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EMILIO MORENATTI (AP/LAPRESSE)

Cambio climático y agricultura: entre el conflicto y la cooperación

Eduardo Moyano Estrada

6 mins - 16 de Febrero de 2024, 07:00

Vivimos un periodo de cambios en el clima que tiene efectos tangibles en nuestra vida diaria al poner en riesgo el acceso a recursos básicos (agua) y alterar el modo como producimos los bienes y servicios (en especial, los alimentos). Sin embargo, identificar las causas de estos fenómenos de cambio climático y buscar soluciones a ellos no es tarea fácil, lo que explica que sean temas de debate, formando parte de la agenda social y política de nuestros días.

Ni obstante, en la comunidad científica hay ya un amplio consenso sobre los factores causales, atribuyéndolos al exceso de emisiones de óxido de carbono y metano, que producen el llamado “efecto invernadero”. Asimismo, se sabe que esas emisiones están asociadas, en gran medida, al actual modelo de desarrollo económico, basado en el consumo ilimitado de bienes y servicios y de altas dosis de energía, procedente de recursos fósiles baratos y de fácil acceso, pero que, en su combustión, emiten los citados gases de efecto invernadero (GEI).

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El reconocimiento de este problema no es de ahora, sino que ya en julio de 1994 la ONU promovió la “Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático” (CMNUCC). Su objetivo era, y sigue siéndolo treinta años después, emprender acciones para frenar las causas que provocan el calentamiento global del planeta. Desde entonces se han venido celebrando en diversas ciudades las llamadas “conferencias de las partes” (COP) sobre cambio climático, siendo la última la COP-28 de Dubai el pasado mes de diciembre.

Es complejo avanzar en la “mitigación” de las emisiones GEI, dadas las dificultades de aplicar los grandes acuerdos de las COP. Por eso, y de forma paralela, los poderes públicos y la sociedad civil (empresas, ciudadanía, entidades privadas…) toman iniciativas para “adaptarse” a los cambios en el clima. Ambos principios (mitigación y adaptación) se complementan, cada uno a su ritmo y con su propia lógica interactuando para afrontar el desafío climático de nuestro tiempo.

La agricultura: víctima, solución y problema
La agricultura es uno de los sectores más afectados por este problema, debido a su natural dependencia de las condiciones climatológicas. La errática alternancia de largos periodos de sequía, de elevadas temperaturas y de lluvias torrenciales que causan graves inundaciones, además de alterar las estaciones de floración y maduración de los frutos, tienen una evidente incidencia en los resultados de la actividad agrícola y ganadera. Por ello, los agricultores son los primeros interesados en la solución de estos problemas y los que más reconocen su gravedad, no existiendo en ellos el menor atisbo de negacionismo climático.

No obstante, también es la agricultura uno de los causantes directos de las emisiones GEI (sobre todo, de metano en la ganadería), aunque en mucha menor medida que el sector industrial. De forma indirecta, el alto consumo de fertilizantes de síntesis, para cuya producción se necesitan elevadas dosis de combustibles fósiles (gas natural y petróleo), también contribuye a agravar el problema del calentamiento global.

Pero al mismo tiempo, la agricultura es un sector clave en su solución gracias a la función de captura de CO2 que realizan las plantas vegetales en el proceso de fotosíntesis. Por eso, la agricultura es, al mismo tiempo, problema y solución, convergiendo en ella tanto el principio de mitigación, como el de adaptación.

El Pacto Verde Europeo y la mitigación del cambio climático
El Pacto Verde Europeo, con sus dos estrategias “De la granja a la mesa” y “Biodiversidad”, es el documento donde la UE fija sus objetivos para contribuir no sólo a la mitigación del cambio climático, sino también a la restauración de la biodiversidad y a la recuperación de los ecosistemas. Ese documento impregna las políticas europeas, entre ellas la PAC, y por eso tiene implicaciones directas sobre el sector agrario.

El objetivo que plantea el citado Pacto de reducir el consumo de fertilizantes y pesticidas afecta al modo de producir, al igual que ocurre con los eco-regímenes incluidos en la actual PAC que promueven un cambio de las prácticas agrícolas y ganaderas hacia modelos de mayor sostenibilidad ambiental y de menor consumo de carbono. Todo eso se acompaña de un aumento de los controles administrativos, lo que genera de forma inevitable reacciones de rechazo por parte del sector.



Los agricultores no rechazan las medidas ambientales, ya que las consideran necesarias, pero exigen que se apliquen de forma gradual ofreciendo alternativas y dando compensaciones económicas adecuadas, además de aplicarse también a los productos que proceden de terceros países. Esas son algunas de las reivindicaciones incluidas en la última protesta agrícola.

La adaptación de los agricultores al cambio climático
Más allá de las políticas de mitigación incluidas en la PAC, los agricultores se adaptan por propia iniciativa a la situación actual de cambio climático, instalando en los pozos paneles solares (para la extracción de agua) o en las explotaciones ganaderas (para la iluminación de los establos y el ordeño mecánico).

Asimismo, innovan en los procesos productivos, utilizando maquinaria de alta precisión, alimentada por combustibles no fósiles para ahorrar recursos hídricos y reducir el consumo de fertilizantes. También usan las nuevas variedades de semillas, que están mejor adaptadas a las condiciones climáticas de menos lluvia y más altas temperaturas.

En fin, aplican la digitalización en la gestión de sus explotaciones, mejorando los resultados económicos y al mismo tiempo asegurando la sostenibilidad de unos recursos naturales que son su principal medio de trabajo.

Una cooperación necesaria
Dado que los agricultores desarrollan su actividad en contacto con la naturaleza y con directas implicaciones en el medio ambiente, no es posible avanzar en la necesaria transición ecológica sin contar con la cooperación del sector agrario.

Por eso, tanto los ministerios encargados de esa área, como los movimientos ambientalistas, comienzan a ver al sector de la producción agrícola y ganadera no como enemigo, sino como colaborador necesario. Abren cauces de diálogo con las organizaciones agrarias para que los agricultores se sientan también partícipes de un proceso de cambio que afecta a toda la sociedad, pero muy especialmente al propio sector.
 
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