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Dmitri Dukhanin (Getty)

Rusia, las medidas activas y las amistades peligrosas

Laura Méndez

9 mins - 2 de Mayo de 2022, 09:27

La Unión Europea define desinformación como "información verificablemente falsa o engañosa que se crea, presenta y divulga con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población, y que puede causar un perjuicio público". En el caso de la Federación Rusa, las operaciones de influencia se han amoldado con éxito a la digitalización, rentabilizando los vectores del entorno en línea con un porcentaje creciente de ciudadanos en todo el mundo que se informa habitualmente en redes sociales. Las reconocidas capacidades de este país para desorientar al enemigo hacen que, en un espacio desregulado como internet, resulte mucho más fácil ampliar sus audiencias objetivo (target) y reforzar sus debilidades induciéndolas a error y generando una percepción y reacción favorable a sus intereses.

Esto explicaría que algunos ciudadanos en Occidente puedan estar compartiendo voluntariamente propaganda rusa, apoyando consciente o inconscientemente su narrativa e incluso hostigando a políticos, periodistas, activistas y otros usuarios en la red. La conspiración de los biolabs, entre otras, permite hacerse una idea del alcance estratégico de la desinformación rusa. Esta teoría, que ha dado la vuelta a España y América Latina, se fabricó en Rusia en 2015, pero se hizo viral durante la semana del 14 de marzo resucitada por un influencer de QAnon, amplificada por la extrema derecha estadounidense y respaldada a su vez por China.

La insistencia en las debilidades del oponente constituye la fortaleza de la desinformación rusa (deziformatsiya) en el marco de operaciones de influencia. Aunque su origen puede situarse antes de 1917, las medidas activas (activniye meropriyatya) desarrolladas por los servicios de inteligencia o por actores bajo su control se inscriben en una tradición soviética según la cual la propaganda y la desinformación forman parte de una estrategia que movilizaba todos los activos del Estado. Identificadas durante la Guerra Fría con las actividades del KGB, destinando importantes recursos humanos y materiales, podían emplear desde agentes de influencia y organizaciones pantalla hasta medios clandestinos, coacción económica y chantaje (kompromat), junto con propaganda para ensalzar las bondades de su modelo social y exponer las contradicciones del capitalismo en Occidente.

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Aunque no han sufrido cambios sustanciales en cuanto a objetivos, las medidas activas han ido adaptándose desde 1996 a un nuevo escenario de tensión en Europa. Con los acercamientos a la UE, EE.UU. o la Otan protagonizados por las ex-repúblicas y antiguos países satélites de la URSS que han superado la política de bloques, puede observarse un repunte de las acciones ofensivas contra Occidente, intensificándose su frecuencia e intensidad.

Las campañas rusas que mezclan desinformación con propaganda continúan empleando un entramado de agencias y canales propiedad del Estado o bajo su influencia directa. Lo que representaba Novosti, Tass, Radio Moscú y Pravda hoy lo hace la agencia estatal de noticias Sputnik y televisiones nacionales como RT (antigua Russia Today), con emisiones en cuatro idiomas y una sólida implantación en países hispanohablantes. Margarita Synmoyan (editora jefe de RT), respondió hace unos años, al ser preguntada por los principios editoriales de la cadena, que el objetivo era ofrecer "un punto de vista alternativo". La táctica consiste en diluir la línea entre la realidad y la ficción, vender desinformación como una verdad igualmente respetable para erosionar estructuras informativas, nuestros medios e instituciones.

En este ecosistema destacarían hackers patrióticos con capacidad para influir en procesos electorales e integrarse en operaciones más complejas (kombinatsiya) de alto rendimiento y bajo coste frente a operaciones diplomáticas y militares. La guerra de redes (setovaya voyna) incluiría trols y bots que interactúan con usuarios en línea y otros actores que, incorporándose al tradicional esquema de infiltración de agentes y operaciones paramilitares encubiertas, desarrollan ahora numerosas acciones en Telegram, Twitter y Facebook. Estos agentes de influencia y colaboradores insertan noticias falsas y fabrican fuentes o utilizan otras de escasa credibilidad, diseminando información falsa o sesgada y replicando exponencialmente el mensaje.

