Lunes, 26 de octubre de 2026
MOMENTO AMÉRICA

Lula remonta y gobernará (otra vez) Brasil

Tras una reñida contienda electoral, y de unas primeras elecciones muy ajustadas, Brasil ha elegido a su presidente: Lula da Silva. El histórico líder gobernará, de nuevo, al gigante de Sudamérica. "El triunfo del PT supone un contrapeso en el avance de la ultraderecha en América Latina. Aun así, el gran reto de Lula será crear un vínculo con el Brasil rival y conservador, uno que sigue movilizando a millones".

Mauricio Hernández Cervantes Mauricio Hernández Cervantes 26 de octubre de 2026
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Lula y parte de su equipo de campaña celebran la victoria en São Paulo.  | Leco Viana / Zuma Press / Europa Press
Lula y parte de su equipo de campaña celebran la victoria en São Paulo. | Leco Viana / Zuma Press / Europa Press
Brasil, después de una épica y aguerrida contienda electoral que quedará para la historia, ya tiene presidente reelecto: Lula da Silva. Sí, el histórico líder obrero, por cuarta ocasión.

Arrancó octubre y el "gigante de Sudamérica" llegó a las elecciones como se llega a ciertas tormentas: sabiendo que van a caer, pero sin conseguir adivinar dónde caerá el primer rayo. Durante meses, el país vivió partido entre dos mitades irreconciliables. Por un lado, Luiz Inácio Lula da Silva, el histórico líder obrero que había salido de la cárcel, recuperado sus derechos políticos y protagonizado una resurrección que, años atrás, era imposible de imaginar. Del otro, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien se atrevió a desafiarlo todo, a imponer mano dura y a intentar un golpe de Estado. La misión de Flávio era conservar —en una versión más actualizada— el legado político familiar. En pocas palabras, estas elecciones fueron un referéndum sobre dos maneras de imaginar a Brasil, un país que, como ya lo hemos sostenido en Agenda Pública, es muy difícil de comprender desde fuera.

"Arrancó octubre y el «gigante de Sudamérica» llegó a las elecciones como se llega a ciertas tormentas: sabiendo que van a caer, pero sin conseguir adivinar dónde caerá el primer rayo"
Pero, al final, tras una campaña intensísima y en la segunda vuelta, Lula triunfó. Lo hizo con el 51,79% de los votos, una mayoría suficiente para ganar la contienda. Su campaña se construyó sobre una idea simple y poderosa: la nostalgia. No prometió un país nuevo; prometió recuperar lo perdido. Sus spots publicitarios recordaban los años en los que millones de brasileños ascendieron socialmente, viajaron por primera vez en avión, tuvieron acceso a la universidad o pudieron consumir como jamás lo habían imaginado. Su discurso estuvo dirigido a quienes sienten que la inflación y la precariedad son producto de una erosión institucional innecesaria. Y, ante ese panorama, Lula apareció como un superviviente. Su sola presencia ya era una narración política; fue metalúrgico, sindicalista, presidente, preso y, cuando ya nadie lo hubiera pensado, candidato otra vez. Y ganó.

Bolsonaro, en cambio, hizo una campaña con el tono de su padre: el combativo. Su relato, como el de toda facción de ultraderecha, estuvo caracterizado por la idea de que el regreso de la izquierda sería, en pocas palabras, una amenaza. Recorrió iglesias evangélicas (uno de sus bastiones de poder e influencia), cuarteles simbólicos e hizo concentraciones multitudinarias en las que dejó claro que Brasil se jugaba su libertad en esas elecciones —algo muy en el tono de Milei o de Trump—. Su estrategia consistió menos en ampliar apoyos que en consolidar una lealtad casi identitaria. Cada crítica de la prensa, cada encuesta adversa, cada pronóstico de derrota era presentada como una prueba de su batalla contra las élites políticas, judiciales y mediáticas.

