en el resto de la presidencia de George W. Bush. 

Bono era más decidido y dado al pragmatismo del poder para ejecutar las órdenes del futuro presidente. El más entusiasta de la retirada sin reparos diplomáticos ni geopolíticos. 

La reunión con el ministro polaco de defensa tenía una singular importancia: España compartía con Polonia el mismo sector y el mando de la zona del Irak ocupado. La retirada de España dejaba al ejército polaco en una situación de urgente reorganización de sus efectivos sobre el terreno. El embajador de España en Polonia tuvo noticias de la visita del presidente de una Comunidad Autónoma al ministro de Defensa. Miguel Ángel Navarro era un diplomático con muy buenos contactos en el país ante el que estaba acreditado. Navarro, diplomático con gran prestigio, se sumó a la reunión y redactó una nota detallada para la ministra de exteriores en funciones Ana de Palacio. Pero Navarro era un hábil servidor público que pasó de informar al Gobierno en funciones de las intenciones “inminentes” de los ganadores de las elecciones a ser nombrado Secretario General para la UE en el nuevo Gobierno socialista. Oficio. La nota confidencial, una pieza de sutileza y tránsito de un Gobierno al otro.

Bono también debía reunirse con Tony Blair en Londres, pero unos micros le habían captado una conversación en el comité federal del partido en enero de aquel año en el que ponía de vuelta y media al dirigente británico. Le escribió una carta de disculpas, pero ni así consiguió la reunión. Se conformó con hablar con el ministro de Defensa británico. Lo delicado de aquel día era que tenía por la mañana reunión en Londres y por la tarde reunión con Silvio Berlusconi en Roma. No había forma de llegar con seguridad en hora a la segunda cita en vuelo regular. El PSOE alquiló un avión particular para los traslados de aquel día. José Blanco, secretario de organización, delegó la intendencia del vuelo en un joven colaborador suyo: Óscar López. Para las reuniones de aquel día entró en juego Trinidad Jiménez, responsable de relaciones internacionales del PSOE. Ella fue la que concertó ambas entrevistas y en ambos casos no se informó que asistiría José Bono hasta el último minuto. Bono aún era presidente de una Comunidad Autónoma: el objetivo era evitar la presencia del embajador de España en ambas reuniones. Habían aprendido de la lección de Polonia que salió bien por la ductilidad del embajador Navarro. 

Bono se tomó muy en serio su encargo también en términos comunicativos. Su reducido equipo de confianza de la Junta de Castilla la Mancha y él mismo redactaron documentos para la ejecución de la decisión y la comunicación pública. No se podía trabajar en equipo porqué las fugas de información suponían un peligro serio de hundir el factor sorpresa. Bono redacta una propuesta de discurso para la rueda de prensa. También prepara los “argumentarios para llamadas telefónicas”. Se trata de fichas con las biografías de los líderes mundiales y “datos y argumentos para la conversación telefónica” (número de efectivos de cada país, bajas sufridas, elementos de las relaciones bilaterales). Tal calidad de la información solo era posible con la colaboración de algunos militares, un colectivo que el futuro ministro había cuidado históricamente. 

El 18 de abril fue un día difícil de gestionar. Pero el día anterior las cosas tampoco habían funcionado del todo bien. Por la mañana del 17, Zapatero prometió su cargo ante el Rey. Aquel día almorzó en la Moncloa con sus más estrechos colaboradores. A los que aún no había informado de la decisión se lo trasladó en aquel momento. Estaba inquieto por los efectos que la “atrevida” decisión tendría en las relaciones de España con estados Unidos. La noche anterior, después de ser investido presidente por el Congreso de los Diputados, mantuvo una conversación nocturna con Javier Solana que le planteó los riesgos de lo que estaba apuntó de hacer. Zapatero ya presidente y bajo el impacto de la impugnación de Solana, planteó durante el almuerzo del sábado que quizás era conveniente llamar al presidente Bush aquella misma tarde para tener una deferencia con él. Todos los comensales le desaconsejaron tajantemente llevar a cabo la llamada. Si se había llegado hasta aquí se debía mantener el efecto sorpresa y tratar a todos los líderes por igual con una ronda de llamadas el domingo antes de la rueda de prensa. Si los americanos lo sabían con antelación, lo filtrarían y expresarían su disgusto. 

El 18 de abril a primera hora de la mañana el nuevo Gobierno toma posesión ante el Rey. Aún en Zarzuela, Zapatero ordena a su ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, que llame a Colin Powell y le comunique la decisión. Está inquieto. El trayecto entre la Zarzuela y la Moncloa, Zapatero lo hace acompañado en el coche de Bono. No le comunica que ha encargado a Moratinos la comunicación con Powell. Llegados a la Moncloa y siendo las once de la mañana, el presidente del Gobierno encarga al ministro de Defensa que active la decisión y la comunique al Ejército para que se haga efectiva. Bono, con un sentido agudo del poder y la teatralidad no solamente le responde “a sus órdenes” sino que se le cuadra como si fuera un militar. Bono convoca inmediatamente al Estado Mayor de la Defensa en su sede de la calle Vitruvio de Madrid. Preside la Junta de Jefes de Estado Mayor desde las 12 horas. Nota desaprobación de los JEME pero tras algunas intervenciones en las que intentan argumentar técnicamente su discrepancia con la decisión política, acatan la orden. El que se muestra más combativo es el Jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Luís Alejandre. Bono pelea con él y le acaba imponiendo la decisión dejando claro que no es tema de deliberación y discusión en aquella Junta sino una instrucción del presidente del Gobierno. En aquel momento Bono ya había trabajado con militares y ya se había ganado su confianza para asegurarse que la instrucción se iba a desplegar inmediatamente. 

De vuelta a la Moncloa, se entera que Moratinos ya ha comunicado la decisión a Powell, quien la ha recibido recriminando al ministro de exteriores el incumplimiento del compromiso de continuar tratando el asunto en una visita prevista para el 21 de abril a Washington. Sobre las 15.00h Bono llama a Rumsfeld que ya sabe de la noticia por la llamada de Moratinos a Powell. Rumsfeld, hombre temperamental, monta en cólera. Bono también ha incumplido su compromiso del 5 de abril cuando se reunieron en Washington y le comprometió su palabra que el Secretario de Estado de Defensa sería la primera persona en saber la noticia cuando el Gobierno español decidiera llevarla a la práctica. 

La rueda de prensa se realiza el 18 de abril a las 18.00h en la Moncloa. Al Rey se le ha comunicado la noticia a media mañana (la desconfianza que la pudiera trasladar a sus contactos norteamericanos era alta) y al Jefe de la oposición unos minutos antes de hacerse pública. Por la mañana también se ha realizado una ronda de llamadas a dignatarios internacionales. Casi todos se han puesto al teléfono. Uno, no. En la comparecencia Zapatero se hace acompañar por la vicepresidente María Teresa Fernández de la Vega, por el ministro de Defensa y por el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, Antonio Moreno Barberá. La retirada se ha cumplido en términos políticos. A principios de mayo se habrá cumplido en términos materiales y logísticos. El cumplimiento de la palabra dada en una campaña electoral. El inicio de una difícil relación política con el Gobierno norteamericano. 
 
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