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THOMAS PETER/ REUTERS

Tambores de guerra y el zoom con el que se tocan

Andrés Ortega

11 mins - 22 de Marzo de 2024, 07:00

De ser uno de los pocos dirigentes europeos en mantener un diálogo con Putin, de reclamar “no humillar a Rusia”, Emmanuel Macron ha pasado a calificar a ese país como “amenaza existencial” y a convertirse en el abanderado del peligro que plantea la otrora superpotencia. Una visión que se está extendiendo con grandes dosis de irresponsabilidad. Agitando el fantasma del “apaciguamiento” de Hitler en Múnich en 1938, sugiriendo Macron incluso la posibilidad de enviar militares occidentales a suelo ucraniano. Esto último fue inmediatamente rebatido por casi todos sus aliados, ante el temor a una escalada que podría llegar al arma nuclear. Estos tambores de gran guerra tienen su zoom histórico equivocado. Esta historia no se ve igual con el foco puesto en 1938 que en la actualidad, o desde 2022, con la segunda invasión rusa de Ucrania, que desde 2014, 1999, 1991, 1989, 1939 o 1919. Según la distancia en que se ponga el zoom, según el referente pasado que se tome, cambia la película del presente. Y del futuro. 

Reflejando una postura que va ganando adeptos entre responsables políticos de Occidente, la ministra española de Defensa, Margarita Robles, afirmaba en una reciente entrevista que “la amenaza de guerra es absoluta y la sociedad no es del todo consciente” y que “el Gobierno está plenamente volcado en este escenario bélico”. Si es así, los ciudadanos se merecen una mayor explicación, y el Parlamento un debate en profundidad. Pedro Sánchez, como casi todos los jefes de gobierno, rechazó de plano la sugerencia de poner botas occidentales en suelo ucraniano, pues sabe que eso implicaría una escalada que transformaría la guerra de Ucrania en un conflicto directo entre la OTAN y Rusia.

El espectro del “apaciguamiento”, de mala reputación, frente a Hitler en los acuerdos de Múnich de 1938 fue muy popular entonces en Francia y Reino Unido. Nadie se planteó entonces porqué se había dejado a Alemania rearmarse en los años anteriores. La Unión Soviética, de hecho, contribuyó a ello. Unas referencias más adecuadas, como señala el fino diplomático Luis Felipe de la Peña, serían 1919 y 1991. La primera fecha, por la humillación de Alemania en Versalles, criticada en su día con clarividencia por John Maynard Keynes. La segunda, por el año en que se produjo la disolución del Pacto de Varsovia y de la propia Unión Soviética. En 1999, tercera referencia a añadir, empezó la ampliación de la OTAN hacia el Este, hacia Rusia, cuando en 1990 se le había prometido a Gorbachov que se limitaría, con la unificación alemana, a la antigua República Democrática. Ampliación gradual de la Alianza Atlántica criticada por el acertado y poco sospechoso George Kennan, artífice intelectual en 1946-47 de la política de contención hacia la URSS. En 1990-91 se perdió una buena ocasión de construir una arquitectura de seguridad paneuropea, en la que habrá que pensar para una paz duradera en Ucrania y en el conjunto del Continente. Conviene añadir el 23 de agosto de 1939, fecha del ignominioso pacto germano soviético, que no fue puramente táctico, sino que hundió sus raíces en las relaciones históricas entre Berlín y Moscú que, me atrevo a vaticinar, volverán pues la historia y la geografía pesan. Sin olvidar 1948-1989, la larga Guerra Fría cuya desaparición ha cambiado tantas cosas, aunque de muchas no seamos conscientes. En suma, dependiendo del zoom que se ponga, la historia aparece de una u otra manera. Y depende, claro, desde dónde se mire.

