Martes, 28 de julio de 2026
ANÁLISIS

Palestina, ¿y después del reconocimiento?

"Muchos en Israel, en los países árabes y en Europa, se pensaban que la cuestión palestina no importaba, que no era necesario darle una salida. Han descubierto que sí. Por eso hay que solucionarla, al menos encarrilarla, diseñando no ya una paz y una convivencia, sino un futuro atractivo. Eso va más allá del reconocimiento de Palestina como Estado".

Andrés Ortega Andrés Ortega 20 de mayo de 2024
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y los familiares de rehenes israelíes secuestrados por Hamás en Gaza, durante el encuentro que han mantenido en La Moncloa | Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y los familiares de rehenes israelíes secuestrados por Hamás en Gaza, durante el encuentro que han mantenido en La Moncloa | Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa
España y algunos otros gobiernos europeos, no todos porque no hay unanimidad en esto en la UE, se disponen a reconocer próximamente a Palestina como Estado. Sánchez ha señalado que se llevará a cabo “en los siguientes días” para coordinarlo mejor junto a otros países europeos. Sin duda, ese paso, sin consecuencias operativas aunque sí morales y políticas, será recibido como un soplo de aire fresco por los palestinos en plena crisis de la guerra de Gaza y disturbios en Cisjordania. ¿Y después? Lo importante es que lleve a un nuevo proceso no ya de paz sino de estabilidad y desarrollo, que no necesariamente ha de desembocar en una solución en dos Estados, aunque sí partir de ella como principio. 

Israel, incluso sin un Netanyahu que no tiene futuro político sino penal, nacional e internacional, no cederá en algunas exigencias básicas de seguridad. Y sin un liderazgo fuerte que les convenza, los palestinos tampoco podrán aceptar un Estado demediado, sin un ejército o una seguridad propios, con un territorio discontinuo, aunque de una forma u otro acabe integrando a Gaza, y demás carencias, que es lo que se plantea. Por no hablar de la irrenunciable capitalidad del Jerusalén viejo para Palestina y la co-titularidad de la Esplanada de las Mezquitas/Monte del Templo. Jerusalén se convertiría así en la segunda ciudad más importante para los musulmanes, tras Meca. Israel no lo quiere. Sin olvidar tampoco la suerte de los millones de refugiados palestinos en la región, un enorme quiste social y político que habrá que solucionar.

Dos Estados no es la solución, pero es la única que hay, hemos dicho. A diferencia de anteriores intentonas, ahora más que un punto de llegada es un punto de partida para otro tipo de solución (¿un Estado binacional u otras fórmulas?). Pero volver a empezar a buscar una solución es difícil mientras siga la guerra en Gaza, los disturbios y la represión en Cisjordania, con Netanyahu al frente del gobierno más derechista de la historia de Israel como Estado, y la región al borde del abismo. Aunque para sacarla de esta peligrosa situación, peligrosa para todos, se necesita esbozar nuevos horizontes y generar nuevos procesos. 

Previsiblemente, España y otros -143 de los 193 países de la ONU ya lo han hecho- reconocerá a Palestina como Estado en las fronteras de 1967, tras la guerra de los Seis Días y la ocupación israelí. Pero esas fronteras ya no son reales debido a que partes importantes han sido ocupadas ilegalmente por los citados colonos judíos. De hecho, en 2000 Yasser Arafat, entonces líder palestino, llegó a aceptar intercambios de tierras. Pero la colonización de tierras ocupadas se ha disparado en los largos años de Netanyahu, que la ha fomentando dificultando aún más una solución.

En su reciente viaje a Washington, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares habrá hablado de todo esto y mucho más con su colega estadounidense, el secretario de Estado Anthony Blinken. La Administración Biden, no solo por intereses geopolíticos sino también de cara a las cruciales elecciones de noviembre, también se está moviendo, con Arabia Saudí. La idea que se barajaba era la de un pacto de defensa de Washington con Riad, acompañado de una perspectiva de reconocimiento saudí de Israel, que sería clave (tras los llamados “acuerdos de Abraham” con Marruecos, Emiratos y Bahréin), a cambio de un acuerdo sobre los dos Estados. Justamente lo que, no por casualidad, el brutal ataque terrorista de Hamás dinamitó el pasado 7 de octubre. Sería difícil retomar estas ideas mientras siga la guerra de Gaza con las masacres por parte de las fuerzas israelíes, por lo que en Washington se contempla la posibilidad de un Plan B. Es decir, de avanzar de momento hacia el acuerdo de defensa con los saudíes, a pesar de las constantes violaciones de derechos humanos por el régimen, incluso crímenes como el asesinato de periodista Kashogui. Todo en nombre del realismo.

Arabia Saudí es esencial para el futuro palestino. La guerra de Gaza puede acabar con una fuerza árabe controlando militarmente la franja, aunque Riad no participe en ella. Pero el dinero saudí sería esencial para la reconstrucción de Gaza y para un plan económico para Palestina que, esta vez sí, invirtiera en la creación de una economía dinámica y no solo en ayudas humanitarias. La Unión Europea tendría también un papel central que cumplir. Si se logra un alto el fuego duradero en Gaza, las miradas se volverán a dirigir a Riad, Washington y Bruselas.

Se necesita que Israel cambie por dentro. Difícil, porque la sociedad israelí ha cambiado, radicalizándose en las últimas dos décadas. Se necesita también que la Autoridad Nacional Palestina cambie. Está desprestigiada entre los suyos por inoperancia frente a Israel y frente a Hamás, por mala gestión y por una corrupción que parece endémica. Su actual presidente, Mahmud Abbas, tiene 88 años, lleva en el cargo desde 2005, y desde 2006 no ha vuelto a convocar elecciones. Hoy por hoy, el más capaz de tirar del pueblo palestino hacia una solución sería Marwan Barghouti, líder de las dos primeras intifadas, detenido en 2002 y sentenciado por supuesto asesinato a cinco cadenas perpetuas. Algunos lo califican como el Nelson Mandela palestino. Dejarle en libertad para presentarse a unas elecciones libres podría servir para desbloquear la situación. El actual Gobierno israelí no lo quiere.

El ataque de Hamás el 7 de octubre causó una comprensible conmoción en Israel y más allá. Pero las simpatías que despertó hacia Israel se han perdido con la desproporcionada brutalidad en la respuesta israelí en Gaza, en Cisjordania, y con la violenta salida del olvido de la causa palestina. Con derivadas incluso mucho más allá, como vemos en algunos campus universitarios en Estados Unidos o Europa. Hay riesgo de que el rechazo a esta violencia esté fomentando no ya más anti-sionismo (contra la existencia del Estado de Israel), sino, aunque sea de forma inconsciente, más antisemitismo, es decir, odio a los judíos en diversas partes del mundo. En Israel muchos jóvenes están descubriendo que no quieren vivir en un estado de guerra permanente. Muchos en Israel, en los países árabes y en Europa, se pensaban que la cuestión palestina no importaba, que no era necesario darle una salida. Han descubierto que sí. Por eso hay que solucionarla, al menos encarrilarla, diseñando no ya una paz y una convivencia, sino un futuro atractivo. Eso va más allá del reconocimiento de Palestina como Estado.
Andrés Ortega
Andrés Ortega
Analista, escritor y periodista
Escritor galardonado con el Premio Jovellanos de Ensayo (2025) por 'Soledad sin solitud', y autor de la novela de anticipación 'Sé agua' (2025). Es experto en diversos campos y cuenta con experiencias como corresponsal internacional, editorialista y columnista, asesor gubernamental e investigador del Real Instituto Elcano.
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