El
Munich Security Report 2026 no es un informe más sobre el declive del orden internacional. Es
la constatación de que ese orden no se erosiona desde fuera: se desmonta desde dentro, y en particular desde Estados Unidos, su
principal arquitecto histórico.
Su eje central, la "política de la demolición" —
wrecking-ball politics—, describe una era en la que la destrucción sustituye a la reforma como método legítimo de acción política. El funcionamiento de esta idea y sus consecuencias —
ya analizadas por Agenda Pública— son
potencialmente devastadoras para países como España.
"Cuando el mundo se organiza por esferas de influencia, acuerdos ad hoc y relaciones personales entre líderes, los países que viven de la previsibilidad pierden"
España es un actor medio en un sistema internacional que avanza hacia la ley del más fuerte. Eso define su problema central: depende más que otros de las reglas, pero tiene menos capacidad para imponerlas. Cuando el mundo se organiza por esferas de influencia, acuerdos
ad hoc y relaciones personales entre líderes, los países que viven de la previsibilidad pierden.
En este caso, la erosión del orden establecido se produce a través de la incertidumbre, la volatilidad regulatoria y unas asimetrías crecientes.
Desde Madrid, la alerta que llega procedente de Múnich debería leerse menos como una crónica del trumpismo global y más como
una advertencia sobre el entorno en el que España tendrá que operar durante la próxima década.
Cuatro frentes para España
El primer ámbito de atención es la seguridad. El foco del debate europeo sigue estando en Ucrania y el flanco oriental, pero para España el riesgo más inmediato se encuentra al sur.
En un mundo donde Estados Unidos reduce compromisos y Europa se rearma mirando hacia el Báltico, el Sahel, el Magreb y el Atlántico corren el riesgo de convertirse en zonas de inestabilidad crónica. La erosión del orden internacional no solo produce vacíos; puede producir
periferias olvidadas. Y España, en términos europeos, vive junto a una de ellas.
Sin embargo,
el sur no solo puede ser un espacio de desatención europea. También puede convertirse en un ámbito de renovado interés estratégico por parte de Estados Unidos, ya sea por razones energéticas, de competencia con China o Rusia, o por el control de rutas marítimas y flujos migratorios. En un entorno de rivalidad creciente entre grandes potencias,
el Mediterráneo occidental y el Atlántico africano podrían adquirir un valor geopolítico distinto al de la última década. Eso podría traducirse en una mayor competencia por influencia en regiones frágiles.
Si el nuevo entorno estratégico consolida una jerarquía de amenazas donde el este es prioritario y el sur secundario para Europa, pero simultáneamente el sur gana peso en los cálculos de Washington,
Madrid tendrá que redoblar esfuerzos para evitar que sus intereses queden diluidos, tanto en la agenda europea como en las dinámicas transatlánticas.
"En un mundo de acuerdos, España solo tiene una defensa realista: más Europa, no menos. La escala europea no elimina la vulnerabilidad, pero la reduce; fuera de ella, el margen de maniobra sería mínimo"
El segundo ámbito es el económico. El informe describe e
l tránsito desde un sistema comercial basado en reglas hacia otro dominado por la coerción bilateral y la diplomacia transaccional. España es especialmente vulnerable a este cambio: depende del comercio abierto, carece de poder de negociación individual frente a grandes potencias y tiene sectores —energía, agroalimentación, turismo e industria de la automoción— muy sensibles a la volatilidad geopolítica. En un mundo de acuerdos, España solo tiene una defensa realista: más Europa, no menos. La escala europea no elimina la vulnerabilidad, pero la reduce; fuera de ella, el margen de maniobra sería mínimo.
El tercer frente es tecnológico.
La confrontación entre Estados Unidos y la Unión Europea en torno a la regulación digital es un punto absolutamente crítico. Se trata de
una pugna sobre quién define las reglas del mercado, los estándares de competencia y los límites del poder corporativo. En un contexto donde Washington empieza a tratar la normativa europea como una amenaza estratégica, el riesgo para España es claro: si cae o se debilita el marco regulatorio europeo, España no dispone de alternativa nacional viable. En el nuevo desorden, los gigantes tecnológicos ganan poder; los Estados medianos lo pierden.
La capacidad de influir en Bruselas será, en este terreno, más decisiva que cualquier gesto bilateral.
El cuarto ámbito es
el multilateralismo y la cooperación internacional. España ha construido parte de su influencia exterior como actor puente —en América Latina, el Mediterráneo y la cooperación al desarrollo—, proyectando una imagen de compromiso con el derecho internacional y las soluciones colectivas.
El desmontaje del sistema de ayuda y gobernanza global que describe el informe amenaza con devaluar ese capital político. Si la cooperación se convierte en una herramienta puramente instrumental o en un residuo presupuestario, la diplomacia de puente pierde peso frente a la diplomacia de bloque.
Aquí la disyuntiva es clara: o España refuerza su apuesta por el multilateralismo efectivo, con recursos y estrategia, o acepta una pérdida gradual de relevancia internacional.
"En un mundo en demolición, España no puede aspirar a liderar el sistema, pero sí a algo igualmente importante: no ser arrastrada por su colapso"
Pero quizá la lección más relevante del
Munich Security Report es interna.
El auge de la política de demolición no nace solo de líderes disruptivos, sino de sociedades que han perdido la fe en la reforma y en la eficacia de las instituciones. Cuando la lentitud democrática se percibe como parálisis, la tentación del atajo gana atractivo. España no es inmune a esa lógica. Defender un orden basado en reglas fuera exige demostrar que las reglas siguen funcionando dentro. La coherencia entre política interior y exterior no es un lujo: es una condición de credibilidad.
En un mundo en demolición, España no puede aspirar a liderar el sistema, pero sí a algo igualmente importante: no ser arrastrada por su colapso.
Eso exige claridad estratégica, europeísmo sin ingenuidad y una política exterior que entienda que, para los países medianos, es más que necesaria.
Cuando los grandes juegan a demoler la casa, España debe participar activamente en el rediseño de lo que venga después. La diferencia entre ambas actitudes no es retórica.
Es la diferencia entre adaptarse a un mundo que otros moldean o contribuir, desde el realismo y la coalición europea, a darle forma.