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EVELYN HOCKSTEIN (REUTERS)

El gran desafío del lobby israelí

Pedro Soriano Mendiara

7 mins - 14 de Diciembre de 2023, 07:00

A menudo se habla del lobby israelí en Estados Unidos como si se tratase de una entidad oscura y secreta. La realidad es que opera a plena luz del día y sus distintas ramificaciones son conocidas por cualquiera que se interese mínimamente por la política estadounidense. Empezando por las tres organizaciones esenciales: el AIPAC (el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos – Israel), el CUFI (Cristianos Unidos por Israel) y la CoP (la Conferencia de Presidentes de las Mayores Organizaciones Judías de los Estados Unidos), a su alrededor hallamos una miríada de entidades cuyo fin directo o indirecto es influir en el Gobierno y el Congreso de Estados Unidos para que éste apoye de manera permanente al Estado de Israel.

Uno de los grandes éxitos del lobby a lo largo de los años ha sido su capacidad de convertir esa mera “influencia” en hard power tanto a nivel legislativo como ejecutivo, esforzándose mucho por elegir a políticos judíos (nueve de los cien senadores y veintiséis de los 435 congresistas -el 6% de la Cámara de Representantes- son judíos -en un país en el que sólo un 2,4% de la población lo es-. A esto hay que añadirle cuatro gobernadores, cinco fiscales generales estatales, algo más de dos centenares de legisladores estatales en unos cuarenta estados -una auténtica cantera de políticos hebreos para el futuro- y nada menos que probablemente los cinco cargos más importantes de la Administración Biden: el Secretario de Estado -Anthony Blinken- la secretaria del Tesoro -Janet Yellen- el Fiscal General -Merrick Garland- y el de Seguridad Interior -Alejandro Mayorkas-, así como el Jefe de Gabinete, Jeff Zients). Todos esos políticos, por más que en su mayoría intenten ejercer una influencia moderadora en las últimas semanas, tienen como línea roja absoluta la existencia de Israel y apoyar ésta ante cualquier amenaza a la misma.

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Pero el lobby ha ido más allá y ha apoyado de manera reiterada a políticos no judíos que mostraran simpatía por la causa israelí (particularmente en el bando republicano, siempre escaso de candidatos hebreos) como dos de los últimos Speakers, Paul Ryan o Kevin McCarthy.

Sin embargo, el lobby y los políticos impulsados por éste en Estados Unidos se encuentran, desde los ataques terroristas de Hamás el pasado 7 de octubre, ante una disyuntiva nueva. Pese a que tradicionalmente la gran mayoría de los políticos judíos son demócratas, es precisamente en el Partido Demócrata donde han aparecido las primeras grietas en el hasta ahora apoyo monolítico que Israel ha recibido de la primera potencia mundial. Esto se debe a dos factores, sobre todo: en primer lugar, al hecho de que el lobby musulmán en Estados Unidos, aunque mucho más débil que el judío, lleva varios años intentando organizarse y empieza a tener algo más de representación política (tres congresistas y el Fiscal General de Minnesota son musulmanes). Y no es casualidad que dos de las congresistas más críticas con la política de la Administración Biden sean precisamente las dos congresistas musulmanas.

Pero el segundo factor es todavía más importante: se está produciendo una fractura generacional muy profunda en Estados Unidos por edad. A los pocos días del ataque de Hamás una encuesta de la CNN revelaba enormes diferencias de apoyo a la respuesta militar de Israel contra Gaza en función del grupo de edad:



Todas las encuestas que hemos visto en las semanas posteriores, en mayor o menor medida, han reflejado esa diferencia (especialmente acentuada entre los demócratas, lo que es una fuente de preocupación para el presidente Biden, que no se puede permitir grandes fugas de voto joven hacia la abstención el año que viene).

En cuanto al Partido Republicano, aunque en términos estrictamente numéricos hay pocos judíos que lo voten o que militen en él, la islamofobia que impera en el partido, particularmente desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, y la visión escatológica que domina a su ala fundamentalista cristiana (el CUFI, que mencionábamos con anterioridad, está dirigido por el pastor John Hagee, que justifica que los cristianos deben defender Israel porque allí se producirá la segunda venida del Señor) hacen de él un aliado incómodo, pero necesario para el lobby. El problema es que entre las bases republicanas hay grupos neonazis claramente antisemitas (y las propias declaraciones del CUFI y en particular de su líder en el pasado han sido “problemáticas” desde el punto de vista sionista). En cualquier caso, como se ha visto en las primeras votaciones que se han producido en la Cámara de Representantes, los republicanos han votado casi sin fisuras a favor del apoyo a Israel.

Esto es consecuencia a su vez del giro a la derecha de Israel desde hace más de cuarenta años, hasta el punto de que el Partido Laborista, que gobernó el país durante décadas, ahora se ha convertido en una entidad marginal, y la izquierda israelí ha sido reducida a su mínima expresión. Aunque esa situación política facilita el apoyo de los conservadores a Israel, introduce una nueva tensión en el lobby, compuesto en su mayoría -al menos en sus organizaciones más estrictamente judías- por liberales, a los que los sucesivos gobiernos del Likud, y particularmente ahora los de Netanyahu, les resultan sumamente incómodos.

En los últimos dos meses, pese a todas estas tensiones y divisiones, el lobby israelí se ha esforzado en mantener un frente unido y se ha dedicado, en particular, a mantener al Congreso y al Senado de su lado. Una parte clave de esa estrategia ha sido la emisión a puerta cerrada para los legisladores de las imágenes de los ataques del 7 de octubre grabadas en muchos casos por los propios terroristas de Hamás. El visionado de los asesinatos a sangre fría, las violaciones y los secuestros impactaron profundamente a un cuerpo legislativo en el que Israel ya contaba con muchas simpatías de antemano y ha asegurado, por ahora, un apoyo abrumador para el gobierno de Netanyahu.

Al mismo tiempo, el reloj corre contra el lobby: a medida que pasan las semanas, y el número de víctimas palestinas decuplica al de víctimas israelíes, su tarea se hace más complicada, especialmente porque la opinión pública estadounidense, que ya estaba empezando a mostrar señales de desgaste en relación con el apoyo a la guerra de Ucrania, también puede ir perdiendo las ganas de involucrarse en exceso en una operación militar israelí cada vez más fácil de etiquetar como desproporcionada.

El lobby confía en poder mantener el apoyo de la opinión pública -y a través de ésta, del Congreso y del Senado- y hace uso para ello de todos los medios que las nuevas tecnologías le proporcionan para ello, además de su uso de los medios tradicionales, pero el hecho de que, por primera vez desde 1948, las nuevas generaciones de estadounidenses estén mostrando un punto de vista mucho más escéptico que el de sus mayores ante las acciones del Gobierno israelí enfrentan a las organizaciones prosionistas en Estados Unidos a un desafío que jamás habían tenido que encarar y que puede matizar mucho el apoyo acrítico a Israel que la primera potencia lleva manteniendo desde hace décadas.

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