Lunes, 3 de agosto de 2026
ANÁLISIS

¿Más muros y menos moros? Guía para no dejarse engañar en el debate migratorio

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Al grito de “Más muros y menos moros”, Santiago Abascal arrancaba su mitin para las elecciones europeas en Murcia. Al mismo tiempo, el partido de Mateo Salvini hacía propaganda de la necesidad de más familias blancas y Viktor Orbán declaraba “el fin de las fronteras seguras y del frenesí de la inmigración en Europa”. Los partidos de ultraderecha han conseguido que el debate migratorio se convierta en un elemento central de las elecciones europeas, construyendo un discurso que se asienta en prejuicios y medias verdades que viven al margen de toda evidencia científica, simplificando la cuestión a un mero posicionamiento ideológico entre dos extremos supuestamente irreconciliables. Blanco o negro. A favor o en contra. Sin embargo, como en casi todos los asuntos complejos, la realidad de las migraciones se mueve en la escala de grises. En el camino hacia esa visión más templada analizamos el último libro del sociólogo Hein de Hass, How migration really works, una revisión exhaustiva de la evidencia empírica existente y de sus propias investigaciones desarrolladas en las últimas tres décadas en las universidades de Oxford y de Ámsterdam. Con un estilo directo y desapasionado, el autor desmonta algunas de las falsas creencias sobre el fenómeno migratorio asumidas como verdades tanto por conservadores como progresistas. 

No, no existe una avalancha migratoria

La primera disonancia cognitiva proviene tanto de la derecha radical como de los propios organismos internacionales, con ACNUR a la cabeza, y es la idea de que vivimos en un momento único de los flujos migratorios. Lo cierto es que los migrantes internacionales representan solo un 3% de la población mundial, una cifra que se ha mantenido constante desde hace varias décadas. Lo que sí ha cambiado desde mediados del siglo pasado es el origen y el destino de esos flujos migratorios. Hasta entonces era Europa Occidental un destacado emisor de migración, mientras que ahora, junto a otras economías de la OCDE y del Golfo Pérsico, es el principal polo de atracción, con una población inmigrante en torno al 15%. El caso de España, con un 18% de población nacida en el extranjero, muestra un escenario no muy distinto al de otras naciones con una tradición mucho más larga de inmigración que la nuestra.

Contrariamente a la sabiduría popular, el nivel de inmigración irregular y de la población refugiada es menos alto que el que percibe la mayoría de la gente, como lo demuestran los estudios de ODI y en los últimos días de ISEAK. La población en general tiende a sobredimensionar el peso real de la inmigración así como de los migrantes en situación irregular. Estos últimos representan en torno a un 10% de toda la población inmigrante que reside en los países de la Europa Occidental, cifra que coincide con la reciente estimación realizada por FUNCAS para España. En cuanto a los refugiados (aproximadamente uno de cada diez migrantes internacionales en el mundo), la mayor parte de las personas que huyen de un conflicto emigra a los países vecinos y solo alrededor de un 15% lo hace a economías de renta alta. Esto concuerda con los números recogidos por la OIM, que apuntan a que un 90% de toda la migración africana permanece en el continente. La realidad es que no todo el mundo ni quiere ni tiene recursos para venir a Europa.

El mayor efecto llamada es el empleo

Otra de las ideas más asentadas en el debate migratorio es que los migrantes huyen de la guerra y la miseria, eligiendo el destino en función de las ayudas sociales o la facilidad en los procesos de legalización, el famoso efecto llamada. Sin embargo, las necesidades de mano de obra son el principal motor de las migraciones y, de hecho, estas se adaptan y evolucionan al ritmo del ciclo económico. Existe una demanda real para cubrir puestos de trabajo de baja cualificación, como las dirigidas a actividades del hogar, cuidados, limpieza, hostelería, transporte, recogida de cosecha o construcción, cuya cobertura se ha problematizado en los países occidentales. Los estudios interesados en el efecto que tiene la llegada de trabajadores extranjeros sobre los salarios muestran que éste, si se produce, es en todo caso mínimo. Por otra parte, el impacto económico de las migraciones, lejos de beneficiar a todos, se reparte de manera desigual. Los países receptores son los principales favorecidos debido a los aumentos de productividad por la entrada de población joven. En los países de origen, en cambio, la evidencia disponible muestra que la llegada de remesas se ve neutralizada con la salida de una parte de su población cualificada. De la misma manera, en las sociedades de destino son las clases medias y altas las más beneficiadas por la llegada de personas migrantes, frente a las más pobres, que pueden sufrir mayor competencia con los recién llegados.
 

