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Artículo dentro del especial:
con la colaboración de:
NICOLÁS AZNÁREZ

Una transición deseable

Cristina Monge

5 mins - 20 de Febrero de 2024, 07:00

Si siempre es difícil establecer el límite que separa la comunicación de la política, no es menos sencillo hacerlo respecto a la transición ecológica. Un cambio en los modelos de vida, de ordenación territorial, de producción y consumo no se hace sólo con legislación, ni sólo con inversión, ni sólo con tecnología, ni sólo con disposición ciudadana al cambio. Una transición de esta naturaleza necesita de todos estos elementos y de la sinergia que crean entre sí gracias al papel estratégico de la comunicación.  Tras años de información y debate sobre la crisis ecológica y de estudios analizando sus efectos, hoy se plantea cómo comunicar no sólo dicha crisis, sino su correlato: la transición ecológica, el camino para afrontar el desafío. 

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Una propuesta de cambio de esta magnitud, para tener éxito, debe situarse en un marco de deseabilidad. Huyendo de catastrofismos y de apelaciones a renuncias que remiten a un escenario de sacrificio, la transición ecológica que ayuda a construir un modo de vida sostenible consiste en que todos y todas, los que hoy estamos y los que vendrán, vivamos mejor. Cambiar la hora de atasco diario en las grandes ciudades por un transporte público de calidad no puede considerarse una renuncia. Dejar de lado una dieta hiperproteínica para descubrir todas las posibilidades que brinda la alimentación variada pertenece al terreno del disfrute, pero nunca del sacrificio. Podrá aducirse que no siempre es posible disponer de alternativas en este sentido y que cuando las hay no siempre están a disposición de toda la población, y es cierto. Por eso es clave que tecnología, inversión y políticas públicas caminen en la misma dirección no solo para hacer viables las alternativas, sino para que el conjunto de la humanidad pueda acceder a ellas. 

Existen ya experiencias de éxito y buenas prácticas en prácticamente todos los ámbitos. Desde los modelos de ciudad y de ordenación territorial hasta los de producción y consumo, se han ido generando proyectos y acciones que han demostrado su viabilidad. Muchas de ellas tienen todavía un problema de escala, pero muestran la dirección en que se debe caminar. Analizarlas, conocerlas y difundirlas ayuda a su mejora y replicabilidad, convirtiéndose en fuente de inspiración y transformación social, a la par que demuestran que es posible acometer los cambios necesarios.



Por otro lado, es fundamental explicar y entender el sentido de la transición. Para ello, y como se viene demandando desde entornos especializados en comunicación y medio ambiente, resulta clave que en la comunicación, tanto de los medios como de otros actores, se identifiquen aquellos casos en los que la crisis climática está jugando un papel como creador de otros problemas. Huracanes, temporales, inundaciones, sequías y temperaturas extremas son hoy más virulentos y recurrentes debido a la crisis climática. Sus consecuencias se dejan sentir en catástrofes que acaban con miles de vidas humanas, que arrasan cosechas y que devastan territorios. En otras ocasiones sus repercusiones no se ven de forma tan clara, pero no significa que no se produzcan. Aparecen en forma de escasez de agua, de pérdida paulatina de producción agrícola, de cambios en las condiciones que afectan a cultivos concretos, de reducción de pesca, etc. Identificar estos fenómenos, aunque no se consideren extremos, con la causa climática que los produce -cuando así lo confirmen los estudios de atribución- ayuda a entender la gravedad de la situación y la urgencia de la transición. De la misma manera, explicitar los beneficios que pueden tener cambios concretos motiva para su impulso. Reducir la contaminación atmosférica en una ciudad redunda directamente en beneficios de salud para sus ciudadanos, aislar adecuadamente las viviendas supone un ahorro inmediato para sus habitantes, etc. Es conocido que la contaminación en las grandes ciudades chinas es una de las causas de múltiples problemas de salud, entre otros el bajo peso de los bebés al nacer. No lo es tanto, sin embargo, que los bebés que se gestaron durante los Juegos Olímpicos de Verano de Beijing 2008, año en el que China tomó medidas drásticas para combatir la contaminación del aire, nacieron con mayor peso que los que llegaron al mundo un año antes o un año después, según diversos estudios. Este tipo de datos muestran que es posible poner en marcha medidas que acaben con las causas de los problemas y que creen, además, co-beneficios; en este caso, en la salud de los bebés y de sus madres.

Tres elementos clave, por lo tanto, para comunicar la transición ecológica: deseabilidad, difusión de buenas prácticas que demuestran que es posible el cambio, y explicación del sentido de la transición. Tres ejes que deben converger en el primer gran objetivo de la transición ecológica, que no es otro que dibujar un futuro deseable de acuerdo a los patrones de sostenibilidad. Identificar no sólo ejes estratégicos y valores, sino también las concreciones que hacen de ese modo de vida un entorno de disfrute. Atreverse a cuestionar conceptos como el confort y lanzarse a revisar qué significa hoy vivir bien, qué dimensión tiene el bienestar en todos sus aspectos. 

Estamos ante el debate político e ideológico más relevante del siglo XXI, preguntarse qué es hoy el bienestar es tanto como refundar las bases de una propuesta ideológica. Un desafío a la altura del problema que debe resolver. 
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