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FERNANDO VICENTE

Arrogancia occidental y vasallaje europeo

Andrés Ortega

11 mins - 21 de Abril de 2023, 07:00

Ante la guerra de Ucrania y la creciente tensión con China, Occidente (es decir, sobre todo Estados Unidos) ha adoptado una actitud no ya defensiva, sino arrogante en la que no le sigue casi nadie en el resto del mundo. Es un poso de tiempos coloniales o imperiales, y, sobre todo, del momento unipolar que se vivió hasta hace poco. 'La Administración Biden aspira a lograr un orden unipolar que ya no existe', según el analista Stephen Walt, que asegura que EE UU tiene 'miedo' a un mundo 'multipolar'. Obama calificó en su día a Rusia de mera 'potencia regional'. Ya lo vemos. 

En este mundo hay terceros, incluidos algunos europeos como Macron, que no quieren dejarse atrapar en la tensión Washington-Pekín, ni siquiera del todo con Moscú. El mundo ha cambiado, pero Occidente parece o no enterarse o no quererlo. No solo quiere defender sus intereses, valores y modos de vida, lo que es normal y legítimo, sino dar lecciones a los demás. Ya desde mediados de la anterior década, la economía occidental es más pequeña que el resto, tendencia que ha ido al alza desde entonces, por no hablar del peso demográfico. Occidente se tendrá que adaptar.

Casi ningún país fuera del ámbito de los aliados de EE UU (el Occidente Plus, que Moscú llama el 'Occidente colectivo'), ha seguido las sanciones contra Rusia impuestas desde Washington o desde Bruselas (la UE ya va por el 10º paquete de sanciones, lo cual no deja de ser un poco ridículo), que hacen mella en Moscú, pero no tanto o tan rápido como se esperaba. India, la gran esperanza estadounidense frente a China, sigue su propio camino. Arabia Saudí, pieza clave de EE UU en el Golfo, ha visto que ha perdido interés para Washington (salvo para venderle armas a Riad), y ha realizado un acercamiento diplomático a su archienemigo Irán, por mediación de China (que a la larga cambiará poco a esa rivalidad). 

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Occidente Plus, el Occidente ampliado a Japón. Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, habla de la necesidad de un 'orden global basado en reglas' (ya no dice 'liberal'). Pero ¿en qué reglas? Buena parte del mundo ha condenado la agresión rusa, sin duda ilegal y brutal. Aunque mal de muchos … también fue ilegal -y basada en mentiras- la invasión estadounidense (y británica) de Irak en 2003, e insensato el desmantelamiento de sus estructuras estatales pues potenció el nacimiento del terrorismo del Daesh. Pero no se llevó por ello al presidente George Bush ante ningún tribunal internacional. Por no hablar de las torturas en Abu Graib, o los casos de Libia o Kosovo. El centro de reclusión de Guantánamo, en la base que EE UU mantiene en Cuba, sigue abierto con aún 32 reclusos, 20 años después de su apertura a raíz de los atentados del 11-S y la invasión de Afganistán. Esta última fue legal pues la aprobó por unanimidad) el Consejo de Seguridad de la ONU (China y Rusia incluidas, eran otros tiempos). Ahora la Corte Penal Internacional (CPI) ha empezado a investigar a Putin y sus acólitos por crímenes contra la humanidad. Moralmente, es comprensible, pero políticamente dificulta la búsqueda de soluciones. EE UU lo apoya, pero sigue, como Rusia (y Ucrania), sin ser parte de este marco jurídico (el Estatuto de Roma), y sus soldados están protegidos de toda persecución judicial en casi todo el mundo. 

China está en ascenso. ¿Hasta dónde? Está por ver. La realidad es que es el principal socio comercial de casi todos los países del mundo en la actualidad (por ejemplo, de EEUU, Japón, Francia y Alemania) y en algunas tecnologías va por delante de Estados Unidos. En otras, por detrás. Es históricamente normal que aspire a que el orden mundial, sus reglas, se acomoden en parte a sus intereses y a sus valores. No le conviene romperlas, sino moldearlas. China no es rupturista. De hecho, se ha desarrollado al amparo de reglas establecidas por Occidente. China quiere un orden mundial basado en sus 'valores civilizacionales', y está impulsando instituciones afines paralelas, pero limitadas, a sus intereses. Acomodarla de algún modo, sin perder algunas esencias -no las llamemos universales- es una forma de evitar entre EE UU y China lo que Graham Allison, ha bautizado como 'la trampa de Tucídides', en referencia a las guerras entre Esparta y Atenas. 

No es sólo China. India, aunque compite con ella y está en el diálogo de seguridad QAD (junto con EE UU, Japón y Australia), viene después con concepciones muy propias, no occidentales que también marcarán el orden mundial del futuro. Ya es este año el país-civilización más poblado, con armas nucleares, pero sin asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. EE UU, como China, cree, con razón, que el dominio tecnológico es esencial, y que controlarlo le permitirá a Occidente compensar su cada vez mayor debilidad demográfica, no sólo frente a China, sino también a India, África, y en general el llamado Sur Global. 

En cuanto a Taiwán, EE UU está desafiando lo acordado entre Nixon y Mao hace más de medio siglo de 'una sola China'. Puede que la Administración Biden intente disuadir a Pekín de una posible invasión (en la que algunos creen y otros no en Washington), más aún cuando en Taiwán están las fábricas más importantes del mundo de los esenciales chips. Todo esto tiene una componente interna en EE UU, una sociedad polarizada, y con una democracia cuestionada desde dentro por un amplio sector de la población.