En este momento, cuando la ofensiva rusa cumple dos meses sin que cesen los ataques a civiles y generando ya millones de desplazados, las operaciones de influencia son más complicadas de sostener con el objetivo de dividir a la UE, a sus estados e instituciones. Con esta guerra, el Kremlin esperaba explotar la división política interna de la UE, evidenciar la dependencia militar respecto a  Estados Unidos y la subordinación de la política exterior europea a la Otan, habiendo encontrado en cambio unas muestras de cohesión y contundencia en la respuesta a las que no estamos habituados. Estas medidas se habrían centrado hasta ahora en la justificación de las razones de Rusia para la incursión violenta en el territorio de un Estado soberano. El argumento coincide con el que se utilizó para transmitir la "necesidad" de anexionarse Crimea y apoyar a los rebeldes pro-rusos en Donbás (en Ucrania hay un Gobierno nazi con el que hay que acabar), cuando la realidad es que Svoboda (formación ultraderechista) pasó de 37 escaños en la Rada en 2012 a uno en 2019 coincidiendo con la victoria de Zelenski, de ascendencia judía

El Kremlin ha logrado que desde el exterior prestemos una atención desproporcionada al regimiento Azov (ampliamente confundido con el movimiento Azov) por sus orígenes neonazis y presencia de elementos ultranacionalistas, sin acotar su dimensión entre otros grupos y milicias. Estos supondrían en torno a un millar de efectivos en la Guardia Nacional, reserva de las Fuerzas Armadas integrada aproximadamente por 50.000 efectivos en un país con 250.000 militares, si bien el conflicto bélico favorece el flujo de voluntarios extranjeros más o menos heterogéneo, y un nuevo caldo de cultivo extremista.



En esta línea, la ya controvertida convivencia del nacionalismo ucraniano con la bandera rojinegra del Ejército Insurgente (EIU) y los retratos de Stepan Bandera y Román Shujévych, posibilita que hoy se presten a la banalización en algunas Unidades de Defensa Territorial (UDT), síntoma de un déficit de memoria histórica en Ucrania. Finalmente, el interés por reforzar dicha narrativa contrasta con los acontecimientos más recientes, pues Rusia presiona ahora por la neutralidad militar de Ucrania a cambio de "garantías de seguridad", sin exigir la "desmilitarización" y "desnazificación" en las conversaciones de alto el fuego. Entretanto, la dimensión del nacionalismo ruso radical y las actividades del grupo Wagner en el Sahel apenas son consideradas

La combinación de símbolos soviéticos con las políticas de la Rusia nacionalista y conservadora que representa Putin cuaja inesperadamente bien, tolerándose loas al pasado imperial y la glorificación del zar Nicolas II, lo que ha favorecido (con algunas concesiones a la Iglesia como las reformas anti-LGTB) el respaldo de los sectores más reaccionarios. La gloria militar soviética se manifiesta hoy como el nuevo orgullo nacional ruso, un fervor patriótico que a su vez se expresa a través de los valores tradicionales rusos y la fe ortodoxa. Desde la recuperación del himno de Alexandrov tras la primera victoria electoral de Putin (cuya letra fue modificada entonces) a la hoz y el martillo y otros símbolos y emblemas soviéticos en actos oficiales, éste habría estado buscando elementos de afirmación nacional; elementos que en esta guerra pudiesen conectar con la invasión alemana de 1941 y el apoyo de los nacionalistas ucranianos a los nazis, ya que la reivindicación de la victoria de 1945 une a toda la sociedad rusa. 

Este argumento se mueve eficazmente entre la extrema derecha (a la que ha estado financiando activamente con el fin de dividir la unidad política europea y subvertir los valores democráticos), fascinando al mismo tiempo a elementos nostálgicos de izquierda y a una izquierda de falsa bandera, que continúa asociando emocionalmente a Rusia con la iconografía de la Revolución de Octubre. Fuera de sus fronteras, Putin se las ha arreglado para confeccionar un funcional bloque de aliados ideológicamente discordante contra el progresismo y liberalismo de izquierdas y el capitalismo de derechas. Mientras que el posicionamiento de esa vieja izquierda en España y algunas izquierdas latinoamericanas estaría motivado en esencia por un pragmatismo anti-estadounidense y el desconocimiento de la realidad socio-política de Rusia (sociedad mayoritariamente conservadora y economía de mercado), la admiración de la nuevas derechas extremas, anti-globalistas y euroescépticas se explica en que comparten el mismo rechazo al liberalismo de izquierdas, que asocian a las políticas progresistas de la UE.

En Europa convivimos con intromisiones en procesos políticos y agresiones en forma de ciberataques a nuestras infraestructuras económicas y de comunicación que se ejecutan con el único propósito de crear un contexto de confusión que favorezca una narrativa basada en la decadencia de Occidente. Acciones que, en definitiva, buscarían probar nuestras debilidades y la capacidad de respuesta de la UE y de acción unitaria de EE.UU. y Europa en el marco de la Alianza Atlántica. Uno de los mayores éxitos de Rusia en Occidente ha sido, sin duda, que sus acciones puedan entenderse como resultado de "la ampliación unilateral de la Otan", algo que en último término les abocaría a ellos, y a todos, a una Tercera Guerra Mundial. Navegando entre los enrevesados pliegues de la propaganda y la desinformación, por donde también asoma el oportunismo político, conviene aclarar que Putin no aspira en ningún supuesto a refundar la URSS y el socialismo, aunque haya declarado la guerra invocando a la madre Rusia.
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