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Al menos ahora sale del escenario Victoria Nuland al jubilarse de su cargo como secretaria de Estado adjunta de EE UU, tras haber sido embajadora en Moscú y haber estado presente y arengando a las masas en el Maidán en Kiev en 2013-2014. Este en buena parte lo disparó la exigencia, supuestamente técnica, a Kiev por parte de la UE de elegir entre la Unión y Rusia como marco de sus relaciones comerciales, lo que había llevado un año antes al colapso del Tratado de Asociación de Ucrania con la Unión Europea. Siguió la ocupación y anexión rusas de Crimea y partes del Este de Ucrania. De nuevo, cuestión de zoom. 

Recientemente, en una entrevista en la CNN al pedir más fondos para armar a Ucrania Nuland explicó que ese dinero vuelve a casa pues va a las fábricas de armamentos estadounidenses. Admitió que la Rusia de Putin “no es la Rusia que queríamos”. ¿Política de cambio de régimen? Cuidado con que los deseos se vuelvan realidad. Hoy por hoy, con ese plebiscito controlado que ha dado el resultado esperado, o sin él, el futuro sustituto de Putin puede ser aún peor que el actual presidente ruso, longevo en el cargo.

¿Por qué está actuando Macron así y por qué su alarma está cundiendo? El ambiente, y la creación de ambiente. Es verdad que se van sumando guerras sin resolver y tensiones ominosas, crisis diversas en diversas zonas del mundo, auge de la ultraderecha, la incertidumbre sobre quién liderará EE UU a partir de enero próximo o qué pasará internamente en la aún primera potencia del mundo, y la intranquilidad que provoca la revolución tecnológica en diversas dimensiones. La entropía mundial está aumentando con la policrisis. Pero Macron (y otros) tiene, ante todo, el zoom puesto en el 9 de junio próximo fecha de unas elecciones europeas en las que el RN, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, puede ganar de calle y utilizarlas de trampolín para las presidenciales de 2017, a las que el actual presidente centrista no podrá presentarse por haber agotado sus dos mandatos. Macron está convirtiendo esta supuesta amenaza de guerra en un eje central de su política. Está por ver que los votantes le sigan.

Aunque lo haya intentado disimular en una posterior reunión, Macron se ha distanciado de Alemania, por disparidad de intereses y similitud de carácter con Olaf Scholtz. Este, que proclamó hace unos meses un “cambio de época” (Zeitenwende), se está presentando ahora como Friedenskanzler (canciller de la paz) de cara a las elecciones del año que viene, aunque en el camino resquebraje el gobierno tripartito y la Bundeswehr siga plagada de debilidades, pese a gastar más que Francia. Frente a él, el líder democristiano Friedrich Merz se muestra partidario de un mayor gasto en defensa y un posible acuerdo con la ultraderecha, con la AfD. Macron, con su “apoyo sin límites” a Ucrania y su llamada a un “sobresalto estratégico” europeo frente a la Rusia de Putin, ha conseguido sobresaltar a los europeos. Aún más cuando no hace tanto consideraba que la OTAN estaba en “muerte cerebral”. 
 
Francia ha firmado un acuerdo bilateral de seguridad con Ucrania, y Macron lo ha hecho pasar por la Asamblea Francesa. La ultraderecha, ha sido acusada de ser pro Putin y financiada por Rusia. El primer ministro Gabriel Attal rivaliza en juventud y brillantez con Jordan Bardella, el delfín de Le Pen. La ultraderecha se ha abstenido, si bien manteniéndose contraria al ingreso de Ucrania en la UE, posición esta última que tenderá a ganar terreno en buena parte de la Unión. La Izquierda Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, y los Comunistas han votado en contra. Socialistas, venidos a menos, y Verdes a favor. Un anticipo de posiciones en gran parte de la UE ante unas elecciones europeas que el centroderecha quiere centrar en esta guerra y la necesidad de mantener una disuasión frente a otras posibles veleidades de Putin. 