Biden presenta el mundo como un enfrentamiento entre democracias y autocracias aunque a veces olvida que las democracias liberales no están dando demasiados buenos ejemplos (como el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021). Hay diferencias con el régimen de Pekín en lo que se entiende por democracia. Como señala Mark Leonard, 'desde el punto de vista de China, la verdadera batalla por la supremacía hoy en día no es entre democracias y autocracias, sino entre diferentes interpretaciones de lo que significa democracia.' En la reciente segunda Cumbre para la Democracia organizada por la Administración Biden no estuvieron invitados ni el húngaro Orbán (de la UE) ni Erdogan de Turquía (de la OTAN). Sí Narendra Modi que está llevando a cabo un serio retroceso en libertades en India, y el israelí Netanyahu que intenta controlar la justicia para evitar ser condenado por corrupción. Se podrían citar otros. Todo el mundo está pendiente de ver qué ocurrirá en EE UU en las elecciones de 2024, con un partido republicano y un posible candidato, Trump, que se ha vuelto más autoritario y extremista, y no parece caminar hacia una nueva moderación, sino todo lo contrario. 

Estados Unidos es la mayor potencia militar. Su gasto en defensa representa casi el 40% del mundial. Tiene unas 750 bases militares (datos de 2020) en más de 70 países del mundo. China y Rusia, muchas menos, aunque intentan ampliarlas. Los europeos, algunas. Todos andan metidos en una carrera armamentista, en tierra, mar, aire, espacio físico, y espacio cibernético y de información. Es la búsqueda del 'dominio de todo el espectro' (full spectrum dominance) como lo llama la doctrina estadounidense. 



La guerra de Ucrania, que tan traumática nos resulta a los Occidentales, la primera en suelo europeo desde las de los Balcanes en los 90, es vista desde el Sur Global como 'blancos que matan a blancos con el apoyo de otros blancos en lugar de que blancos maten a no blancos o no blancos se maten entre sí, a veces con el apoyo y el aliento de blancos', como lo presenta el singapurense Bilahari Kausikan. Además, junto a la carrera armamentista con China, supone el final del 'dividendo de la paz' que se vivió tras el final de la Guerra Fría y la disolución del Pacto de Varsovia y de la Unión Soviética. Pero en aquella siesta estratégica, China estaba en vela.

China y Rusia intentan dividir a Occidente. Este se ha unido más ante la brutal invasión rusa de Ucrania que ante el desafío chino, pero hay serias grietas en su seno. Sin duda los europeos han perdido el velo de la ingenuidad ante Pekín, pero no quiere un divorcio, un decoupling. Xi Jinping está recibiendo a los representantes de Estados europeos, pero otorga mucho menor boato y atención a los de instituciones europeas. China ve que Europa no solo se está dividiendo internamente, sino se está disolviendo, por partes, en un nuevo Occidente. El llamamiento de Macron a que Europa se distancie de las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China, muy especialmente en torno a Taiwán, y forje su propia autonomía estratégica en todos los ámbitos, desde la energía hasta la defensa, no ha sentado bien en algunos sectores occidentales y ha puesto de relieve profundas divergencias entre europeos, incluidos entre Alemania y Francia y dentro del propio gobierno de coalición alemán. 

Europa puede buscar, si acaso autonomía; EE UU, hegemonía. La realidad es que Europa, la UE, aunque ha avanzado mucho con la pandemia y la guerra de Ucrania, es hoy más dependiente de EE UU, que antes en términos energéticos, armamentísticos, tecnológicos, culturales y otros. 'El arte del vasallaje (vasalización)', lo llaman Jeremy Shapiro y Jana Puglierin en un crudo análisis para el Centro Europeo de Política Exterior (ECFR), previo a la filtración de datos del Pentágono que están arrojando luz sobre la guerra de Ucrania pero también vuelven a poner de manifiesto que EE UU espía no ya a Rusia, sino a sus propios aliados. Macron también utiliza el término de 'vasallo', para huir de él. Europa está lejos de esa autonomía estratégica, concepto que no todos comparten. Algunos quieren seguir siendo vasallos. Y, con Ucrania casi todos se han dado cuenta, o se han vuelto a dar cuenta, de que dependen de EE UU para su seguridad. Washington lo sabe, y aunque busca aliados fuertes tampoco quiere que los vasallos se pongan a su altura. Y si Macron reclama autonomía europea defiende mucho la soberanía francesa, también en materia tecnológica. 

La UE es una gran aportación como nueva forma política, pero le queda aún mucho camino por recorrer (si es que puede y quiere). Y aunque muchos Estados quieren entrar en ella, incluso o aún más tras el Brexit, y muchas personas venir a vivir a Europa, nadie fuera quiere este modelo para sí, pese a la arrogancia, en vez de orgullo, europea.

En esta arrogancia, podría mencionarse las resistencias de algunas antiguas metrópolis a devolver obras de arte que se trajeron de sus dominios y que hoy están en sus museos, presentados no como coloniales sino como cosmopolitas. 'Los museos de otras gentes' los llama el antropólogo Adam Kuper. Todo un debate en curso (también con Grecia). Occidente debe defender sus valores y su modelo, pero no intentar imponerse como en el pasado en este otro mundo que nadie podrá dominar por sí solo. La arrogancia no le servirá, ni hacia afuera, ni hacia un adentro lleno de problemas.
 
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