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YUYA SHINO (REUTERS)

La guerra de los chips persigue frenar el ascenso tecnológico de China

Juan Vázquez Rojo

5 mins - 25 de Noviembre de 2022, 07:00

Estados Unidos está desplegando una estrategia sin precedentes para reconfigurar las cadenas globales de valor y frenar el ascenso tecnológico de China. El país asiático busca transitar hacia un modelo productivo de alto valor añadido y de mayor consumo interno, para depender menos de las exportaciones y de la inversión en construcción e infraestructuras. 

Washington ve en esta transformación una amenaza para su hegemonía, ya que Pekín está comenzando a competir por el desarrollo de tecnologías que marcarán el futuro de la economía mundial, como el 5G o la inteligencia artificial. De ahí el inicio de la guerra tecnológica en 2018 y del último ataque contra la industria de los chips china. La Administración Biden va a intervenir con bisturí en la cadena de suministro de los chips, aprovechando sus fortalezas y las debilidades de China. 

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Los chips o semiconductores son componentes clave en las economías contemporáneas, ya que se usan en prácticamente todos los bienes electrónicos que nos rodean. Además, los más avanzados son indispensables para la investigación y el desarrollo de las tecnologías del futuro. Dentro de esta compleja cadena de producción, existen empresas que se especializan en el diseño, en la fabricación o en el ensamblaje, aunque algunas integran todo el proceso. Otras compañías se centran en suministrar los materiales, componentes y equipos o en procesar las materias primas utilizadas en todo el proceso. Además, existen distintos tipos de chips y solo unas pocas empresas pueden fabricar los más avanzados

EE. UU. domina el 50% de este mercado, con empresas punteras en diseño, en equipos de fabricación y en producción integrada. Sin embargo, la producción se sitúa fundamentalmente en Asia, destacando el rol de Taiwán y su empresa TSMC, que domina el segmento de los chips más avanzados, lo que le confiere una importancia estratégica. Corea del Sur también es un importante fabricante (con empresas como Samsung) y Japón un potente productor de material y equipo. La Unión Europea, aunque tiene un papel discreto en producción y diseño, cuenta con la neerlandesa ASML, fabricante de máquinas de litografía para producir los semiconductores más avanzados. 

Por su parte, China solo controla el 7% del mercado mundial de los chips. Su industria se centra en la producción de segmentos de gama baja y media, el ensamblaje y la extracción de tierras raras, materias primas indispensables en la fabricación de estos componentes. Aunque en los últimos años ha anunciado progresos en diseño y producción, Pekín depende del exterior para acceder a los diseños, la maquinaria, los componentes y los chips más avanzados. En total, China gasta más en importar chips que petróleo y la mitad de su mercado está en manos de empresas de EE. UU. 



La tecnología estadounidense impregna toda la cadena de suministro, pues no hay ninguna fábrica de chips avanzados en el mundo que no dependa de manera crítica de diseños, componentes o equipos de EE. UU., incluidas empresas clave de terceros países, como TSMC o ASML. Esto permite a Washington lanzar uno de los ataques tecnológicos más grandes de la historia reciente

Concretamente, la nueva norma impide a China acceder a los chips más avanzados, al software para diseñarlos y a equipos de fabricación y componentes estadounidenses. Además, China no podrá trabajar con empresas de otros países que utilicen dicha tecnología. El objetivo es impedir que Pekín produzca chips avanzados o equipos para fabricarlos y estrangular los avances chinos en inteligencia artificial.

Estas medidas recuerdan a las lanzadas contra Huawei y su filial de diseño de chips, HiSilicion, las cuales resultaron devastadoras. En 2019, Huawei superaba a Apple en ventas mundiales de smartphones y lideraba el mercado chino. Tras el bloqueo, las ventas de la empresa asiática cayeron a nivel global y su cuota en China pasó del 29 al 7% en 2 años, al tiempo que la de Apple subía del 9 al 17%. 

A este ataque se suma la nueva Ley de Chips, una propuesta de la Administración Biden que moviliza 52.700 millones de dólares para la investigación, el desarrollo y la fabricación de semiconductores en territorio estadounidense. La condición es que las empresas que reciban la ayuda se comprometan a no aumentar la producción de chips avanzados en China. De esta forma, el gobierno busca impulsar la industria nacional y atraer fábricas de empresas estrategias como TSMC o Samsung, mientras aísla a Pekín. 

Ante esta situación, China tiene un desafío enorme. Pekín lleva más de una década intentando ganar autonomía tecnológica y busca ser una de las potencias que lidere la Cuarta Revolución Industrial. En los últimos años, ha lanzado una política industrial muy potente a través de planes como el Made in China 2025, el Plan de desarrollo de inteligencia artificial de nueva generación o el 'Standards' 2035

Con esta estrategia, el gigante asiático ha conseguido avances innegables, pero la dependencia del exterior todavía es crítica, fundamentalmente en el sector de los chips, por lo que los ataques desde EE. UU. son especialmente dañinos. Como respuesta, Pekín acelerará sus planes para fomentar el desarrollo tecnológico nacional y ganar autonomía, algo que ha quedado plasmado en el último Congreso del Partido Comunista.

La guerra de los chips es solo el comienzo y un reflejo de la dirección que está tomando el orden internacional. EE. UU. podía encajar el rol de China como fábrica del mundo, pero no el papel de Pekín como superpotencia tecnológica. Esto hace que el mayor impulsor de la globalización busque ahora reconfigurarla, construyendo una cadena de suministro en la que la seguridad se prioriza por encima de la eficiencia o la rentabilidad. 

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