Asimismo, la inmigración tampoco es la salvación para las cada vez más envejecidas sociedades occidentales, no al menos a largo plazo. En primer lugar, porque la inmigración internacional representa tan solo un 3% de la población mundial, y en torno a un 15% de la población en las sociedades de destino. Pero es que, además, la inmigración puede paliar la escasez de trabajadores en determinados sectores, pero de manera temporal. Los inmigrantes también envejecen y acaban requiriendo asistencia y cuidados. Tampoco la fertilidad de esta población es la solución. Se ha comprobado que las pautas reproductivas, más altas en un principio en algunos grupos étnicos, acaban por adaptarse a las de los nativos conforme pasa el tiempo y llegan las nuevas generaciones. Los que creen en la teoría del gran reemplazo pueden estar tranquilos.

Más migración no equivale a menor cohesión, tampoco a mayor delincuencia

La integración de la población procedente del extranjero es uno de los temas que más preocupa en las sociedades de acogida. Las investigaciones que se han interesado por estudiar la diversidad étnica y racial no encuentran una relación clara entre los niveles de inmigración y la desconfianza. Se ha comprobado que en sociedades con desigualdad económica baja y minorías culturales reconocidas, la cohesión social no se ve mermada. Otra inquietud frecuente en las sociedades de acogida es que se generen dinámicas de segregación racial y étnica. Sin embargo, desde los años noventa del pasado siglo ésta viene reduciéndose en la mayoría de los países de Europa Occidental. Inicialmente los trabajadores y sus familiares que llegaron tras la Segunda Guerra Mundial se instalaron en enclaves étnicos en los que la vivienda era más asequible. Con el tiempo, los inmigrantes y sus hijos alcanzaron una mejor posición social y accedieron a otras viviendas, llevando a una mayor mezcla racial. En ambos casos, tanto en la integración como en la segregación, el verdadero obstáculo surge cuando de fondo existe un problema de discriminación y de pobreza. 


La anterior explicación sirve para comprender la cuestión de la delincuencia. Por sorprendente que parezca en la conversación pública, la literatura especializada ha documentado cómo la primera generación de inmigrantes tiende a cometer menos delitos que los autóctonos. Es más, en los enclaves étnicos en los que se concentran inmigrantes del mismo origen la delincuencia suele ser más baja, posiblemente por el control social que ejercen esas comunidades. Sin embargo, con la segunda generación de inmigrantes esta relación puede cambiar. Es lo que se conoce como asimilación descendente y afectaría principalmente a aquellos hijos de inmigrantes de clase social baja que no logran ascender socialmente. Las experiencias de racismo y exclusión en combinación con entornos empobrecidos pueden generar una subcultura conflictiva impulsada, más que con la raza o la etnia, con la clase social y el estatus socioeconómico. 

En cualquier caso, la evidencia científica muestra que, en términos generales, las dificultades de integración de los inmigrantes tienden a desaparecer, o al menos a reducirse, con el paso del tiempo y la llegada de las nuevas generaciones. Por ejemplo, se ha comprobado que las diferencias en el rendimiento académico entre jóvenes de origen nativo y migrante son inexistentes tras tener en cuenta las diferencias de composición social. En otras palabras, el origen social (de media, más bajo entre la población de origen extranjero) y no las diferencias culturales explican buena parte del menor rendimiento académico de los inmigrantes. Respecto a esto, el caso español es paradigmático. Estudios recientes muestran que, tras controlar las características sociodemográficas de la población, la integración de la segunda generación de inmigrantes es similar a la de los nativos en el sistema educativo, algo que se extiende también al mercado laboral