"La estrategia de Bolsonaro consistió menos en ampliar apoyos que en consolidar una lealtad casi identitaria"
En la primera vuelta, celebrada el domingo 4 de octubre, Flávio Bolsonaro ganó las elecciones, pero no con el porcentaje suficiente para consolidar el triunfo. De ahí pasó veinte días visto como favorito para ganar o, por lo menos, con la relativa ventaja que le dio ese primer paso a su favor. Pero cometió un error que, quizá, le costó la presidencia. Los debates entre ambos candidatos se convirtieron en un escenario perfecto para la polarización; se cruzaron acusaciones de corrupción, ataques personales y descalificaciones, pero el candidato del Partido Liberal cruzó una línea que no se debe cruzar: la del respeto. En un debate se refirió a los "nueve dedos" de Lula, una referencia despectiva al accidente laboral que sufrió siendo joven en una fábrica metalúrgica y que le costó un dedo.

Ante ese innecesario ataque, Lula no tardó en manifestarse con contundencia y exigirle a su rival político que se disculpase, porque si él había perdido ese dedo, era por las extenuantes condiciones de trabajo, unas que rompían todo protocolo de seguridad. "Yo trabajaba más de las horas permitidas, y lo hice para poder comer. Yo estaba trabajando cuando no tenía que hacerlo. No le permito que me llame de esa manera", insistió, con toda la autoridad moral que le competía, Lula. Bolsonaro se disculpó y dijo que su intención no era la de ofenderlo. Sí, llegaron las disculpas, pero, como suele suceder en esos casos, llegaron tarde.

De esa manera, una herida física se convirtió en un símbolo político: para unos era motivo de burla; para otros, la prueba de una trayectoria de lucha. Ante ese incidente, Lula dijo que él era un hombre de trabajo y que Flávio Bolsonaro jamás había trabajado en su vida. Más allá de la frase o la idea, estaba la fotografía de dos formas de entender a Brasil, dos maneras irreconciliables: la del privilegio, la ostentación y la desmesura, frente a la de los desfavorecidos, la de la gente que trabaja en condiciones inimaginables.

"Una herida física se convirtió en un símbolo político: para unos era motivo de burla; para otros, la prueba de una trayectoria de lucha"
Además, hubo también episodios de tensión que mostraron hasta qué punto la política brasileña se había convertido en una disputa emocional. Durante la campaña se registraron agresiones entre simpatizantes de ambas fuerzas, amenazas y, en términos generales, un clima de radicalización que preocupó incluso a observadores internacionales. Las redes sociales amplificaron los rumores y las teorías conspirativas. El nombre de Donald Trump, así como el de Elon Musk, ensombreció la idea de transparencia del proceso electoral. No obstante, a día de hoy nadie ha comprobado ninguna injerencia directa de las élites estadounidenses en las elecciones brasileñas.

Brasil es de una complejidad inabarcable. En todo sentido. Cada campaña, cada versión política parecían dignas de países distintos. No se debatía sobre quién debía gobernar, sino sobre qué era verdad y qué no lo era. Entonces llegó la segunda vuelta y, con ella, una victoria ajustadísima. Sin embargo, sí que tuvo algo de histórico y de épico. Fue la primera vez que un candidato que había quedado segundo en la primera vuelta terminaba ganando la segunda. Era, también, la permanencia en el Palacio de Planalto de un líder al que muchos habían considerado políticamente acabado. Pero la política tiene eso, un sentido de sorpresa, de que todo es posible, y Brasil no fue la excepción.

Ahora Lula tiene una nueva misión más allá de gobernar: intentar unir lo que parece roto desde los cimientos, crear un puente discursivo para esas dos versiones de un mismo país que difícilmente se reconocen la una a la otra. La suya fue, a final de cuentas, una victoria demasiado cerrada como para defender la idea de que "todos los brasileños" la decidieron.

La contención a la ultraderecha regional

La victoria de Lula da Silva frente a Flávio Bolsonaro no solo redefine el equilibrio político de Brasil: también reconfigura el mapa de poder en América Latina.