Con su insistencia en la necesidad de mantener una “ambigüedad estratégica” -Putin y cualquier país con armas nucleares, también- Macron ha puesto también de relieve la importancia para la disuasión europea tras el Brexit del arma nuclear francesa independiente, aún más ante la perspectiva que Trump vuelva a la Casa Blanca. Y la tiene. Pero muchos aliados siguen prefiriendo, o fiándose más del paraguas nuclear de EE UU. Llevan décadas entrenando para, llegado el caso, lanzar bombas tácticas estadounidenses desde sus aviones o su artillería. Así es Europa. Una Europa a la que no le basta gastar más en defensa, sino necesita saber gastar mejor, de forma más europea y menos nacional. Sin olvidar que, tras EE UU, Francia es el país que más armas está exportando, según el SIPRI, adelantando a Rusia en este ránking, ante un nuevo auge general de los gastos militares en el mundo. ¿Causa o efecto? Eso sí, Macron pedirá un alto el fuego mientras duren este verano los Juegos Olímpicos en París. 

Parece claro que esta guerra se alarga, más que por los golpes de efecto ucranianos por la percepción de los dirigentes políticos y militares rusos de que el tiempo y el balance militar les favorecen. Tienen más municiones, soldados y armas que los ucranianos, es decir, que lo que Occidente proporciona a Ucrania, pese a la importancia que han ganado los drones, de todo tipo, relativamente baratos, que están definiendo este conflicto armado. Putin debe de haber concluido que puede aún avanzar posiciones sobre el terreno, antes de abrirse a negociar una paz, o algún alto el fuego duradero. ¿En un año, el tiempo de saber con quién tratará en la Casa Blanca? Además, ni Putin ni Zelenski quieren decretar una movilización general que en ambos países resultaría sumamente impopular. También en la OTAN, soldados profesionales están renunciando, lo que puede plantear la necesidad en diversos países de volver a implantar un servicio militar obligatorio.

Rusia no va a perder esta guerra, y Ucrania no va a ganarla. Es una visión que sottovoce se abre paso en muchos análisis occidentales, mientras que en el discurso público se suele mantener la tesis opuesta. Ahora bien, lo contrario no es afirmar que Rusia va a ganarla y Ucrania a perderla, sino presagiar un conflicto congelado, a la coreana -1953, otro zoom-, o un final que no satisfaga plenamente a ninguna de las partes. Claro que no es una guerra entre Ucrania y Rusia, sino que se ha convertido en un conflicto indirecto entre Occidente, la OTAN, y Rusia, que nadie quiere que se transforme en uno directo. Pues el mayor riesgo es el de una escalada que, por su lógica, se escapara al control de las partes y llegara a lo nuclear. De ahí los límites respetados hasta ahora: no soldados de combate occidentales en Ucrania (los hay como asesores casi desde el principio, imponiendo unas doctrinas militares que quizás no sirven para esta guerra), ni armas occidentales a Ucrania que puedan alcanzar con profundidad territorio ruso (territorio inmenso, por cierto). Rusia, por su parte -¿no es extraño?- no ataca los transportes de estos armamentos desde Polonia y otros países a Ucrania.

Gran parte del llamado Sur Global, que cada vez cuenta más, mira este conflicto como una guerra europea. La credibilidad occidental está dañada, no solo por Ucrania, sino por la precipitada salida de Afganistán en 2021, ordenada por Biden; la vergonzante, y contraria a los intereses europeos retirada francesa del Sahel, donde los rusos están llenando el vacío militar y los chinos el económico; y los distintos raseros ante la guerra de Gaza. Retirada del Sahel cuando es “una de principales zonas del África subsahariana donde la violencia terrorista se ha incrementado de manera exponencial”, según la última Estrategia Nacional española contra el Terrorismo, onda que puede llegar a Europa. La UE se considera actor geopolítico, pero no tiene buen ojo clínico.

Por no hablar del gran zoom que lleva a agosto de 1914, cuando Europa se metió ciegamente en una guerra, una guerra civil europea. Cuidado con los tambores. No solo alertan, sino que puede acabar generando realidades.
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