La polarización sobre la inmigración es, principalmente, retórica y política. No existe evidencia de que la xenofobia haya ido en aumento en Europa desde principios de siglo XXI. La mayoría de las personas percibe los pros y las contras de la inmigración, escapando del maniqueísmo tan extendido en medios de comunicación y mítines políticos. El caso español es interesante por tratarse de un país reciente de inmigración que presenta unos niveles de rechazo más bajos que la media europea. En el último cuarto de siglo, la inquietud por la inmigración no se encuentra entre uno de los principales problemas que más preocupa a los españoles, como lo demuestran los barómetros mensuales del CIS. Un reciente estudio elaborado por ISEAK revela que un 60% de la población española está contenta con los niveles de inmigración o que incluso los aumentaría. Esto contrasta, sin embargo, con un aumento significativo de los delitos de odio en los últimos años. Frente a una población que en general tolera y convive con el fenómeno migratorio, la politización de las migraciones ha podido generar un espacio para que una minoría la criminalice.

Esto no va de frenar las migraciones, sino de gestionarlas

Todas estas percepciones sobre el fenómeno migratorio han llevado a los líderes políticos europeos a la propuesta sistemática de medidas ineficaces e incluso contrarias al efecto deseado. La apuesta por
parar las migraciones es tan equivocada como la creencia de que ayudando al desarrollo en los países de origen las migraciones acabarán por reducirse. Como ha demostrado con múltiples ejemplos Michael Clemens, la emigración aumenta conforme los países avanzan hacia la renta media y solo comienza a descender cuando se aproxima a niveles altos. El crecimiento económico en un país pobre va a acompañado de un aumento de las capacidades de las personas (formación educativa, recursos económicos, etc.) y de las aspiraciones de la gente para emigrar. De igual manera, se ha comprobado que las restricciones fronterizas pueden acabar generando más migración (ya lo discutimos aquí). Un ejemplo reciente lo tenemos en el Brexit, con unas cifras récord de migrantes legales en 2022. En esas circunstancias los inmigrantes suelen precipitar su decisión de migrar por el temor de no poder en el futuro, buscan otros canales (también ilegales) para desplazarse, acaban reubicándose en destinos cercanos, y los que migraban circularmente, acaban por establecerse de manera permanente en destino.
Curiosamente, pese a la dicotomía discursiva entre izquierdas y derechas sobre la cuestión migratoria, en la práctica sus políticas difieren mucho menos de lo que podríamos esperar. Los gobiernos de izquierdas son algo más proclives a cuestiones relacionadas con el acceso a la nacionalidad y los derechos de los solicitantes de asilo. Pero en lo que respecta a las leyes de entrada de los inmigrantes trabajadores y sus familias, las diferencias son casi inexistentes. En vez de las diferencias ideológicas, lo que determina en cada momento las políticas migratorias tiene mucho más que ver con la coyuntura económica, como hemos explicado más arriba. La izquierda, en principio más abierta a la inmigración, se enfrenta a la presión de los sindicatos, tradicionalmente más duros con las políticas migratorias. La derecha, más restrictiva y protectora de la cultura nacional, debe lidiar con los intereses empresariales, que presionan para que los gobiernos relajen la regulación y toleren la contratación de trabajadores procedentes del extranjero (con y sin papeles). Prueba de ello es que en España la regularización extraordinaria de extranjeros se ha dado con gobiernos tanto del PSOE (1986, 1991 y 2005) como del PP (1996, 2000 y 2001).

Por todo ello, la única lectura posible pasa por entender las migraciones como un fenómeno humano, constante e ineludible. Por tanto, es necesario reflexionar sobre la mejor manera de minimizar los impactos negativos y de optimizar los positivos, tanto en los países de origen como de destino, y, sobre todo, para las propias personas que migran. El resto son solo fuegos de artificio destinados a agitar las emociones del graderío. La eficacia de las políticas migratorias y de integración requieren un diagnóstico riguroso que escape de la simplificación de la realidad, aunque este análisis sea mucho menos atractivo para las tertulias televisivas y las sobremesas de los domingos. Y además, mueve muchos menos votos.
Jacobo Muñoz Comet
Jacobo Muñoz Comet
Profesor Titular de Sociología en la UNED. Co-autor de Sociología de las migraciones
Borja Monreal Gainza
Borja Monreal Gainza
Cofundador de SIC4Change y consultor en Políticas Públicas para NNUU (FAO, OIT, PNUD).
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