Durante los últimos años, las fuerzas radicales de derecha lograron posicionarse en distintos países de la región al calor del ascenso internacional del trumpismo. Argentina, Colombia, Chile, El Salvador, etcétera. Por lo tanto, la derrota del heredero político del bolsonarismo supone la preservación de un polo de resistencia frente a una derecha continental que aspiraba a controlar la economía latinoamericana más grande.

No se trata, desde luego, de un asunto menor. Brasil representa cerca de la mitad de la población y del producto interno bruto de Sudamérica. Quien gobierne desde el Palacio de Planalto ejerce una influencia que trasciende sus fronteras y obliga al debate regional sobre el comercio, la integración, el medio ambiente, la migración y, dicho sea de paso, el papel de la región en el mapa internacional. El triunfo de Bolsonaro habría significado el regreso de Brasil a la órbita política inaugurada por su padre, algo muy en la línea de la ideología (y praxis) del universo político de Trump. La continuidad de Lula cierra, al menos por ahora, esa posibilidad.

"La derrota del heredero político del bolsonarismo supone la preservación de un polo de resistencia frente a la derecha continental que aspiraba a controlar la economía latinoamericana más grande"
¿Cómo queda, entonces, el mapa político regional? Ahora, el eje conformado por México y Brasil, seguramente, adquirirá una relevancia singular. Son las dos mayores economías de América Latina, concentran más de 340 millones de habitantes y poseen una capacidad de interlocución regional que ningún otro país en su órbita continental puede igualar. Tanto Sheinbaum como Lula privilegiarán la autonomía estratégica y una política exterior más distante de Washington. Ambos países se han convertido, sin duda alguna, en los principales contrapesos de la expansión de corrientes ultraconservadoras alineadas con el trumpismo más radical.

La disputa excede, además, las fronteras regionales. En un mundo condicionado por la salvaje competencia entre China, Estados Unidos y otras potencias emergentes, la permanencia de Lula preserva una visión multipolar de las relaciones internacionales. Brasil, como no podía ser de otra manera, continúa apostando por espacios como los BRICS, por la cooperación sur-sur y por una diplomacia que busca ampliar márgenes de maniobra y no centrarse (ni económica ni políticamente) en una sola y gran potencia. Esa es una posición que, con matices, encuentra un eco en la política exterior mexicana y que contrasta con la visión y la ideología que defiende el bolsonarismo.

No obstante, estos resultados, esta victoria y esta campaña dejan una advertencia: la diferencia tan ajustada entre ambos candidatos ha demostrado que la derecha brasileña está lejos de desaparecer. Millones de ciudadanos votaron al heredero de Bolsonaro, confirmando así que la derecha nacionalista, conservadora y ultraliberal aún conserva una enorme capacidad de movilización (así como intereses que defender). El triunfo de Lula solo puede entenderse como un freno a esa avanzada que tiene como epicentro a Washington, pero no es una derrota definitiva del proyecto político rival. Más bien, inaugura una nueva etapa en la lucha por la hegemonía en América Latina.

"El triunfo de Lula solo puede entenderse como un freno a esa avanzada que tiene como epicentro a Washington, pero no es una derrota definitiva del proyecto político rival"
Al final, lo que estaba en juego era algo más que la presidencia del país; lo que se jugaba era la respuesta a la pregunta sobre el rumbo (o los rumbos) de la región para los próximos años. ¿Apostar por el acercamiento a la doctrina trumpista o mantener una agenda propia sin las condiciones innegociables de Washington? La victoria de Lula no responde todavía a esa pregunta, pero sí garantiza que la respuesta seguirá siendo disputada.
Mauricio Hernández Cervantes
Mauricio Hernández Cervantes
Periodista y escritor
Es autor del libro 'El silencio del diente que quiso ser una flor. Textos de un periodista mexicano en España: un país donde el pasado (siempre) es un tema de actualidad'. Actualmente, escribe en la sección internacional de 'El Confidencial' y en la revista 'ETHIC'. Ha colaborado en medios como 'El Mundo', 'La Vanguardia', 'La Voz de Asturias' o el diario mexicano 'Reforma'.
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