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QUINTATINTA

Europa en 2024: Los retos de un (otro) año clave

Miguel Ángel Ortiz-Serrano

6 mins - 14 de Febrero de 2024, 07:00

España ha cedido recientemente el testigo de la presidencia a Bélgica, cuyo mandato deberá enfrentar una serie de retos que afectan de forma directa a la Unión Europea tanto a corto como a largo plazo, en un año que ha comenzado lleno de turbulencias e inestabilidad geopolítica. En primer lugar, cabe fijar un horizonte común con respecto a la Guerra de Ucrania, limar asperezas entre los distintos Estados miembros y llegar a un compromiso de carácter duradero. No será fácil, no sólo porque algunos países no están dispuestos a aumentar el gasto a este respecto, sino porque, en lo militar, la ofensiva ucraniana no ha tenido los resultados esperados; es más, grandes cantidades de munición y maquinaria se han perdido por el camino, por no hablar de las enormes pérdidas humanas que han convertido este conflicto en una carnicería. Todo esto ha hecho que parte de la opinión pública europea no vea claro el persistir en esta estrategia de apoyo incondicional, lo que ha sido aprovechado por distintos sectores políticos para ganar relevancia y aumentar su base electoral, tal como es el caso de la AfD alemana o Rassemblement National en Francia, que han defendido el establecimiento de negociaciones de paz entre las partes. Si bien es cierto que esta podría considerarse una postura oportunista, no por ello deja de favorecer a sus intereses políticos, pues cuanto más dure la guerra, mayor será la percepción social que se está alargando un conflicto de forma estéril.

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En segundo término, muchos puntos sobre la política económica comunitaria siguen pendientes de cerrarse. Si bien el acuerdo sobre las reglas fiscales ha supuesto un espaldarazo a la capacidad comunitaria de lograr pactos estables -a pesar de que, en muchos aspectos, puede considerarse que se ha cedido al chantaje alemán-, se sigue sin definir una política de crecimiento común, lo cual es un riesgo latente en una época en la que la seguridad económica es esencial, como bien describe Francesca Ghiretti. En sus propias palabras, existen cuatro riesgos principales sobre los que debería girar la estrategia de seguridad económica comunitaria: la resiliencia de las cadenas de suministro, especialmente en relación con la seguridad energética; la seguridad física y cibernética de las infraestructuras críticas; la seguridad tecnológica, particularmente en lo relacionado con las filtraciones de información; y la utilización de dependencias o la coerción económica. 



De los cuatro puntos anteriores, se ha puesto especial énfasis en la reducción de las dependencias, un concepto abstracto que a menudo no se explica del todo bien, pues uno asume que, en un mundo globalizado y multipolar, las relaciones comerciales llevan a interdependencias entre países, entre otras cosas causadas por la deslocalización de la mayoría de los procesos productivos desde la década de los 90. Sin embargo, el mundo actual y cómo lo concibe la sociedad dista mucho de cómo lo hacía en el momento de euforia que sucedió a la caída de la URSS. Las tesis de Nicholas Mulder confirman de alguna manera dicho contraste: La Unión Europea nacida de Maastricht lo hizo de la mano de una nueva forma de ver las relaciones comerciales y geopolíticas; se aspiraba a una época de “amistad” duradera entre las naciones que habían estado separadas en las décadas anteriores, y se confió en el buen hacer de los Estados miembros en materia fiscal para mantener un status quo que, en ese momento les era muy favorable. Por tanto, estrechar lazos en cualquier materia era siempre bienvenido, pues la fractura que separaba a Occidente del resto de naciones se había desvanecido. No contaban que nada es para siempre, y que poco a poco nuevos bloques geopolíticos y alianzas se irían conformando, a través de los cuáles países que antes habían dependido enteramente de Occidente se fueron desprendiendo de esa carga. En la actualidad, y de manera más pronunciada tras la crisis del Covid-19 y el inicio de la Guerra de Ucrania, la Unión Europea ha adoptado una posición completamente contraria a sus principios fundacionales. Este cambio no deja de ser un indicativo de que los tiempos han evolucionado, y de que el mundo ha vuelto a la política de bloques.

Afortunadamente, y a pesar de la posición de Alemania, se ha comprendido que una Unión Europea fuerte es aquella que muestra flexibilidad con sus Estados miembros en cuestiones de gasto. Además, se reconoce que el intervencionismo estratégico, destinado a garantizar la supervivencia de la industria comunitaria y su sostenibilidad energética, es algo positivo que impacta de manera beneficiosa en el crecimiento a largo plazo. En relación con esto, podemos encontrar las crecientes reticencias por parte de las instituciones europeas con respecto a las importaciones de productos chinos -especialmente en el sector de la automoción-, o las críticas de algunos líderes comunitarios al uso que hacen países vecinos de los subsidios a su propia industria. Por supuesto, queda mucho por hacer, y no podemos ser tan ingenuos de creer que lo mencionado anteriormente vaya a solucionarse en el próximo semestre, pero el mero hecho de que se hable de ello de forma cada vez más frecuente es indicativo de que existe una preocupación creciente acerca de cómo reducir las dependencias con terceros y asegurar un futuro estable a la economía comunitaria. Finalmente, es probable que temas como la unión de mercados de capitales, la implementación de una política industrial realista y efectiva, así como la digitalización de la economía, vuelvan a ser objeto de debate. Esto, a su vez, podría generar nuevas divergencias entre los Estados miembros. Sin embargo, es precisamente en este proceso de diálogo, debate, y negociación, poniéndose en la posición del otro, donde radica la esencia. En un contexto tan inestable, es crucial tener en cuenta que lo acordado en Europa impacta a todos y regula nuestras vidas en prácticamente todos los aspectos. Se trata de asegurar el futuro de las nuevas generaciones, proporcionar una vida digna a los niños que están naciendo hoy y asegurar la estabilidad de una economía comunitaria que, en muchos aspectos, ha mostrado signos de agotamiento.

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